Libertad, orden y prosperidad

Hace apenas unos días el PP de Cataluña celebró su XVI Congreso. Fue un congreso de unidad, de crecimiento y de ambición bajo el liderazgo de Alejandro Fernández. Pero, sobre todo, confirmó un cambio político de mayor profundidad: el centro-derecha constitucionalista deja de sufrir en la resistencia para aspirar a gobernar una Cataluña que necesita con urgencia una alternativa política, intelectual y moral. Los resultados obtenidos en 2023, pasando de tres a quince diputados en el Parlament, ya fueron la consecuencia de la coherencia, de la firmeza y de la defensa de un reformismo liberal alejado de todo populismo.El problema de Cataluña nunca ha sido únicamente económico o institucional. Ha sido, antes que nada, un problema de ideas. Todas las decadencias comienzan mucho antes de reflejarse en las estadísticas. Empiezan cuando una sociedad deja de confiar en sí misma, cuando sustituye la ambición por el agravio y el futuro por la nostalgia. Durante demasiado tiempo Cataluña ha vivido atrapada en una conversación estéril sobre identidades, competencias y agravios imaginarios mientras el resto del mundo hablaba de innovación, productividad, inteligencia artificial, talento y crecimiento.Nadie en la Generalitat se preguntaba cómo crear más riqueza. Sustituyeron la creación de riqueza por la fabricación de enemigos. El éxito empresarial empezó a contemplarse con sospecha, el mérito dejó de ser un valor y la discrepancia pasó a interpretarse como una deslealtad. Poco a poco, el nacionalismo excluyente y el intervencionismo socialista terminaron alimentándose mutuamente. El ‘procés’ fue el caballo de Troya de la izquierda radical. Entre unos y otros, nos dividieron y nos empobrecieron. No solo perdimos el tiempo, sino también la convicción de que el futuro podía ser mejor que el pasado.No es casualidad que, mientras aquí se discutía sobre fronteras imposibles, otras regiones europeas competían por atraer empresas, universidades, centros tecnológicos e inversión internacional. La historia demuestra que las sociedades abiertas prosperan; las sociedades ensimismadas acaban empobreciéndose. Cataluña fue durante generaciones uno de los grandes motores económicos de Europa precisamente porque nunca tuvo miedo de comerciar, innovar, emprender o mirar más allá de sí misma.Hoy las consecuencias de tanta irresponsabilidad son visibles. La fuga de empresas, el deterioro de los servicios públicos, la dificultad para acceder a la vivienda, la creciente inseguridad o la pérdida de confianza en las instituciones son una lamentable realidad. Son distintas manifestaciones de un mismo proceso de decadencia. No de esa dulce decadencia que evoca la literatura romántica, sino de una decadencia amarga que reduce lentamente las oportunidades de las familias y debilita la autoestima colectiva.Sin embargo, las sociedades no están condenadas a repetir sus errores. No estamos condenados a la decadencia. Cataluña dispone del talento, la capacidad empresarial, la creatividad y el capital humano necesarios para volver a ocupar un lugar de liderazgo. Lo que necesita es recuperar un marco político que premie el esfuerzo, proteja la libertad y genere confianza.Con esa convicción, el congreso del PP de Cataluña aprobó por unanimidad una ponencia política construida alrededor de tres principios: libertad, orden y prosperidad. No son tres eslóganes. Son la reformulación actualizada de una tradición política que entiende que el orden hace posible la libertad y que ambos son la condición indispensable de la prosperidad.La libertad para emprender, para discrepar, para elegir el proyecto de vida de cada uno y para desarrollar el propio talento sin tutela ideológica. El orden porque la libertad únicamente puede florecer allí donde existe seguridad jurídica, instituciones imparciales y una ley que protege al ciudadano honrado frente a quien la incumple. Y la prosperidad porque la mejor política social sigue siendo una economía capaz de crear empleo, riqueza y oportunidades para una amplia clase media.No proponemos regresar exactamente al lugar donde estuvimos. Ninguna sociedad avanza caminando hacia atrás. Lo que proponemos es recuperar la actitud que hizo grande a Cataluña: la confianza en el trabajo bien hecho, el espíritu emprendedor, la apertura al mundo y la convicción de que el futuro siempre puede ser mejor que el presente.Cataluña asombró al mundo cuando creyó en sí misma. Hace apenas unos días volvimos a intuir esa Cataluña durante la inauguración de la torre de Jesús de la Sagrada Familia, con la visita del Papa León XIV: una Cataluña capaz de crear, de emocionar y de proyectarse al mundo desde la excelencia. Recuperaremos ese espíritu cuando una mayoría vuelva a confiar en la libertad, el orden y la prosperidad como los pilares de nuestro futuro. Esa es la tarea que tenemos por delante. Hace apenas unos días el PP de Cataluña celebró su XVI Congreso. Fue un congreso de unidad, de crecimiento y de ambición bajo el liderazgo de Alejandro Fernández. Pero, sobre todo, confirmó un cambio político de mayor profundidad: el centro-derecha constitucionalista deja de sufrir en la resistencia para aspirar a gobernar