Tras 1.300 días de espera, Gustavo Dudamel llega a Nueva York para sacar la música a la calle: “El arte es para tender puentes”

La espera ha sido larga: de tres años y medio. Pero a las siete y dieciocho minutos de la tarde del 30 de septiembre, Gustavo Dudamel, el niño de Barquisimeto, el gran director de orquesta global, la estrella del rocanrol que le guiña el ojo tanto a Steven Spielberg (literalmente) como a Beethoven o Coldplay, era final y oficialmente coronado como director artístico y musical de la Filarmónica de Nueva York, la más antigua y, probablemente, más famosa del país. Los 1.100 asistentes del Lincoln Center estallaban en aplausos mientras él sacudía sus célebres rizos y sonreía.

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Matías Tarnopolsky y Gustavo Dudamel en el David Geffen Hall, el 29 de septiembre.Matías Tarnopolsky, presidente y director ejecutivo de la Filarmónica de Nueva York, en el Lincoln Center, el 29 de septiembre de 2026.Gustavo Dudamel, director musical y artístico de la Filarmónica de Nueva York, en un momento de la entrevista. Horas antes de tomar la batuta, el primer latino al frente de la Filarmónica de la ciudad habla con EL PAÍS sobre sus planes para sacudirle el elitismo a la clásica: “Te ganas el respeto cuando te acercas a la gente”  

La espera ha sido larga: de tres años y medio. Pero a las siete y dieciocho minutos de la tarde del 30 de septiembre, Gustavo Dudamel, el niño de Barquisimeto, el gran director de orquesta global, la estrella del rocanrol que le guiña el ojo tanto a Steven Spielberg (literalmente) como a Beethoven o Coldplay, era final y oficialmente coronado como director artístico y musical de la Filarmónica de Nueva York, la más antigua y, probablemente, más famosa del país. Los 1.100 asistentes del Lincoln Center estallaban en aplausos mientras él sacudía sus célebres rizos y sonreía.

Apenas 24 horas antes, en el descanso del ensayo general, Dudamel se sentaba a charlar con EL PAÍS sobre este hito para su carrera y para la ciudad, que pone por primera vez a un director musical latino en el estrado.

Se sabe “un privilegiado” de dirigir esta Filarmónica. Tras 17 años al frente de la de Los Ángeles, en la otra punta del país, que ha transformado por completo y convertido en referente mundial de abrazo a la novedad, y de la que no se despide del todo, ahora la batuta de Dudamel se moverá ante una plaza aún más compleja. Pero llega el venezolano con más tablas, las que dan los años. Él ha cumplido ya los 45, y en estas casi dos décadas desde que pisó por primera vez las tablas neoyorquinas su crecimiento ha sido exponencial.

Reconoce el director que efectivamente esta nueva etapa “es muy especial”, por lo que significa para él “en lo personal y lo colectivo, que es lo más importante”. “Hay mucha emoción”, dice. En sus conciertos previos a la gala ha tocado clásicos de Mahler y Profokiev, sí, pero ya ha empezado a dejar caer esas rupturas con la tradición que caracterizan su estilo.

Hace unos meses tocó en Harlem, por primera vez en casi dos siglos de la orquesta; el 10 de septiembre, el primer concierto de la temporada fue en el Radio City Music Hall, templo de la cultura popular neoyorquina, donde sacó al escenario a Lizzo o Joaquina, artistas muy alejadas del lirismo orquestal. Dudamel está empezando a descubrir las cartas de su baraja.

Es muy difícil decir hacia dónde va o qué queremos hacer de esta institución. Evidentemente, que la gente de la ciudad la sienta suya»

Gustavo Dudamel, director artístico y musical de la Filarmónica de Nueva York.

