Como la historia de España está llena de terribles paradojas, uno de los jugadores más talentosos y únicos de la historia de la selección, Míchel, fue señalado en Italia 90 por no saltar en la barrera de la falta que Dragan Stojkovic ejecutó para Yugoslavia echando a España en octavos de final.
Es un fútbol superior de una inteligencia sutilísima que carga las piernas del contrario. Supo Francia que, cuando tenía el balón, era porque España lo prefería así
Como la historia de España está llena de terribles paradojas, uno de los jugadores más talentosos y únicos de la historia de la selección, Míchel, fue señalado en Italia 90 por no saltar en la barrera de la falta que Dragan Stojkovic ejecutó para Yugoslavia echando a España en octavos de final.
Han pasado 36 años, y el salto que se quedó en borradores, el salto que nunca se produjo, el salto que todo el país se quedó con ganas de ver, llegó cuando menos se esperaba por parte del jugador más improbable y, mejor aún, en área contraria.
Fue Lamine Yamal quien, como si de una falta contraria se tratase, pegó un salto tremendo de lado, típico brinco a monte y sin mirar; un salto de barrera de toda la vida de Dios que llevábamos incubando desde el 26 de junio de 1990 en Verona. Fue tal la sorpresa que el defensor francés lanzó una pierna al aire. Stojkovic esta vez se encontró un muro. Y le pegó una patada.
No era necesario un penalti, aunque no vino mal. Primero para poner a prueba el pulso de Oyarzábal en una Copa que vio a Kane, Mbappé y Messi, dos veces, fallar penaltis trascendentales, ninguno más trascendental que el de Oyarzábal, que lo metió alto y fuerte. Síntoma febril de una España agigantada que explotó en Dallas como nunca hasta ahora en Mundial. Hubo minutos hilados con seda a un ritmo letal de pases con una velocidad insoportable.
Francia se cayó primero moralmente, aterrada por la superioridad del colectivo español sobre las individualidades francesas, y luego empezó a caer físicamente, algo digno de ver porque si Francia fue algo en Estados Unidos fue un bloque irrompible, destructor. Lo disolvió España pestañeando muy rápido en todas partes del campo; parecía un faro pasado de revoluciones enviando a los barcos franceses a despeñarse en las rocas.
Qué tipos tan listos, estos. Ante la presentación ruidosa y bárbara de las estrellas del Mundial, los Messi, Haaland, Mbappé, Olise, Kane y Bellingham, España enseñó a un puñado de caras y nombres suficientemente conocidos pero sin llegar a la celebridad. Hay uno, sí, tan alto como los citados, Lamine Yamal. Pero se ha sumergido en el grupo de tal manera que no hay en su cuenta un jugadón como el de Vini, los disparos de Mbappé o la definición sangrienta de Haaland.
A cambio, él sí está en la final, a las puertas de una Copa del Mundo que lo pondría antes de los 20 años en la cima del planeta. Ha entendido Yamal, con una madurez impropia, que la gloria no es posible sin un sacrificio absoluto, sobre todo si uno no llega al 100%.
No ha sido la estrella del equipo: ha sido parte del equipo. España ha decidido, De la Fuente ha decidido, que España sea un equipo con todas las consecuencias, incluido el esfuerzo defensivo de su gran estrella global. Un equipo que rompa contrarios cosiéndolos desde la defensa y hasta la frontal.
Es un fútbol superior, un fútbol de una inteligencia sutilísima que carga las piernas del contrario y lo despieza con una posesión diabólica de ida y vuelta. Supo Francia como supo Bélgica que, cuando tenían ellos el balón, era porque España lo prefería así.
Y esto ha ocurrido con Nico Williams lesionado, Lamine en remontada y Pedri opaco; dio igual: el equipo manda. Se supo en la primera gran ocasión de España con 0-0 tras un error francés en la salida. Recuperó España en tres cuartos con varios desmarcados. En lugar de buscar con prisa el área se puso a moverla en superioridad, Lamine y Olmo, hasta dejar a Fabián solo en el área. Entre la ansiedad y el juego; entre la verticalidad arriesgada y el juego; entre la vía rápida y el juego, España ha decidido siempre jugar.
Jugar y jugar hasta exhibirse en el día más complicado y poner rumbo a la capital del mundo, Nueva York, para conquistarlo de nuevo, 16 años después.
Deportes en EL PAÍS