una Cataluña que necesita con urgencia una alternativa política, intelectual y moral. Los resultados obtenidos en 2023, pasando de tres a quince diputados en el Parlament, ya fueron la consecuencia de la coherencia, de la firmeza y de la defensa de un reformismo liberal alejado de todo populismo.El problema de Cataluña nunca ha sido únicamente económico o institucional. Ha sido, antes que nada, un problema de ideas. Todas las decadencias comienzan mucho antes de reflejarse en las estadísticas. Empiezan cuando una sociedad deja de confiar en sí misma, cuando sustituye la ambición por el agravio y el futuro por la nostalgia. Durante demasiado tiempo Cataluña ha vivido atrapada en una conversación estéril sobre identidades, competencias y agravios imaginarios mientras el resto del mundo hablaba de innovación, productividad, inteligencia artificial, talento y crecimiento.Nadie en la Generalitat se preguntaba cómo crear más riqueza. Sustituyeron la creación de riqueza por la fabricación de enemigos. El éxito empresarial empezó a contemplarse con sospecha, el mérito dejó de ser un valor y la discrepancia pasó a interpretarse como una deslealtad. Poco a poco, el nacionalismo excluyente y el intervencionismo socialista terminaron alimentándose mutuamente. El ‘procés’ fue el caballo de Troya de la izquierda radical. Entre unos y otros, nos dividieron y nos empobrecieron. No solo perdimos el tiempo, sino también la convicción de que el futuro podía ser mejor que el pasado.No es casualidad que, mientras aquí se discutía sobre fronteras imposibles, otras regiones europeas competían por atraer empresas, universidades, centros tecnológicos e inversión internacional. La historia demuestra que las sociedades abiertas prosperan; las sociedades ensimismadas acaban empobreciéndose. Cataluña fue durante generaciones uno de los grandes motores económicos de Europa precisamente porque nunca tuvo miedo de comerciar, innovar, emprender o mirar más allá de sí misma.Hoy las consecuencias de tanta irresponsabilidad son visibles. La fuga de empresas, el deterioro de los servicios públicos, la dificultad para acceder a la vivienda, la creciente inseguridad o la pérdida de confianza en las instituciones son una lamentable realidad. Son distintas manifestaciones de un mismo proceso de decadencia. No de esa dulce decadencia que evoca la literatura romántica, sino de una decadencia amarga que reduce lentamente las oportunidades de las familias y debilita la autoestima colectiva.Sin embargo, las sociedades no están condenadas a repetir sus errores. No estamos condenados a la decadencia. Cataluña dispone del talento, la capacidad empresarial, la creatividad y el capital humano necesarios para volver a ocupar un lugar de liderazgo. Lo que necesita es recuperar un marco político que premie el esfuerzo, proteja la libertad y genere confianza.Con esa convicción, el congreso del PP de Cataluña aprobó por unanimidad una ponencia política construida alrededor de tres principios: libertad, orden y prosperidad. No son tres eslóganes. Son la reformulación actualizada de una tradición política que entiende que el orden hace posible la libertad y que ambos son la condición indispensable de la prosperidad.La libertad para emprender, para discrepar, para elegir el proyecto de vida de cada uno y para desarrollar el propio talento sin tutela ideológica. El orden porque la libertad únicamente puede florecer allí donde existe seguridad jurídica, instituciones imparciales y una ley que protege al ciudadano honrado frente a quien la incumple. Y la prosperidad porque la mejor política social sigue siendo una economía capaz de crear empleo, riqueza y oportunidades para una amplia clase media.No proponemos regresar exactamente al lugar donde estuvimos. Ninguna sociedad avanza caminando hacia atrás. Lo que proponemos es recuperar la actitud que hizo grande a Cataluña: la confianza en el trabajo bien hecho, el espíritu emprendedor, la apertura al mundo y la convicción de que el futuro siempre puede ser mejor que el presente.Cataluña asombró al mundo cuando creyó en sí misma. Hace apenas unos días volvimos a intuir esa Cataluña durante la inauguración de la torre de Jesús de la Sagrada Familia, con la visita del Papa León XIV: una Cataluña capaz de crear, de emocionar y de proyectarse al mundo desde la excelencia. Recuperaremos ese espíritu cuando una mayoría vuelva a confiar en la libertad, el orden y la prosperidad como los pilares de nuestro futuro. Esa es la tarea que tenemos por delante.  

Hace apenas unos días el PP de Cataluña celebró su XVI Congreso. Fue un congreso de unidad, de crecimiento y de ambición bajo el liderazgo de Alejandro Fernández. Pero, sobre todo, confirmó un cambio político de mayor profundidad: el centro-derecha constitucionalista deja de … sufrir en la resistencia para aspirar a gobernar una Cataluña que necesita con urgencia una alternativa política, intelectual y moral. Los resultados obtenidos en 2023, pasando de tres a quince diputados en el Parlament, ya fueron la consecuencia de la coherencia, de la firmeza y de la defensa de un reformismo liberal alejado de todo populismo.

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