“Estas primeras semanas están siendo, no digo un abrebocas, sino mostrar un poco el camino hacia donde queremos ir”, explica Dudamel la mañana previa a la gala en una sala acristalada del Lincoln Center, frente al ajetreo de los taxis amarillos y las ambulancias. “El trabajo del repertorio tradicional y de llevarlo a la comunidad, evidentemente, pero más que eso tender puentes con distintas formas musicales, artísticas, comunitarias, educativas… Son los elementos más importantes de este comienzo”, apunta.

Los puentes a los que se refiere fueron clave en sus 17 años en Los Ángeles. Allí fue de los primeros en atreverse con piezas populares, bandas sonoras (como las de su adorado John Williams, que interpretó por sorpresa en la gala de Nueva York, dedicándosela a Spielberg, que le lanzaba besos al aire), en unirse con cantantes latinos, a cineastas, a artistas visuales, a museos, al fútbol…

“Es muy difícil decir hacia dónde va o qué queremos hacer de esta institución. Evidentemente, que la gente de la ciudad la sienta suya, cercana. Esa empatía artística tan necesaria en una ciudad con un sinfín de posibilidades. Entonces, bueno, estoy feliz”, ríe.

Dudamel trae aires de cambio, que ya se ven durante el ensayo, con el montaje de una especie de enormes piñatas de colores que cuelgan del techo del David Geffen Hall. Efectivamente, se desplegarán al día siguiente, entre mesas decoradas con manteles y flores de colores, que los invitados se llevan, divertidos, al final de la velada.

La bienvenida a Gustavo arrancaba en la plaza del Lincoln Center, con una alfombra fucsia bajo cartelas de “Nuestra nueva era comienza ya”, en español e inglés, con mariachi y bandas de música latina, con arepas venezolanas y parrillada argentina.

Porque él no es el único latino al frente de la Filarmónica. Llega de la mano de Matías Tarnopolsky, presidente y director ejecutivo de la institución, argentino de nacimiento, familia y acento, aunque criado en Londres. Ambos, amigos desde hace 20 años, colegas desde hace unos meses, estupendos relaciones públicas y divertido tándem contando anécdotas, estaban deseando trabajar juntos. Ambos, también, esperan que su relación sea duradera.

“Es muy especial, muy conmovedor”, afirma Tarnopolsky en perfecto español sobre trabajar con Dudamel, con quien dice estar “completamente unidos en la idea de la música como derecho humano total”. Tras tres años en esta Filarmónica, de 2006 a 2009, Tarnopolsky pasó por Berkeley y Filadelfia y en enero de 2025 fue nombrado presidente y director ejecutivo. De ahí que haya visto cómo la ciudad se prepara para Gustavo. “Lo están recibiendo desde hace tres años”, ríe, en su charla con este diario. “La recepción pública, mediática, cívica, de los músicos de la orquesta… ha sido impresionante, en su amor, generosidad y alegría”.

El éxito de Dudamel va de la mano del éxito de la música popular y del auge de las experiencias colectivas en general, en un momento en el que el gusto, casi necesidad, por ir a conciertos, tras la pandemia, se ha multiplicado. Él ha sabido hacer de ello una oportunidad, uniéndose al pop o a los ritmos latinos, también en auge. Otros lo han hecho, sí, pero no con tanta potencia ni en escaparates tan señalados. Ahí está su mérito, en acercar un mundo a menudo considerado elitista o lejano.

“Sobre el respeto, esa distancia, hay que cambiar un poco el concepto”, reflexiona el venezolano. “Creo que te ganas el respeto cuando te acercas a la gente, cuando la entiendes. No se trata de atraer un público por obligación, a que tenga que escuchar música clásica… no”.

Más puentes que fronteras

“Siempre lo abordo desde la empatía artística”, afirma, el lograr “que la gente se sienta conectada”. “Es un trabajo que hay que hacer, porque mucha gente piensa que en la música clásica ese respeto es distancia, que es inaccesible, inalcanzable, intelectual. No. El arte está hecho para enaltecer y favorecer el espíritu. Cuando lo abordas desde ese punto, las cosas cambian y el respeto se convierte en cercanía”.

