«Los conflictos no están para gestionarlos sino para resolverlos», afirma Pedro Sánchez sin hablar de soberanía durante la retirada de la Verja de Gibraltar, tras la entrada en vigor de forma provisional de los acuerdos firmados por la UE y el Reino Unido Leer «Los conflictos no están para gestionarlos sino para resolverlos», afirma Pedro Sánchez sin hablar de soberanía durante la retirada de la Verja de Gibraltar, tras la entrada en vigor de forma provisional de los acuerdos firmados por la UE y el Reino Unido Leer
Con más dudas e incertidumbres que certezas, la Comarca de Gibraltar celebró este miércoles la desaparición de la Verja que durante más de un siglo ha servido de termómetro para medir la tensión entre España y el Reino Unido en torno a la sobernía del Peñón. El Gobierno de Pedro Sánchez ha pasado página del conflicto y ha aplicado el manual de la realpolitik para bendecir el Tratado que devuelve a Gibraltar al Espadio Shengen.
«Hay quien confunde la prudencia con la inacción e hipoteca el futuro mirando al pasado y condenando los conflictos a permanecer abiertos», dijo el presidente del Gobierno tras asistir a la retirada (con grúa) de la puerta principal de la Verja. «Los conflictos no están para ser administrados sino para ser resueltos», añadió. Sin pronunciar la palabra soberanía, Sánchez da la disputa por superada y se concentra en las condiciones negociadas. Con un discurso que se remontó a 2.000 años atrás e incluyó referencias a las mitológicas columnas de Hércules (símbolo de las dos orillas del Estrecho), animó a dejar de mirar al pasado para trabajar en «un futuro de prosperidad compartida», que es el sintagma balsámico con el que se defiende un tratado que tiene aún muchos flecos pendientes aunque avanza en la libertad de circulación para personas y mercancías, la gestión compartida del aeropuerto, la participación de la Policía Nacional en el control de los visados para los viajeros que llegan a través del aeropuerto y en los cruceros turísticos, además ofrecer una serie de garantías para los 15.000 trabajadores que cada día cruzan la Verja para trabajar en el Peñón, un 70% de ellos de nacionalidad española, y que constituyen «la mitad de la fuerza laboral» de Gibraltar.
Juan Franco, alcalde de La Línea (el municipio gaditano que linda con Gibraltar) lo tiene claro: «Un Brexit sin acuerdo para Gibraltar, sería una tragedia para el pueblo. Al fin, hemos pasado de pantalla. Ahora habrá que gestionar el día después». De momento, la vivienda se ha encarecido en un año un 20%. El vecino ‘rico’ de Gibraltar tiene ahora más incentivos para comprar una segunda residencia en suelo español.
Entre las incógnitas no resueltas está la de saber quiénes van a integrar la comisión de seguimiento del acuerdo firmado entre la UE y el Reino Unido, después de que las autoridades de la comarca, incluso las de la Junta de Andalucía, fueran ignoradas en el proceso, pese a que el gobierno de Gibraltar sí se ha sentado en la mesa de negociación.
«Nos hemos acostumbrado a que sean un lituano o un belga los que resuelvan asuntos que les quedan muy lejos», apuntaba con reservas el presidente de la Cámara de Comercio del Campo de Gibraltar, Carlos Fenoy, que considera que el tratado puede ser un punto de partida, siempre que no se olviden las reivindicaciones históricas de la comarca, entre ellas, una declaración de «zona económica especial» como las que existen en el sur de Italia o algunas regiones de Polonia. «A nuestras empresas nos obligan a competir con una mano atada a la espalda frente a tres regímenes fiscales más ventajosos, que son los de Ceuta, Marruecos y Gibraltar». «Nos hablan de prosperidad compartida, pero bastaría con que se nos garantice la prosperidad que se nos ha negado por razones históricas», añade.
Al acto estaban invitados todos los alcaldes del Campo de Gibraltar, la Mancomunidad, los agentes sociales, el embajador de Reino Unido en España y la ex vicepresidenta María Jesús Montero, hoy líder de la oposición en Andalucía. Sánchez agradeció su trabajo en la elaboración del capítulo fiscal del Tratado.
