Sinner resurge por todo lo alto: Wimbledon, de nuevo a sus pies

Ya ha caído el sol, la sombra cubre la totalidad de la central y Wimbledon despliega la alfombra verde para el campeón. El gigante herido se ha levantado. Por si había alguna duda, otra vez la ley de Jannik Sinner, que a eso de las siete de la tarde alza el trofeo vencedor (6-7(7), 7-6(2), 6-3 y 6-4, en 3h 46m) y abraza con gusto su quinto grande, el primero de esta temporada en la que el número uno ha viajado de polo a polo: de sentirse invencible de marzo a junio al famoso apagón de Roland Garros, que ahora queda en mero accidente. De nuevo él, el campeón abrasivo que se rehace, repite en Londres y festeja su triunfo 100 en los Grand Slams. Va un spoiler: serán muchos más.

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ÉL Y ALCARAZ, 10 DE 11 DESDE 2024

Por séptimo encuentro consecutivo, Sinner protegió su servicio ante la amenaza de Zverev, al que ha he negado las 11 opciones de rotura que ha dispuesto en esa franja. Aun así, el alemán dice ir “por el buen camino” y que confía en poder acercarse más y “desafiar” en mayor grado al líder del circuito.

“Sentí que estábamos jugando a un nivel muy similar, extremadamente alto”, afirmó el subcampeón, de 29 años. Se aproximó 28 veces a la red. “Este es el tenis que quiero jugar”, amplió Zverev, que metió hasta un 76% de primeros y firmó 17 aces, dos por encima de su rival.

El de Hamburgo considera que este año “ha habido un progreso” y que se refleja, sobre todo, en su mayor agresividad. Sinner, sin embargo, cometió 20 errores menos (25-45) y concedió tan solo siete puntos con sus primeros saques. Es su sexto título de 2026, tras los de Indian Wells, Miami, Montecarlo, Madrid y Roma.

A sus 24 años, es el octavo tenista más joven en alcanzar los 100 triunfos en los grandes escenarios tras Borg, Becker, Wilander, Nadal, Djokovic, Sampras y Federer. Precisamente, ha seguido los pasos del suizo en 2003, cuando el de Basilea triunfó sin haber perdido el saque en las semifinales ni la final.

El ganador definió el duelo como “muy duro” e hizo hincapié en su evolución desde la primera ronda, en la que tuvo que recurrir a los cinco sets para remontar a Miomir Kecmanovic. También expresó su “respeto” por Zverev, además de desear un regreso temprano de Alcaraz porque “el tenis lo necesita”.

En concreto, entre ambos se han hecho con diez de los once últimos majors en juego. Son cinco por cabeza, uno para cada uno este año. Con cinco cetros a su edad, Sinner iguala el ritmo que en su día tuvieron McEnroe, Becker y Djokovic. Mientras, Alcaraz había ganado los siete que posee con solo 22.

 Tras el colapso de París, el número uno se impone a la mejor versión de Zverev y alza su quinto grande tras una esplendorosa demostración: 6-7(7), 7-6(2), 6-3 y 6-4  

Ya ha caído el sol, la sombra cubre la totalidad de la central y Wimbledon despliega la alfombra verde para el campeón. El gigante herido se ha levantado. Por si había alguna duda, otra vez la ley de Jannik Sinner, que a eso de las siete de la tarde alza el trofeo vencedor (6-7(7), 7-6(2), 6-3 y 6-4, en 3h 46m) y abraza con gusto su quinto grande, el primero de esta temporada en la que el número uno ha viajado de polo a polo: de sentirse invencible de marzo a junio al famoso apagón de Roland Garros, que ahora queda en mero accidente. De nuevo él, el campeón abrasivo que se rehace, repite en Londres y festeja su triunfo 100 en los Grand Slams. Va un spoiler: serán muchos más.

Es demasiado bueno, viene a transmitir con el encogimiento de brazos Alexander Zverev, quien luego observa desde la banqueta cómo trepa el ganador hacia los suyos y besa a su madre. Señor partido el del número dos, porque poco más se puede hacer ante un competidor mastodóntico que salvo colapso físico, anomalía, desgracia o alineación planetaria en su contra, tendrá la sartén por el mango hasta que alguien no regrese (un murciano) o que Sascha dé el último estirón. Es la décima derrota consecutiva del alemán contra él, que llegó a Londres en busca de respuestas tras el suceso francés, aquella pájara en la Chatrier, y las encontró prácticamente de inmediato. Como es debido. De menos a más, esplendoroso en las dos últimas estaciones del torneo, se hace con otro major y completa la enésima demostración.

È una partita di pazienza”, desliza uno de los reporteros italianos en la tribuna. Y así es. Aquí ninguno cede: más y más saque, más y más velocidad de costa a costa. Esta es la era del vértigo y de lo efímero; con control, eso sí. La final está siendo plana, lineal, sin picante, entre otras cosas porque uno quiere y el otro no le deja hacer. Intenta Sinner aplicarle ritmo al tema, ir extendiendo esa tela de araña que atrapa con facilidad, pero Zverev no quiere líos y contragolpea: abrevia, amigo. Por ahí no. Por aquí. Al alemán se le ve fresco y ágil de piernas e ideas, como si hace mes y medio se hubiese quitado en París un par de toneladas de encima, y resiste a las arremetidas con la convicción que nunca tuvo. Hay noticia en La Catedral: sí, se lo cree.

