El Mundial es la oportunidad que nos da Dios a los madridistas de ir por una vez con el débil. No estrictamente, claro: vamos con el débil cada vez que se enfrenta a un archienemigo. Pero en el Mundial no hay Barças o Atléticos, no hay selecciones a las que un madridista, por ser madridista, odie por defecto. Se odia, sí, pero cada uno por razones personales, no institucionales. Por ejemplo, supongo que muchos madridistas seguirán considerando a Messi el peor de sus males y deseen su fracaso (no es mi caso, si bien creo que con ganar Qatar 2022 ya fue suficiente) o selecciones de cualquier otro ogro que hayamos sufrido, pero está por nacer el argentino que a mí me haga odiar Argentina, y no será porque no lo han intentado. Entre una selección europea y una latinoamericana, América siempre.
Está por nacer el argentino que a mí me haga odiar Argentina, y no será porque no lo han intentado
El Mundial es la oportunidad que nos da Dios a los madridistas de ir por una vez con el débil. No estrictamente, claro: vamos con el débil cada vez que se enfrenta a un archienemigo. Pero en el Mundial no hay Barças o Atléticos, no hay selecciones a las que un madridista, por ser madridista, odie por defecto. Se odia, sí, pero cada uno por razones personales, no institucionales. Por ejemplo, supongo que muchos madridistas seguirán considerando a Messi el peor de sus males y deseen su fracaso (no es mi caso, si bien creo que con ganar Qatar 2022 ya fue suficiente) o selecciones de cualquier otro ogro que hayamos sufrido, pero está por nacer el argentino que a mí me haga odiar Argentina, y no será porque no lo han intentado. Entre una selección europea y una latinoamericana, América siempre.
Así que cuando digo que el Mundial es la oportunidad que nos da Dios a los madridistas de ir, al menos una vez, con el aficionado del equipo débil, me refiero a intentar entenderlo, a intentar comprenderlo, a meternos en la piel —odiosa y absurda expresión— del equipo que queremos que gane y sin embargo pierde por la misma razón por la que pierden tantos rivales del Madrid: no porque juguemos mejor, sino porque los aplastamos. Por inercia, por piloto automático, porque el curso de los acontecimientos —deliciosa expresión— conduce casi siempre a la lógica, y al final suele dar igual quién merece qué, sino qué es lo más normal.
Por eso perdió Cabo Verde: porque lo más normal era que perdiese. Que gane la Argentina de Messi a Cabo Verde es tan lógico que ni siquiera marcando un golazo Cabo Verde, jugando tan limpio el balón, teniendo la cabeza tan alta y la bota tan suelta, pudo ganarle. Como cuando llega el modesto de turno al Bernabéu, le pega un baile al Madrid y el resultado es 3-0 con goles de Villarroya, Spasic y Perica Ognjenović que tú, como madridista en el estadio, ni te enteraste, ni viste ni los goles, no sabes ni siquiera si esos tres han jugado alguna vez juntos (ni de coña). Es decir: se gana porque se tiene que ganar, es lo que dicen las apuestas, es el peso de la lógica del universo: el planeta gira.
Por eso, cuando Cabo Verde marcó el segundo gol en la prórroga a Argentina y parecía que la cosa se iba a los penaltis, y el gol fue un golazo descomunal, me acordé de mi amigo el exmadridista Tinaia, hoy currando en el Telleiro de Sanxenxo de otro exfutbolista, Nel, y yo pensé: “ojalá David tumbando de una pedrada a Goliat”. Hombre, por fin, después de tantas veces deseando que Goliat ganase, que el gigante aplastase al pequeño a pesar de méritos y justicias. Tantas veces pidiendo que, al dispararle la piedra con la honda, Goliat cayese inconsciente sobre David y lo dejase hecho papilla. Ahí estaba la heroica Cabo Verde, ahí estaban los familiares de los atuneros caboverdianos de Burela, que han hecho de estos días una fiesta descomunal cada vez que su selección, y un poco ya la nuestra, jugaba.
Pero Argentina ganó como ganan los grandes: dejando al pequeño la consolación de haber sido mejor, más valiente, más hermoso, incluso inolvidable. Todo menos vencedor. Así que durante unos minutos Cabo Verde nos permitió a los madridistas descubrir una sensación bastante exótica: la injusticia. La del que sabe que ha hecho todo bien y aun así va a perder. Sensación incómoda que pasa muchas veces en la vida. Produce una mezcla de orgullo y ganas de romper cosas que los aficionados del Madrid solemos delegar históricamente en los demás. Y claro que no hace falta ir con Cabo Verde para saber lo que es perder: ya lo hacemos bien por nosotros mismos. Pero perder de forma inmerecida, partiendo tan de abajo y siendo tan inferiores, eso ya no lo hemos sufrido tanto. La Copa del Mundo es un diván.
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