Vuelve ‘La casa de la pradera’ a Netflix: ¿’woke’? ¿MAGA? ¿o tan solo un inocente drama familiar?

Lo primero que sorprende de la nueva adaptación de La casa de la pradera es que es tan artificialmente hermosa que parece hecha por una inteligencia artificial. Tuve que comprobar que sus protagonistas eran humanos y sí, el nuevo Charles Ingalls, el heredero del personaje interpretado por el carismático Michael Landon, es el australiano Luke Bracey, una persona real. Junto a él, la también real Crosby Fitzgerald da vida a una Caroline Ingalls que tiene un papel mucho más destacado que en la serie de los setenta; ya no es únicamente una madre y esposa abnegada. Lo que no cambia es la mirada de Laura, autora de las novelas y voz de la narración, ni la bondad de Mary, que aquí carga con la responsabilidad de vivir un tierno romance preadolescente sin el que ya resulta inconcebible cualquier ficción familiar. Hasta el perro Jack parece desarrollado por un algoritmo perfeccionista.

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Luke Bracey, Crosby Fitzgerald y Alice Halsey, en el primer episodio de 'La casa de la pradera'. Tendemos a recordar las aventuras de los Ingalls como cursis y melifluas, cuando en realidad tienen mucho de gótico fronterizo. No puede mantenerse fuera de la gresca política, porque era profundamente política  

Lo primero que sorprende de la nueva adaptación de La casa de la pradera es que es tan artificialmente hermosa que parece hecha por una inteligencia artificial. Tuve que comprobar que sus protagonistas eran humanos y sí, el nuevo Charles Ingalls, el heredero del personaje interpretado por el carismático Michael Landon, es el australiano Luke Bracey, una persona real. Junto a él, la también real Crosby Fitzgerald da vida a una Caroline Ingalls que tiene un papel mucho más destacado que en la serie de los setenta; ya no es únicamente una madre y esposa abnegada. Lo que no cambia es la mirada de Laura, autora de las novelas y voz de la narración, ni la bondad de Mary, que aquí carga con la responsabilidad de vivir un tierno romance preadolescente sin el que ya resulta inconcebible cualquier ficción familiar. Hasta el perro Jack parece desarrollado por un algoritmo perfeccionista.

La showrunner Rebecca Sonnenshine, productora de The Boys y Crónicas vampíricas, ofrece una imagen dulcificada de lo que hoy sabemos que fue la conquista del Oeste. Había poco glamour en una travesía que provocó la muerte de uno de cada 10 hombres y mujeres que se lanzaron a cumplir su sueño dorado. Pero esto no va de buscar realismo ni de preguntarse cómo mantienen esas dentaduras perfectas y esas cabelleras lustrosas a pesar de las necesidades económicas. La climatología extrema no pasa factura a sus cutis y la ropa luce tan impoluta como si acabase de salir de un almacén de Arteixo.

Un aire de irrealidad que en ese aspecto no difiere demasiado de la versión televisiva que conocemos de la obra semiautobiográfica de Laura Ingalls Wilder. NBC también obvió la parte más turbia y se centró en la evocación nostálgica de los valores familiares y religiosos. Los manteles de cuadros y las vallas encaladas, antes que la hambruna y la disentería. Un acierto, teniendo en cuenta que conquistó a la audiencia estadounidense y la española, y se convirtió en un clásico incontestable adorado por millones de espectadores. Netflix, que ha lanzado su versión este jueves, tiene tanta confianza en que ese éxito se repetirá que ya la ha renovado por una segunda temporada.

Tiene motivos para la fe. La historia archiconocida de los Ingalls, una familia modélica que se traslada al Medio Oeste estadounidense a mediados del siglo XIX para buscar prosperidad, ha vendido 73 millones de ejemplares y su adaptación televisiva, que ya celebra cuatro décadas, no ha caído en el olvido; según Forbes, en 2024 acumuló 13.300 millones de minutos de reproducción en streaming. Si a eso le sumamos el interés por el Oeste que evidencia el éxito del universo expandido de Yellowstone y la moda, al menos en redes sociales, de las tradwives y la nueva domesticidad pasada por los filtros de Instagram, lo raro es que Netflix no le echase el diente antes. Además, llega en el momento justo. Muestra una vida idílica e idealizada que funciona como un balneario para el alma en tiempos de incertidumbre económica y política.

