Un Mundial con alcachofas para cenar

Marca Argentina el gol que le hará pasar de fase en el Mundial. En la cocina de casa se escucha un leve chasquido de decepción, por esa querencia nuestra a ir siempre con el que no parte como favorito. Instantes después, en el patio se escucharán chillidos intensos de celebración, y una voz femenina, de acento inconfundible, que asomará la cabeza por la ventana, enfrentándose al bochorno del verano en Madrid, que dirá: “¡Nunca duden!”. Agudizo el oído esperando la celebración procedente de un balcón cercano al mío, donde hemos llegado a la conclusión de que hay seguidores de la albiceleste, a juzgar por lo que llevamos escuchando desde el 11 de junio. Pero el sonido que echo de menos es otro.

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 Echo de menos la protesta del adolescente con el que convivo. Ese que se habría echado las manos a la cabeza por la mala suerte de Egipto, el que habría acusado, con esa vehemencia tan típica de su edad, de todo tipo de tongos, faltas y compras arbitrales  

Columna

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Echo de menos la protesta del adolescente con el que convivo. Ese que se habría echado las manos a la cabeza por la mala suerte de Egipto, el que habría acusado, con esa vehemencia tan típica de su edad, de todo tipo de tongos, faltas y compras arbitrales

Imagen del partido del Mundial entre Argentina y Egipto.Zhizhao Wu (Getty Images)
Ángeles Caballero

Marca Argentina el gol que le hará pasar de fase en el Mundial. En la cocina de casa se escucha un leve chasquido de decepción, por esa querencia nuestra a ir siempre con el que no parte como favorito. Instantes después, en el patio se escucharán chillidos intensos de celebración, y una voz femenina, de acento inconfundible, que asomará la cabeza por la ventana, enfrentándose al bochorno del verano en Madrid, que dirá: “¡Nunca duden!”. Agudizo el oído esperando la celebración procedente de un balcón cercano al mío, donde hemos llegado a la conclusión de que hay seguidores de la albiceleste, a juzgar por lo que llevamos escuchando desde el 11 de junio. Pero el sonido que echo de menos es otro.

Echo de menos la protesta del adolescente con el que convivo. Ese que se habría echado las manos a la cabeza por la mala suerte de Egipto, el que habría acusado, con esa vehemencia tan típica de su edad, de todo tipo de tongos, faltas y compras arbitrales tras el resultado del partido. Ese que habría comentado también lo cerca que estuvo Cabo Verde, y que quizá si acaso no fuera España la campeona del Mundial, a lo mejor tenemos que ir con Noruega, por aquello de variar un poco. Habría en su discurso una sucesión de “buah, tío”, un ir y venir por el pasillo y un cuerpo que se convierte en culebra de puro nervio, sentándose a uno y otro lado del sofá. Me monto esa película en la cabeza, tan basada en hechos reales, porque ese adolescente no está, y yo me siento con el síndrome del nido vacío de ese primer campeonato de fútbol en el que ha cambiado a padres por amigos.

La maldita nostalgia se hace un hueco en mi abdomen y me acuerdo de hace cuatro años, sentados en el sofá de casa, haciendo todo tipo de conjeturas, celebrando y lamentando goles con algo de comida delante. Yo haciéndome la experta cuando no soy más que una farsante, con tal de conectar con ese niño que está dejando de serlo. Me veo ahora, sin necesidad de pensar en algo divertido para cenar, sacando unas alcachofas y regándolas de aceite de oliva, porque ese adolescente que ya es casi adulto me ha dado el cambiazo. Y ahora han sido otros, larguiruchos y con la edad del pavo como él, con los que ha lamentado el pase de Argentina. Qué ganas de 20 de julio.

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