Este artículo es un envío de la newsletter FEM, un boletín que Isabel Valdés escribe cada miércoles. Análisis, historias, y la voz de mujeres (y de hombres) de todo el mundo. Puedes apuntarte aquí para recibirlo cada semana en tu correo.
Obregón dijo que Dell’Atte había falsificado la denuncia por malos tratos que interpuso contra Lecquio en 1991. Ahora, Obregón admite que mintió y que sus “manifestaciones y acusaciones han provocado un daño en el buen nombre y honor” de ella
Este artículo es un envío de la newsletter FEM, un boletín que Isabel Valdés escribe cada miércoles. Análisis, historias, y la voz de mujeres (y de hombres) de todo el mundo. Puedes apuntarte aquí para recibirlo cada semana en tu correo.
Ana Obregón pidió este martes disculpas públicas a Antonia Dell’Atte. Hace cinco años, en abril de 2021, Obregón dijo que Dell’Atte había falsificado la denuncia por malos tratos que interpuso contra Lecquio en 1991. Ahora, Obregón admite que mintió, y que sus “manifestaciones y acusaciones han provocado un daño en el buen nombre y honor” de ella.
Y es verdad, el dolor de Dell’Atte ha sido largo. Tremendamente largo. El dibujo que se hizo de ella como loca vengativa también.
Hubo para ella reparación el año pasado cuando después de casi cuatro décadas en la televisión, y después de una entrevista de la exmodelo y presentadora en este periódico, Mediaset despidió a Lecquio.
Hay también reparación en estas disculpas públicas de Obregón y en este reconocimiento de que mintió en el mismo espacio en el que lo hizo, su cuenta de Instagram: 1,3 millones de seguidores.
No quedaban muchos días para el juicio en el que Obregón iba a sentarse en el banquillo por esta cuestión, por calumnias, el 10 de noviembre; un proceso en el que la ha acompañado el discípulo de Cristina Almeida, Ángel Galindo, a quien la histórica letrada pasó el testigo de la defensa de Dell’Atte en 2021. Pero más allá de las razones por las que Obregón pide ahora perdón, estas disculpas públicas se pueden encajar desde una perspectiva social, feminista.
Porque no solo hay reparación social, hay cierto cambio de paradigma. Ese comunicado supone cierto resquebrajamiento de un sistema televisivo y de una prensa que ha amparado durante décadas los insultos y las descalificaciones y las mentiras con total impunidad y sin tener en cuenta la gravedad de los hechos concretos de los que se hablaban, el daño que se hacía a las víctimas de esos hechos y la connivencia con quienes ejercían ciertas violencias.
Esto ―muy lejos de ser la pelea entre famosas o el triángulo amoroso o las ex despechadas que se vendió mediáticamente durante años― habla de la credibilidad de las mujeres, de cómo se construye y se destruye en el relato público, y de cómo ha influido mucho y todavía sigue influyendo quién participa en esa destrucción y construcción. Sobre todo en la destrucción, que es lo que ha ocurrido históricamente.
Importa que fuese Ana Obregón, una mujer con poder mediático e influencia social y relevancia en su espacio, con alcance a millones de hogares, quien señalara a Antonia Dell’Atte no solo como mentirosa, sino como responsable de haber cursado una denuncia falsa por violencia machista. Por eso estas disculpas son en realidad una suerte de reconstrucción que muy pocas veces sucede, devolviendo, desde el sitio desde el que se retiró, la credibilidad a Dell’Atte.
Importa también porque ayuda a recolocar el debate en la violencia, y en quien la ejerce, y no en quien cuenta que la sufrió. Porque cuando se acusa a una mujer de denunciar falsamente también se está desplazando el eje, la violencia, y se está poniendo en el foco a la víctima: no para la reparación, no para el soporte social que supone la credibilidad pública, sino para su cuestionamiento.
Las mujeres que denuncian ―pública, judicial o policialmente― acaban, a veces, sometidas a un juicio ―social o judicial― mucho más crudo que a quienes han denunciado. Cuando sucede, y cuando sucede además con mujeres conocidas o reconocidas públicamente, se reproduce amplificado ese mensaje aleccionador del que tantas veces habla el feminismo: da igual quien seas, no eres creíble y serás vapuleada cual piñata.
Y ese mensaje tiene aún más potencia cuando es lanzado una y otra vez desde programas de televisión, radio, revistas o medios. Porque se normaliza. Antonia Dell’Atte ha sido muchas veces colocada ahí, como la loca despechada, en muchos de esos espacios. Espacios que a veces son cómplices de la violencia ―si la silencian, la blanquean, la naturalizan o la deforman― y a veces la ejercen de forma directa al volver a provocar dolor en las mujeres de las que hablan o de las que escriben. Es lo que se llama revictimización.
La violencia no es show, minar la credibilidad de las mujeres no es relleno de parrillas, una denuncia por malos tratos no es entretenimiento para después de comer. Hay titulares de hace cinco años como Ana Obregón y Antonia Dell’Atte: la historia de sus enfados. O Una pareja rentable, de este periódico y en referencia a Dell’Atte y Lecquio con Obregón de por medio, hace 30 años.
Las dos, una y la otra, han sido de distintos modos víctimas de ese sistema que ha relativizado la violencia y contribuido a ralentizar su comprensión en la calle, en las casas, también el machismo, la misoginia y los estereotipos sobre las mujeres. Ambas, Obregón y Dell’Atte, han cambiado a lo largo del tiempo, también de formas diferentes, mientras esa economía televisiva traficaba, negociaba y rentabilizaba sus vidas privadas, con o sin permiso.
Con una diferencia respecto a la violencia. En 1991, Dell’Atte pronunció la palabra “malos tratos” en una comisaría cuando en España ni se hablaba de violencia de género. No ha sido hasta 2026 que Ana Obregón ha reconocido esa denuncia como verdadera.
Obregón no ha verbalizado, al menos no todavía, la palabra violencia machista unida al nombre de Alessandro Lecquio. Nunca ha dicho “Antonia Dell’Atte fue maltratada”. Nunca ha dicho “Antonia, te creo”. Pero lo piense o no, quiera o no decirlo, disculparse de forma pública es una forma de reconocer su voz, la violencia que sufrió y el daño que eso, directa e indirectamente, le ha causado durante años no solo a ella sino a su hijo, Clemente, al que Obregón también cita, también pide perdón.
Esa asunción de responsabilidad en público por el daño causado es dinamitar un trocito de la estructura en la que Obregón ―como tantas y tantos otros― ha vivido siempre, esa a la que siempre le fue rentable convertir el descrédito de una mujer en contenido.
“35 años”, recordaba Dell’Atte este miércoles. 35 desde que interpuso esa denuncia por violencia machista en la comisaría de Chamberí. Son muchos años defendiendo algo tan simple como la realidad, la mayoría del tiempo sola. Ya no y ella lo sabe.
Ahora quiere “calma, un océano de calma”. Y “silencio”, que el “silencio” le hace falta, dice también. Cómo no cuándo ha habido tanto ruido, durante tantos años, alrededor y contra una. Sobre todo contra una.
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