
Me confirma la inteligencia artificial que es científicamente posible que las moscas se desmayen por el calor. La mosca doméstica común, el mosco que decía mi amama Satur, colapsa entre los 44 y 47 grados. Juraría que un día sentí la agonía de uno de estos cansinos insectos ante su terrible final. Era niño, estaba en Medina de Rioseco, el pueblo en el que nació mi abuela, un rincón castellano a un suspiro en autovía de Valladolid, en pleno verano, con una treintena larga de grados a la sombra. Ahora que lo pienso, quizá fue una alucinación.
Robarle el mando a mi abuela para quitar la novela fue siempre una misión fallida en medio de la solanera
Me confirma la inteligencia artificial que es científicamente posible que las moscas se desmayen por el calor. La mosca doméstica común, el mosco que decía mi amama Satur, colapsa entre los 44 y 47 grados. Juraría que un día sentí la agonía de uno de estos cansinos insectos ante su terrible final. Era niño, estaba en Medina de Rioseco, el pueblo en el que nació mi abuela, un rincón castellano a un suspiro en autovía de Valladolid, en pleno verano, con una treintena larga de grados a la sombra. Ahora que lo pienso, quizá fue una alucinación.
Empecé a irme de vacaciones a Rioseco desde muy niño, buscando precisamente ese clima casi desértico que tan bien nos sienta a los asmáticos. He acabado desarrollando bastante tolerancia al calor, aunque nunca se me ha dado bien usar el abanico. Como era pequeño y estaba con mis abuelos, la piscina solo la olía los días que venían mis padres. Así que mi plan para combatir la solanera de la tarde era resguardarme en casa, con las persianas bajadas, y ver la tele.
Gracias a la IA puedo datar con exactitud el verano en el que escuché por primera vez la sintonía de Agujetas de color de rosa, una telenovela mexicana que se estrenó en España en 1995. Esa primavera hice la comunión, así que confirmo sin preguntar al maquinillo que tenía 10 años. La trama habla de Elisa, una mujer que debe sacar adelante a sus tres hijos tras quedarse viuda, y que tiene una suegra, digamos, bastante puñetera. Aun así, el clímax del novelón se centra en Paola, una de las hijas, que se enamora de Martín, un joven de clase baja que sueña con ser cantante de rock. El amor nace al calor (perdón) de una pista de hielo. De ahí lo de las agujetas rosas (¿?).
600 episodios
En este punto del memorando voy a reconocer dos cosas: la primera, que en mi cabeza la letra de la sintonía dice así: Agujetas de color de rosa, sombrero grande y feo y no sombrero de agujero, como parece ser; y dos, que no recuerdo cómo termina la historia. Mi misión a lo largo de los 600 episodios (no es una exageración, TVE decidió partir por la mitad los 300 originales que compró a Televisa) pasaba por quitarle el mando a mi abuela cuando se quedaba dormida sin que se diera cuenta, mientras luchaba para que las moscas no desataran al magnicida que todos llevamos dentro. Pocas veces completé la misión, así que me la tragué prácticamente enterita.
Esta aventura rosa de luchar contra las agujetas se tornaba de lo más oscura por la noche. Me solía ir a la cama al poco de empezar, a eso de las nueve y media, Quién sabe dónde. Me encantaba Paco Lobatón, pero me daba un miedo horroroso ese programa. Ni sé la de noches que soñé con que era yo el que se perdía. Y aunque entre el salón y mi habitación había dos puertas mediante, la sintonía del programa y la voz de Paco llegaban hasta mi cama y se metían conmigo debajo de las sábanas. Al día siguiente siempre les preguntaba a mis abuelos cuánta gente habían encontrado, supongo que para dar menos carnaza a mis demonios.

Se juntan en esta historia de aventuras, pues, dos sentimientos en uno, que dan lugar a un tercero: la emoción por llevar a cabo un robo de guante blanco, el temor por no acabar perdido en medio de la Castilla profunda y una inmensa nostalgia al recordar aquellos años. Ni los innumerables saltos a la piscina que coleccioné años después, ni las historias de miedo que me fueron contando mis amigos riosecanos en los soportales de la urbanización a lo largo de innumerables veranos provocan en mí un calor interno tan intenso como el de aquellas dos melodías.
Parece ser que el verano del 95 no fue extremadamente caluroso en Castilla y León, según los registros de la época. Yo solo quiero volver hoy a aquella pista de hielo rodeado de moscas con mis abuelos.
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