El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sostiene que el objetivo de la guerra contra Irán es frenar el programa iraní de enriquecimiento de uranio e impedir que el país pueda desarrollar un arma nuclear. Sin embargo, el miércoles autorizó un acuerdo nuclear con Arabia Saudí, tradicional rival de Teherán, que permitirá a Riad enriquecer uranio. Aunque el pacto se limita al uso civil de la energía atómica, sus críticos advierten de que carece de garantías suficientes para evitar que el reino saudí pueda utilizar esa capacidad con fines militares y aspire a desarrollar una bomba nuclear.
Los expertos creen que el acuerdo entre Estados Unidos y Arabia Saudí puede cambiar las reglas de no proliferación
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sostiene que el objetivo de la guerra contra Irán es frenar el programa iraní de enriquecimiento de uranio e impedir que el país pueda desarrollar un arma nuclear. Sin embargo, el miércoles autorizó un acuerdo nuclear con Arabia Saudí, tradicional rival de Teherán, que permitirá a Riad enriquecer uranio. Aunque el pacto se limita al uso civil de la energía atómica, sus críticos advierten de que carece de garantías suficientes para evitar que el reino saudí pueda utilizar esa capacidad con fines militares y aspire a desarrollar una bomba nuclear.
“Estados Unidos acaba de cambiar las reglas de la era nuclear”, escribió en un análisis en Substack Robert Pape, experto en seguridad internacional y profesor de la Universidad de Chicago. Pape critica que Washington haya aprobado un acuerdo nuclear civil de 30 años que permite a Arabia Saudí producir uranio enriquecido “sin exigir el llamado ‘estándar de oro’, que prohíbe el enriquecimiento y el reprocesamiento domésticos”. El investigador señala, además, la ausencia de la adopción de los protocolos de salvaguardias del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), que contempla inspecciones más intrusivas.
“Washington ha aceptado para Riad aquello que ha pasado dos décadas tratando de impedir en Teherán”, complementa Pape.
Trump ha declarado este jueves en una publicación en su red social Truth que el acuerdo con Arabia Saudí estaría condicionado a la adhesión de este país a los Acuerdos de Abraham —que prevén la normalización de las relaciones con Israel—, algo que no había sido anunciado anteriormente. La ausencia de reglas más duras de no proliferación, sin embargo, persiste.
Muchos Estados pueden desarrollar programas atómicos con fines exclusivamente civiles. La Asociación Nuclear Mundial considera que la demanda de energía nuclear seguirá creciendo y que esta tecnología será esencial para que los países alcancen sus objetivos energéticos a largo plazo. De hecho, 31 países cuentan actualmente con reactores nucleares en funcionamiento para la generación de electricidad, según datos del OIEA. Otros, como Turquía, Egipto y Bangladés, ya tienen reactores en construcción.
El mecanismo que la comunidad internacional desarrolló para evitar que los programas nucleares civiles derivaran en fines militares fue el establecimiento de un sistema de salvaguardias. El OIEA realiza inspecciones periódicas en las instalaciones nucleares para verificar que los materiales fisibles no sean desviados hacia la fabricación de armas atómicas. La mayoría de los reactores comerciales utilizan uranio enriquecido a entre el 3% y el 5%. Para un arma nuclear, un país podría empezar a desviar uranio a instalaciones diseñadas para enriquecerlo a 90%.
Además de estas salvaguardias, cuando Estados Unidos firmó con Emiratos Árabes Unidos un pacto nuclear en 2009, surgió lo que se llama el “estándar de oro”. El acuerdo establecía que Abu Dabi renunciaba a dos etapas fundamentales del ciclo de producción de energía nuclear —y que proporcionan la capacidad técnica necesaria para fabricar un arma atómica—: el enriquecimiento de uranio, realizado mediante grandes centrifugadoras, y el reprocesamiento del combustible nuclear gastado, del que también puede extraerse material apto para la fabricación de armas nucleares.
De este modo, Emiratos puede producir energía nuclear, pero adquiere el uranio ya enriquecido de proveedores internacionales, sin disponer de la tecnología necesaria para enriquecerlo por cuenta propia. Tampoco reprocesa el combustible nuclear usado, ya que el país no cuenta con una planta destinada al reprocesamiento.
El país dispone de los reactores nucleares para producción de electricidad. Estos no representan, por sí mismos, un riesgo de producción de una bomba atómica, mientras que “las tecnologías de enriquecimiento y reprocesamiento pueden utilizarse con otros fines y han sido el origen de casos de proliferación mediante usos ilícitos o no sometidos a salvaguardias”, explica la Asociación Nuclear Mundial en su página web.
Algunos países, sin embargo, pueden dominar todas las etapas de producción y poseer la tecnología para desarrollar un arma atómica y aun así no hacerlo. Es el caso de Japón, que domina todas las etapas del ciclo del combustible nuclear, desde el enriquecimiento de uranio hasta la generación de energía en reactores y el reprocesamiento del combustible gastado, y ha optado por no cruzar el umbral hacia el desarrollo de armas nucleares.
Otros Estados, como ocurrió con la India en 1974 y posteriormente con Pakistán, sí decidieron dar ese paso. En la actualidad, el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI) considera que nueve países poseen armas nucleares: Estados Unidos, Rusia, Francia, el Reino Unido, China, la India, Pakistán, Israel y Corea del Norte.
Según Pape, la proliferación nuclear no ocurre de manera aislada. El enriquecimiento de uranio, defiende, no es un arma en sí mismo, pero constituye el primer paso más importante para llegar a desarrollar una. El segundo es la decisión política. “Una vez que un país domina esta tecnología, la diferencia entre un programa nuclear civil y uno militar depende cada vez más de decisiones políticas que de la capacidad técnica”, escribe este investigador.
La decisión política es determinada muchas veces por las circunstancias. Un aliado puede convertirse en un enemigo y lo que fue acordado puede cambiar.
El príncipe heredero saudí, Mohamed Bin Salmán, ha declarado públicamente que Arabia Saudí buscaría desarrollar armas nucleares si Irán llegara a obtenerlas. Es la regla de proliferación, defiende Pape. La Unión Soviética siguió el ejemplo de Estados Unidos. “El Reino Unido y Francia siguieron los pasos de los soviéticos. China respondió al desarrollo estadounidense. La India siguió a China. Pakistán respondió a la India. El programa nuclear de Israel transformó los cálculos de seguridad en todo el mundo árabe. Irán aceleró su programa en respuesta a Estados Unidos e Israel. Ahora es Arabia Saudí la que responde a Irán”, argumenta.
La consecuencia puede ser un aumento de la presión interna en Irán para finalmente cruzar el umbral que permite desarrollar un arma nuclear. Y también puede abrir una ventana para que demás Estados con tecnología suficiente decidan hacerlo porque las reglas del juego han cambiado: la competencia se impone sobre la no proliferación.
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