Toda rentabilidad extraordinaria nace de una prima. Durante décadas hemos hablado de la prima de riesgo, de la prima por plazo, de la prima de crédito o de la prima de liquidez. En el fondo, todas responden a la misma idea: quien asume una restricción o una incertidumbre merece una compensación. Mi impresión es que el nuevo orden mundial está dando valor a una prima diferente. La prima de la flexibilidad. No porque la incertidumbre haya aumentado —eso siempre ocurre— sino porque la velocidad a la que cambian los escenarios económicos y geopolíticos ha alcanzado un nivel desconocido en décadas.
El nuevo orden mundial exige una prima distinta a las clásicas de riesgo, plazo o liquidez: la de la flexibilidad
Toda rentabilidad extraordinaria nace de una prima. Durante décadas hemos hablado de la prima de riesgo, de la prima por plazo, de la prima de crédito o de la prima de liquidez. En el fondo, todas responden a la misma idea: quien asume una restricción o una incertidumbre merece una compensación. Mi impresión es que el nuevo orden mundial está dando valor a una prima diferente. La prima de la flexibilidad. No porque la incertidumbre haya aumentado —eso siempre ocurre— sino porque la velocidad a la que cambian los escenarios económicos y geopolíticos ha alcanzado un nivel desconocido en décadas.
Sin embargo, la incertidumbre no explica por sí sola lo que estamos viviendo. Lo verdaderamente relevante es que estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo orden mundial. Un orden en el que conviven múltiples centros de poder económico y político, donde la geopolítica vuelve a influir en las decisiones de inversión, la política industrial ha sustituido en parte a la globalización como motor de crecimiento, las cadenas de suministro se rediseñan, la inteligencia artificial transforma sectores enteros y unos niveles de deuda pública inéditos condicionarán durante años las decisiones de gobiernos y bancos centrales.
No estamos ante una sucesión de acontecimientos aislados. Estamos ante un cambio de régimen. Y cuando cambia el régimen, también debe evolucionar la forma de invertir. Durante mucho tiempo bastaba con identificar las grandes tendencias estructurales y mantenerse fiel a ellas. La globalización impulsaba el crecimiento, los bancos centrales sostenían los mercados con tipos de interés cada vez más bajos y Estados Unidos lideraba la innovación, la productividad y la creación de valor empresarial. En ese entorno, mantener una estrategia muy definida y ejecutarla con disciplina era, con frecuencia, suficiente para obtener excelentes resultados.
Hoy ese mundo ha cambiado. La rivalidad entre Estados Unidos y China, el regreso de los aranceles, el aumento del gasto en defensa, la transición energética, la carrera por la inteligencia artificial o la necesidad de financiar déficits públicos crecientes conviven al mismo tiempo y alteran continuamente el equilibrio entre regiones, sectores y clases de activo.
En apenas unos meses hemos visto cómo el consenso pasaba de anticipar varias bajadas de tipos de interés a cuestionar incluso el ritmo de relajación monetaria. El dólar, que muchos daban por estructuralmente fuerte, ha atravesado episodios de debilidad. La inteligencia artificial continúa siendo una de las mayores transformaciones económicas de nuestra generación, pero el liderazgo bursátil empieza a ampliarse más allá del reducido grupo de compañías que inició esa revolución.
No significa que los mercados sean más caóticos. Significa que son más complejos. Y cuanto mayor es la complejidad, menos útiles resultan las respuestas excesivamente rígidas. Eso no implica abandonar una estrategia de largo plazo. Sería un error confundir flexibilidad con improvisación. Precisamente cuando el ruido aumenta es cuando más importante resulta disponer de un proceso de inversión sólido, una filosofía reconocible y la disciplina suficiente para evitar decisiones impulsivas.
La flexibilidad no consiste en dar golpes de timón. Consiste en no navegar con el timón bloqueado. Durante años la industria ha construido buena parte de su oferta alrededor de etiquetas. Fondos value o growth. Estrategias quality o momentum. Duración corta o larga. Deuda pública o crédito corporativo. Son categorías útiles para describir una cartera y entender los factores que explican su comportamiento. Pero dejan de ser útiles cuando condicionan las decisiones.
Porque una compañía excelente no deja de ser una oportunidad porque ya no encaje en la definición clásica de value. Tampoco una empresa de crecimiento deja de cotizar con descuento si el mercado infravalora su capacidad para generar beneficios futuros. Del mismo modo, en renta fija, la mejor oportunidad no tiene por qué encontrarse siempre en la deuda pública o en el crédito corporativo, sino allí donde la rentabilidad esperada compense mejor el riesgo asumido.
Las mejores ideas de inversión rara vez nacen preguntándose a qué estilo pertenece un activo. Nacen preguntándose dónde existe una diferencia entre el precio que hoy ofrece el mercado y el valor que ese activo puede llegar a generar.
Ese mismo principio debería extenderse a las carteras multiactivo. En un mundo donde las correlaciones cambian con rapidez y los ciclos económicos son menos lineales, la asignación de activos vuelve a convertirse en una fuente esencial de generación de valor. No porque haya que modificar constantemente las carteras, sino porque conviene preservar la libertad para hacerlo cuando cambian las probabilidades.
En realidad, la disciplina consiste en ser fiel al proceso, no necesariamente a las posiciones concretas que un día formaron parte de él. Las convicciones deben ser pocas, profundas y duraderas. Las herramientas para llevarlas a la práctica deben ser amplias. Quizá uno de los mayores errores de la industria haya sido confundir especialización con rigidez. La especialización consiste en desarrollar un método de inversión consistente y repetible. La rigidez consiste en limitar de antemano las respuestas que ese método puede ofrecer.
En el nuevo orden mundial, el objetivo del inversor sigue siendo el mismo de siempre: proteger y hacer crecer su patrimonio. Lo que ha cambiado son las reglas del juego. La estrategia debe seguir teniendo un horizonte de largo plazo. Lo que necesita ser flexible es la forma de ejecutarla. Y quizá esa sea la verdadera prima de la flexibilidad: no la de cambiar constantemente de opinión, sino la de conservar siempre la libertad para hacerlo cuando los hechos cambian. No para perseguir el mercado, sino para seguir siendo fieles a una misma filosofía de inversión en un mundo que cambia mucho más deprisa que antes.
Es una convicción que compartimos en la gestión de los diferentes fondos de la gama Paradigma desde nuestro nacimiento: la estrategia debe ser estable; la ejecución, suficientemente flexible para adaptarse cuando cambian las probabilidades.
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