Más sobre Francisco Víu

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El pasado 21 de mayo varias decenas de personas asistimos a un encuentro en recuerdo de Francisco Víu, en el salón de actos de la UNED donde diversos intervinientes glosaron su figura. El acto resultó humilde, añorante y sincero. El paso del tiempo borra las lindes de la memoria y es menester corregir dos errores que allí se dijeron: la primera corrección es que Francisco Víu  fue quien inauguró el polideportivo Ángel Orús; la otra es que, en el caso de la estancia de Pinochet en Londres para una cirugía, Víu no se dirigió a los miembros del parlamento británico, sino al presidente de los Loores, desde el fax del ayuntamiento al fax particular del británico.

Conocí a Víu cuando yo tenía  trece años, con motivo de las visitas  asiduas a mi padre con varios compañeros de Monsanto Ibérica; entonces él tenía 29 años, y mi padre  le llamaba Paquito. En aquellas visitas él apenas hablaba y yo advertía en su mirada el inmenso dolor que le producía ver a mi padre, tan joven,  con medio cuerpo inválido por una embolia cerebral; y en aquel entonces yo entendía el silencio de Paquito…

Años después me contó  que gracias a mi padre se implantó en la provincia de Huesca la semana inglesa (trabajar de lunes a viernes); en aquel entonces ambos trabajaban  en Casa Acín, y mi padre era del sindicato HOAC (de ideología social pero no  basado en el marxismo, sino en la doctrina social católica del Papa León XIII); un día mi padre se plantó ante  D. Saturnino Acín para exigir no trabajar  los sábados pues «hay que trabajar para vivir y no vivir para trabajar»; el gran empresario (uno de los fuertes de la provincia) aceptó y fue la espita abierta para que  todas las empresas de la provincia implantaran la semana inglesa. Paco sentía una gran admiración hacia  mi  padre, con quien coincidió en Casa Acín y en Monsanto Ibérica. Me dijo que era muy valiente en aquel sindicalismo, y que si no tuvo problemas fue porque tenía dos hermanos sacerdotes.

En el acto  de la UNED el doctor Güerri recordó el sufrimiento de Víu cuando  sus compañeros socialistas de Huesca no apoyaron el funcionamiento íntegro del recién inaugurado Hospital; y ese dolor que contó me pareció  poca cosa  comparado con el de  otros episodios de su trayectoria política; sólo me voy a referir al  de principios de los noventa, cuando el ayuntamiento presentó cuatro, o cinco, querellas contra él, como alcalde anterior; con el añadido de que  paralelamente fue  se intentó su exterminio social, tratado como un apestado, y se procuró su muerte civil… (Por aquel entonces  no fue la única víctima de aquellas dentelladas del poder: el médico y político del PP Cesar Villalón  recibió un trato quizá más inhumano…)

Cuando aquellas querellas cada día me venía a ver al despacho, y teníamos una conversación de unos diez minutos; estaba preocupado y me hablaba  de cosas triviales…, de lo que se decía en la calle…, y me preguntaba, por ejemplo,  si procedimiento sumario (por el que se tramitaban las querellas) implicaba que en cualquier momento lo esposaban (como cacareaba  por la calle algún ex compañero) Y  guardaba para el final la pregunta que yo esperaba:

– Blas, ¿tú cómo lo ves ?

Y le contestaba siempre lo mismo: que sus irregularidades eran administrativas, y el Código Penal está reservado para cosas más graves, luego yo no veía delito alguno… Mi respuesta era como un bálsamo reparador: sonreía, se levantaba de la silla  y  salía de mi despacho reconfortado. Y cuando giraba hacia la puerta me imaginaba leer en la espalda de su chaqueta siempre azul un cartel con esta  frase:

«Si me etiquetas me matas» .

Pertenece al  libro Un arte de vivir, de  André Maurois, que tenía mi padre.

A Paco en su pueblo lo habían etiquetado como apestado, como persona a evitar, y asumí que  quien habla con un apestado se convierte en otro apestado y sabía el  precio que suponía  atender sus visitas diarias… Pero la libertad de conciencia tiene un precio que desconocen  quienes  se prestan al servilismo voluntario.

Nunca le dije que no me visitara, que sus visitas me podían perjudicar, y la máxima de Maurois  fue como una brújula de conducta en un ambiente político muy lamentable, oscuro y desalmado.

Al final todas aquellas querellas se archivaron y  no aconteció la muerte civil de Francisco Víu.

A resultas de aquella dolorosa experiencia emergió en él un aspecto más humano,  sus defectos, que los tenía,  parecieron disminuir y sus virtudes  recrecer.