El Gobierno andaluz estaba representado exclusivamente por su delegada en Cádiz. La frialdad con la que el ejecutivo de Juanma Moreno ha acogido este momento «histórico» tiene que ver con el contundente rechazo del Partido Popular y de Vox al Tratado firmado en la UE. Fuentes del PP consideran al respecto que «se ha dilapidado la posición de ventaja negociadora que tenía España con el Brexit en relación a la soberanía de Gibraltar. No cabe prosperidad compartida sin una equiparación fiscal real». Vox habló directamente de «traición a España».
Los habitantes de Gibraltar asistieron a mediodía a la retirada de la Verja con bastante indiferencia. Curiosamente, el acto más multitudinario y festivo fue el que montaron la noche anterior Fabian Picardo (ministro principal de Gibraltar) y el alcalde de La Línea, que coincidió con la celebración de la victoria de España ante Francia en el Mundial. Las banderas que habían ondeado para animar a la selección flamearon también después junto a la Verja en una expresión de júbilo entre patriótico y futbolero.
Paradójicamente, la primera mañana de puertas abiertas registró largas colas de coches, provocadas por el dispositivo de seguridad desplegado durante la visita del presidente. Darren Cerisola, nacido en la Roca y portavoz del Grupo Transfronterizo, sabe que también la gente del Peñón tiene sus reservas al respecto de la apertura total: «Gibraltar ha sido siempre una burbuja de seguridad. Es lógica cierta ansiedad. Pero la historia nos enseña que la división y el conflicto no producen nada bueno».
Aunque el acuerdo ha sido bien recibido en términos generales a los dos lados de la Verja, hay cierto temor a que la homogeneización del entorno acabe con el encanto del contraste que siempre ha supuesto para los españoles viajar a Gibraltar.
Perder ese carácter de isla cultural y sociológica en medio de una comarca (la del Campo de Gibraltar) de rasgos identitarios tan señalados puede acabar por restar atractivo a la Roca y generar una suerte de nostalgia de la Gibraltar aislada. Por contra, la población de Gibraltar vive tan fuertemente ‘britanizada’, a pesar su perfecto bilingüismo, que resulta harto improbable que quiera renunciar a sus señas.
La Verja no ha sido sólo una barrera de seguridad fronteriza sino también una herramienta de presión cuando las relaciones diplomáticas entre el Reino Unido y España se tensaban por alguna razón.
De hecho, fue el dictador Francisco Franco el que decidió aislar el Peñón. El Tratado de Utrecht (1715) no decía nada de instalar vallas cuando dejó en manos de la corona británica el Peñón. Pero el Régimen reaccionó cerrando la verja (1969) después de que los llanitos votaran (también de forma masiva) a favor de seguir perteneciendo al Reino Unido. Unos 12.000 residentes apostaron por continuar siendo súbditos de Isabel II frente a sólo 44 votos a favor de integrarse en la España de Franco. Las autoridades del Peñón llegaron a pensar incluso en traer hasta Gibraltar a estibadores de Liverpool para sustituir a los más de 6.000 linenses que trabajaban ya en el aquí. No hizo falta.
Tras la llegada de la democracia, fue Felipe González el que reabrió por primera vez la verja en 1982 para los peatones y en 1985 para vehículos y mercancías. En todo este tiempo, las relaciones entre ambos países han pilotado entre el conflicto diplomático por la soberanía y la cooperación en mayor o menor medida, con sucesivos episodios de tensión, como cuando el entonces Príncipe Carlos y Diana de Gales decidieron pasar su luna de miel en Gibraltar, lo que se interpretó como una provocación que llevó a los Reyes de España a rechazar la invitación a la boda real en 1981. O cuando Gibraltar dio cobijo al submarino nuclear Tireless que había sufrido una avería y estuvo casi un año en el puerto en reparación, entre los años 2000 y 2001, originando una serie de protestas de movimientos ecologistas y políticos por miedo a una fuga radiactiva.
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