La cercanía cultural es importante, pero estas instituciones —Filarmónica, ópera, ballet— han de ser accesibles, para empezar, por los precios. Tarnopolsky lo sabe y no teme hablar de ello. “Uno puede conseguir una entrada aquí por 17 dólares. Hay cafés que son más caros”, sostiene. “Entonces no es cuestión de precio, pero entiendo que la percepción es importante. Somos profundamente accesibles para todos”.

Una imagen de la fiesta de inauguración de la temporada de la Filarmónica de Nueva York de 2026, la primera con Gustavo Dudamel al frente, el 30 de septiembre de 2026, en el Lincoln Center de Nueva York.

Dudamel cuenta que ya están al habla con instituciones vecinas, con comunidades educativas, culturales de todo Nueva York. “En un mundo tan dividido, el arte es para tender puentes”, defiende. Esa mirada se alinea con la de su presidente. “Solo vemos puentes, no fronteras, y más allá de los proyectos específicos —hay muchísimos, sueños increíbles— es crear conexión, comunidad, alegría y dar esa reflexión que solo ocurre cuando uno está en la sala de conciertos”, afirma Tarnopolsky.

Buscará Dudamel que su agrupación conecte “aún más con la comunidad”. Sacarla a la calle y hacer que la calle llegue a ella. Y que la música, en un momento de tensión global, sea unión y bálsamo. “Cuando nos unimos las cosas son mucho más fuertes”, asegura.

“Podemos discrepar profundamente de cosas, de ideas políticas, de distintas formas de ver”, afirma Dudamel, pero el arte une. “Te sientas al lado de alguien y no le preguntas ‘¿por qué votaste?’, ‘¿de dónde vienes?’, ‘¿qué haces?’ No, la gente se sienta y escucha, unida, por dos, tres horas”.

Mucha gente piensa que en la música clásica ese respeto es distancia, que es inaccesible, inalcanzable, intelectual. No. El arte está hecho para enaltecer y favorecer el espíritu».

Gustavo Dudamel, director artístico y musical de la Filarmónica de Nueva York.

La gala inaugural muestra el espíritu de los nuevos tiempos. Lejos de apostar por antecesores en el cargo como Mahler o Bernstein, a los que rinde pleitesía, el director optó por una mezcla muy personal: la PanAmericana del argentino Alberto Ginastera; el estreno en Estados Unidos de Circus, de Anthony Hopkins, actor y compositor; Mujer Arena de su colaboradora habitual Gabriela Ortiz, mexicana; pedazos del musical Company, interpretados por un solista; y un remate con el muy neoyorquino Harlem, de Duke Ellington, en un gran despliegue técnico de la Filarmónica.

Una introducción progresiva de nuevos sabores para el exquisito gusto neoyorquino. Pero, ¿cómo? “Es un proceso en el cual no soy solamente yo; formo parte de un universo de más de 100 músicos, más toda la institución, más todo lo que significa. Esto es un trabajo de equipo”, afirma, sobre el “proceso evolutivo” de una Filarmónica cuyo legado respeta profundamente. “Esta institución nació en 1842, la orquesta más antigua de Estados Unidos, una de las más antiguas del mundo”, remarca. “Tiene una historia, una tradición profunda, hermosa”.

Esta es la tradición que viene a seguir tras más de 1.300 días de espera desde el anuncio de su llegada, allá por febrero de 2023. Conocedor de las ansiedades de la industria cultural, conoce las expectativas y les quita hierro. “Tienes que enfocarte en lo importante, que es trabajar con una orquesta tan maravillosa en una institución así, y en llevar a cabo todas estas ideas desde la generosidad, desde el amor, desde la entrega”.

La primera vez que Dudamel visitó ese templo de la música norteamericana fue en 1994, con apenas 13 años, “un imberbe muchachito de Barquisimeto”, recuerda riendo. Voló con la Orquesta Nacional Infantil de Venezuela y el maestro Abreu, que les anunció con solemnidad que actuarían en la ONU… pero no que sería en una esquina de la cafetería. “Tocando tres notas”, ríe, “seguro completamente desafinados”.