 

 

 

 

 

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Por Blas Broto
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El pasado 21 de mayo varias decenas de personas asistimos a un encuentro en recuerdo de Francisco Víu, en el salón de actos de la UNED donde diversos intervinientes glosaron su figura. El acto resultó humilde, añorante y sincero. El paso del tiempo borra las lindes de la memoria y es menester corregir dos errores que allí se dijeron: la primera corrección es que Francisco Víu  fue quien inauguró el polideportivo Ángel Orús; la otra es que, en el caso de la estancia de Pinochet en Londres para una cirugía, Víu no se dirigió a los miembros del parlamento británico, sino al presidente de los Loores, desde el fax del ayuntamiento al fax particular del británico.

Conocí a Víu cuando yo tenía  trece años, con motivo de las visitas  asiduas a mi padre con varios compañeros de Monsanto Ibérica; entonces él tenía 29 años, y mi padre  le llamaba Paquito. En aquellas visitas él apenas hablaba y yo advertía en su mirada el inmenso dolor que le producía ver a mi padre, tan joven,  con medio cuerpo inválido por una embolia cerebral; y en aquel entonces yo entendía el silencio de Paquito…

Años después me contó  que gracias a mi padre se implantó en la provincia de Huesca la semana inglesa (trabajar de lunes a viernes); en aquel entonces ambos trabajaban  en Casa Acín, y mi padre era del sindicato HOAC (de ideología social pero no  basado en el marxismo, sino en la doctrina social católica del Papa León XIII); un día mi padre se plantó ante  D. Saturnino Acín para exigir no trabajar  los sábados pues «hay que trabajar para vivir y no vivir para trabajar»; el gran empresario (uno de los fuertes de la provincia) aceptó y fue la espita abierta para que  todas las empresas de la provincia implantaran la semana inglesa. Paco sentía una gran admiración hacia  mi  padre, con quien coincidió en Casa Acín y en Monsanto Ibérica. Me dijo que era muy valiente en aquel sindicalismo, y que si no tuvo problemas fue porque tenía dos hermanos sacerdotes.

En el acto  de la UNED el doctor Güerri recordó el sufrimiento de Víu cuando  sus compañeros socialistas de Huesca no apoyaron el funcionamiento íntegro del recién inaugurado Hospital; y ese dolor que contó me pareció  poca cosa  comparado con el de  otros episodios de su trayectoria política; sólo me voy a referir al  de principios de los noventa, cuando el ayuntamiento presentó cuatro, o cinco, querellas contra él, como alcalde anterior; con el añadido de que  paralelamente fue  se intentó su exterminio social, tratado como un apestado, y se procuró su muerte civil… (Por aquel entonces  no fue la única víctima de aquellas dentelladas del poder: el médico y político del PP Cesar Villalón  recibió un trato quizá más inhumano…)

Cuando aquellas querellas cada día me venía a ver al despacho, y teníamos una conversación de unos diez minutos; estaba preocupado y me hablaba  de cosas triviales…, de lo que se decía en la calle…, y me preguntaba, por ejemplo,  si procedimiento sumario (por el que se tramitaban las querellas) implicaba que en cualquier momento lo esposaban (como cacareaba  por la calle algún ex compañero) Y  guardaba para el final la pregunta que yo esperaba:

– Blas, ¿tú cómo lo ves ?

Y le contestaba siempre lo mismo: que sus irregularidades eran administrativas, y el Código Penal está reservado para cosas más graves, luego yo no veía delito alguno… Mi respuesta era como un bálsamo reparador: sonreía, se levantaba de la silla  y  salía de mi despacho reconfortado. Y cuando giraba hacia la puerta me imaginaba leer en la espalda de su chaqueta siempre azul un cartel con esta  frase:

«Si me etiquetas me matas» .

Pertenece al  libro Un arte de vivir, de  André Maurois, que tenía mi padre.

A Paco en su pueblo lo habían etiquetado como apestado, como persona a evitar, y asumí que  quien habla con un apestado se convierte en otro apestado y sabía el  precio que suponía  atender sus visitas diarias… Pero la libertad de conciencia tiene un precio que desconocen  quienes  se prestan al servilismo voluntario.

Nunca le dije que no me visitara, que sus visitas me podían perjudicar, y la máxima de Maurois  fue como una brújula de conducta en un ambiente político muy lamentable, oscuro y desalmado.

Al final todas aquellas querellas se archivaron y  no aconteció la muerte civil de Francisco Víu.

A resultas de aquella dolorosa experiencia emergió en él un aspecto más humano,  sus defectos, que los tenía,  parecieron disminuir y sus virtudes  recrecer.

 

 

 

 

 

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