Es imposible no mencionar la parte política cuando se habla de la que dicen que era la serie favorita de Reagan y también de Clinton. Pero su mensaje no es ya tan unificador. En cuanto Netflix anunció su pretensión de adaptarla, comenzaron las protestas. La presentadora conservadora Megyn Kelly, acérrima trumpista, alertó a la plataforma: si la “wokeizaban”, les arruinaría el proyecto. Melissa Gilbert, actriz que interpretaba a Laura en la serie, respondió: “No puede ser mucho más woke que la nuestra” y después le señaló la larga lista de temas que la serie trató con normalidad: “racismo, adicción, nativismo, antisemitismo, misoginia, violación, maltrato conyugal y cualquier otro tema woke que se te ocurra”.

Tendemos a recordar la adaptación televisiva de las aventuras de los Ingalls cursi y meliflua cuando tiene mucho de gótico fronterizo. Hay capítulos especialmente dramáticos, como el trauma que supuso la ceguera de Mary, la angelical hermana mayor de Laura, y el incendio en su escuela, en el que una de sus amigas moría calcinada junto a su bebé. O la violación de una adolescente de quince años por un hombre enmascarado. Ningún capítulo estaba exento de drama, aunque lo que más recordamos era su alegre sintonía y a las niñas Ingalls corriendo sonrientes ladera abajo ante las beatíficas sonrisas de sus padres. La casa de la pradera no puede mantenerse ajena a la gresca política, porque era una serie profundamente política. Rose Wilder Lane, hija de la autora, editora de los libros y responsable de que la obra llegase a nuestros días, es una figura esencial del movimiento libertario en EE UU. Amiga de la filósofa Ayn Rand, con la que mantuvo una relación epistolar, propugnaba la defensa a ultranza de la propiedad privada y el libre mercado y pedía el adelgazamiento del Estado hasta volverlo testimonial. Wilder consideraba que habían sido las políticas del Gobierno las responsables de los reiterados fracasos de su padre y no las inclemencias del tiempo, un territorio desconocido y su falta de experiencia como campesino. Sin embargo, no tuvo problemas en aceptar los subsidios ni la escuela estatal para ciegos en la que estudió su hermana.

Como todo producto de su tiempo, tampoco ha estado exenta de acusaciones de racismo; de hecho, en 2018 el nombre de su autora fue retirado del premio infantil creado en su honor. Michael Landon, productor de la serie además de protagonista, ya había suavizado los elementos más controvertidos de la obra en su primera adaptación, y para evitar controversias, Netflix ha contado con un elenco multirracial y ha contratado a un consultor cultural de la Nación Osage, la población original del territorio en el que se instalan los Ingalls.

Habrá quien vea en ello la wokeización de la que hablaba Kelly, pero lo que ha hecho Sonnenshine es adaptar las partes de los libros que ofrecían mayor diversidad y dar más relevancia a personajes como el médico negro George Tann, interpretado por el actor Jocko Sims, un vecino de los Ingalls que ayudó a nacer a la pequeña Carrie y que, a pesar de carecer de título como casi todos los galenos negros, atendía a las familias adineradas de la zona. También había personajes Osage en la obra original que en la serie de Netflix adquieren categoría de protagonistas. A través de la mirada de una familia nativa, vecina y amiga de los Ingalls, vemos las devastadoras consecuencias que tuvo para ellos la expansión hacia el Oeste de los colonos. Es imposible obviar, aunque habrá quien lo consiga, que en una época en la que desde sectores de la derecha se habla de “el gran reemplazo”, Estados Unidos es un país que nació de reemplazar a los habitantes originales, los indios, por inmigrantes que en su mayor parte huían de sus países de origen por necesidad económica o persecuciones religiosas. Esa es quizás la parte más incómoda de cualquier adaptación de la obra. Los adorables Ingalls, personas justas, buenas y compasivas, buscan estabilidad económica a costa de desplazar a los habitantes de esas tierras, unos Osage a los que, tras el exilio forzado, les esperaba un nuevo horror a manos de los hombres blancos que contó muy bien Scorsese en Los asesinos de la Luna.

La casa de la pradera pretende encarnar el mito fundacional estadounidense: el pionero que deja atrás lo conocido en busca de una vida mejor a la que accederá gracias a su esfuerzo, la familia y la fe. Aunque quizá nada defina mejor el nuevo Estados Unidos que el hecho de que, por cuestiones de fiscalidad, se haya rodado íntegramente en Canadá.

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