Juega por fin con el brazo liberado y se aprecian un par de signos de que las cosas han cambiado. Mucho más especulativo antes, aprieta ahora con decisión y mantiene el rumbo sin desviarse ni caer en el desespero. Hay más humildad jugando, menos arrogancia. No se conoce a un solo grande que no bajase al barro. De derecha a derecha, Sinner no logra desbordarle y a ello se añade que en el instante delicado del primer parcial, muy sintomático, se endereza en vez de doblarse. El público sospecha que la desgracia tal vez esté al caer; si comete esa doble falta, el impacto emocional sobre el partido podría ser devastador. Pero insiste: tranquilidad, aquí este otro Sascha. Hay final.

Disfrutarlo, no sufrirlo

Da gusto verle pelotear así. Nunca es tarde, se dice. El gigantón ve las cosas de otra forma; serán los 29 años, tal vez. Y mientras tanto, Sinner inspecciona y prepara el butrón, pero el muro de hoy es firme. Macizo Zverev. No hay hueco y parece claro que el primer acto derivará en el tie-break, al que se llega después de un largo serial de pelotazos que alcanzan los 222 km/h y levantan el polvillo de la tierra —fondos pelados, claro— y la cal. Porcentajes a tutiplén: el hamburgués mete todos los saques dentro y no va a regalar nada; su disposición ofensiva se impone; visita más la red, arriesga tanto o más y después de haber neutralizado la única opción de rotura registrada hasta ahí, descerraja.

Sinner ha logado salvar el pescuezo con una dejada que roza la línea del pasillo, pero no evita llevarse el bofetón. ¡Plas! Entonces, ¿hay final? Así lo parece. ¿Y qué hay de esa enorme losa de nueve derrotas sucesivas, de ese opresivo pleno encajado en todos los duelos dirimidos entre ambos a partir de 2024? Zverev ya no sufre, está disfrutándolo. Se ha quitado de encima los complejos; lo negaba, pero los tenía. Tras su estela de títulos también había la del sospechoso. El temeroso. Así que bola arriba, garrotazo y a seguir descontando juegos, mientras el runrún del ambiente va metiéndose sibilinamente en la cabeza del italiano, no vaya a ser que ceda también el segundo set y se vea de repente con los pies en el barrizal. El rival le aguanta desde el fondo y, de nuevo, se resolverá el apartado a cara o cruz.

El público de Londres nunca ha terminado de mirar con muy buenos ojos a Zverev, pero tiene ganas de jarana y reconoce la excelencia del alemán hasta ahí. Sopla una agradable brisa y los 28º van cayendo; en el Royal Box, Nicole Kidman viene y va. Saltan los corchos del champán, los militares que custodian los accesos se llevan al tipo que gritaba y, por eso de la genialidad y de lo impermeable de esa mente privilegiada, Sinner por fin logra lo que tanto necesitaba. Él, un trabajador. Las musas jamás le pillarán en el sofá. Esta vez pilota el desempate a su antojo, con esa suficiencia y ese tiroteo tan suyos, y abre una distancia insalvable que Zverev no ha visto venir.

Tensión y maestría

Ha sido un abrir y cerrar de ojos. Con Sinner, la historia va así. “Si bajas la guardia un solo segundo, ya estás defendiéndote”, decía dos días antes un sabio, Novak Djokovic. “Es muy impredecible”, remarcaba. Te devora. Te roba el alma. Sus estacazos suenan ahora de otra forma: ¡Crack! ¡Crack! ¡Crack! Ese cordaje se ha ganado el cielo. Y a pesar de todo, ahí continúa Zverev, al que la tentación de descolgarse le visita varias veces: ¡Ríndete! Ni por asomo. ¡No! ¡De eso nada! Poco que achacarle, en realidad. El italiano le ha metido en la coctelera y, ante ese zarandeo infernal, lo natural suele ser desistir en uno u otro momento. Recuérdese: Alcaraz, hace un año: “¡Qué malo eres, tío!”. “¡Desde el fondo es mejor, pero mucho mejor que yo!”.

A falta de fútbol, La Azzurra y el Mundial, los periodistas de su país presumen de tenis. Han venido encamisados, encorbatados y con americana. ¿Ellas? Siempre bellas. Y empiezan a verlo con mejores ojos, más optimistas, aunque su chico de oro tendrá que masticarlo todavía durante un buen rato porque Zverev, como nunca, está jugando un quintal y de ningún modo piensa en irse del partido. No dimite. Cree. Es la única opción, dicen los que saben. Le cuelgan los medallones —uno de su padre, otro de su abuela y el tercero de su hermano— y va aguantando el tipo con fe, pero cada vez más inmerso en ese remolino que a todos los marea, que a todos los mata. Se lleva el manotazo de la fatalidad.

Con bola de break en el tercero, resbala y cae; la rodilla responde bien, no hay lesión. Así que arriba, rápido en pie. Sin embargo, la presión crece y crece, y una derecha mal tocada (con el marco, caña) sale despedida hacia el murete verde del fondo y le cuesta el 5-3. Sinner no perdonará al servicio. La final no es pirotécnica, pero sí tensa y pareja, y en esas no hay hoy quien se desenvuelva mejor que el de San Cándido, quien gestiona la recta definitiva con maestría —tónica calcada— y esa marcha machacona; esa triple conjunción de temple-tiros-deseo que le devuelve la gloria después de haber salido escaldado de París y que lo resitúa. De nuevo, en su sitio. Mandando. Repite en Wimbledon, donde todo empezó en forma de incógnita y acaba así: él, il più forte.

Jannik Sinner

vs

Alexander Zverev

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