A él, entonces, le pareció el Olimpo. “Nos llevaron a un museo, a una juguetería. Éramos unos niños, la ilusión, Nueva York, estos edificios, esta locura, esta cacofonía tan excitante que tiene esta ciudad y nos trae aquí al Lincoln Center. Recuerdo que el maestro, nosotros niñitos a su lado, nos iba mostrando el Metropolitan: este es el ballet, esta es la Filarmónica. Y decía: ‘Algún día, no muy lejano, estaremos aquí”, rememora, aún emocionado.

Una imagen de la fiesta de inauguración de la temporada de la Filarmónica de Nueva York de 2026, la primera con Gustavo Dudamel al frente, el 30 de septiembre de 2026, en el Lincoln Center de Nueva York.

“Por eso mi sueño no es un sueño individual. Este no es un logro personal, es un logro colectivo. Son mis compañeros con los que crecí haciendo música, divirtiéndonos, sufriendo, llorando, riendo, celebrando todo lo que significa crecer, desarrollarte como ser humano”, asegura. “Por eso para mí, por más que las expectativas, la presión y lo que la gente dice… No, eso está alrededor y va a estar siempre. Lo importante es enfocarse en lo importante, en expandir lo que esto significa”, defiende.

Primera gira europea en una década

Esa expansión del significado es literal, incluso geográficamente. Si en los últimos meses ya vivía y trabajaba entre Los Ángeles y Nueva York, no dejará de estar presente en la Costa Oeste. Lejos de atomizar la cultura estadounidense o de crear comparaciones vanas entre ambas ciudades, su intención es unirlas, insiste él mismo. Dudamel regresará a California en diciembre para tocar Beethoven, y también el próximo verano a la sede estival de la Filarmónica, su querido Hollywood Bowl.

Dirigir esa Filarmónica ha cambiado su vida. “De las experiencias más profundas y hermosas que he vivido, y que llevaré conmigo. Seguiré siendo parte de la familia de Los Ángeles. Y ahora la ampliamos”. Ha sido nombrado con el nuevo cargo de Director Laureado Artístico y Cultural de la Filarmónica de Los Ángeles.

Mientras, prepara las maletas con sus 100 nuevos compañeros. La Filarmónica de Nueva York realizará una gira por Europa, la primera en una década. Del 9 al 22 de octubre pasarán por París, Barcelona, Madrid, Berlín, Hamburgo y Viena. “No se trata de viajar por viajar. Es conectar con la comunidad, con cada cultura. Enriquece tanto a la orquesta como institución como a las ciudades donde vamos”, asegura.

Además, seguirá muy al tanto de las jóvenes orquestas con las que busca dejar la misma impronta que el Sistema de su maestro, José Antonio Abreu, al que recuerda especialmente estos días, dejó en él. Seguirá siendo director laureado de la Joven Orquesta de Los Ángeles, que fundó, y por supuesto estará presente en la de su país natal. En noviembre viajará a España con la Sinfónica Nacional Juvenil de Venezuela, de la que también es director.

“Es mi hogar primigenio”, se enorgullece. “Esos son mis muchachos, son nuestros muchachos”. La gira tuvo que retrasarse por los terremotos de junio en Venezuela. “Es una oportunidad maravillosa porque los chicos se han estado preparando por tanto tiempo”, explica sobre su paso por “Zaragoza, Valencia, Madrid, Barcelona, Alicante”, que recita de memoria. “Es una gira muy bonita, muy especial, que muestra lo que es el Sistema y que, a pesar de las dificultades que estamos viviendo, sigue allí, y siguen todos esos jóvenes talentosísimos teniendo la oportunidad de hacer música juntos y llevándola al mundo. Es un mensaje de lo hermoso que puede significar el arte en momentos tan complejos”.

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