Vuelve la Liga, vuelve el menú del día

Aficionados del Athletic de Bilbao en San Mamés durante un partido de liga del 2005.

Comienza la Liga y lo hace de manera intermitente, como si le diera pereza, como si la competición fuera uno de tantos que regresamos a la oficina tras el verano, encendemos el ordenador y enfrentamos las tareas rutinarias con movimientos lentos y hastiados. Comienza la Liga, sí, aunque continúa a la vez la pretemporada, como si con el cambio climático también las estaciones futbolísticas se estuvieran volviendo locas y uno ya no pudiera saber muy bien si es verano o invierno o primavera, o todo a la vez. Comienza la Liga, decimos, el Mundial parece algo ya lejano, acaso un recuerdo de juventud, y a uno le entran ganas de citar a Nietzsche y a Mufasa, que si el eterno retorno de lo mismo, que si el ciclo de la vida y todas esas cosas. Vuelve, pues, la vida tal y como la conocíamos antes de la segunda estrella. Juanma Lillo dijo que la liga es el bistec y la copa las patatas fritas. Yo digo que todo ello, junto, es el menú del día.

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 El Mundial parece algo ya lejano, acaso un recuerdo de juventud, y vuelve la vida tal y como la conocíamos antes de la segunda estrella  

Comienza la Liga y lo hace de manera intermitente, como si le diera pereza, como si la competición fuera uno de tantos que regresamos a la oficina tras el verano, encendemos el ordenador y enfrentamos las tareas rutinarias con movimientos lentos y hastiados. Comienza la Liga, sí, aunque continúa a la vez la pretemporada, como si con el cambio climático también las estaciones futbolísticas se estuvieran volviendo locas y uno ya no pudiera saber muy bien si es verano o invierno o primavera, o todo a la vez. Comienza la Liga, decimos, el Mundial parece algo ya lejano, acaso un recuerdo de juventud, y a uno le entran ganas de citar a Nietzsche y a Mufasa, que si el eterno retorno de lo mismo, que si el ciclo de la vida y todas esas cosas. Vuelve, pues, la vida tal y como la conocíamos antes de la segunda estrella. Juanma Lillo dijo que la liga es el bistec y la copa las patatas fritas. Yo digo que todo ello, junto, es el menú del día.

Esta semana descubrí, en una conversación con Alejandro Fernández-Aldasoro, futbolero irredento y uno de los escritores más talentosos que conozco, que cuando éramos niños, a mediados de los años ochenta, compartíamos grada en San Mamés. Ambos éramos entonces socios de la Preferencia Lateral del viejo estadio, aquella parte del paraíso con bancos corridos y almohadillas alquiladas. Evocamos momentos allí vividos por ambos: el olor a puro y hierba húmeda, los suplentes calentando bajo la lluvia y los comentarios a veces hirientes de los hinchas, y también la fauna humana que nos rodeaba en aquel lugar. Él nombró a un tipo que apuraba los vasos ajenos que encontraba entre las localidades (si te pillaba de espaldas, lo mismo te quedabas sin Coca-Cola) y también al célebre El Txapela, con su desproporcionada boina. Yo recordé a uno que vuelve a mi memoria con recurrencia, un señor con discapacidad intelectual al que alguien (¿su padre? ¿un hermano?) dejaba en la puerta antes de cada partido y recogía al final. Durante los noventa minutos, él se dedicaba a recorrer la grada de un lado a otro con una bandera rojiblanca al hombro, una y otra vez, mascullando tenso quién sabe qué, sin mirar más que de reojo hacia el césped, y eso solo cuando el público reaccionaba a una jugada imposible, una tarjeta roja o un gol. ¿Por qué no atendía al juego? Aquello me intrigaba.

Creo que si lo recuerdo tanto es porque de niño vi en él la clave de por qué estaba yo también unido irremediablemente a esa grada en la que convivíamos. Observándolo partido a partido, sobre todo en los días grises, en los cero a cero embarrados en los que no sucedía nada, acaso entendí (como comprendemos de niños, de una manera física, no con palabras) que el balón no era sino la excusa que nos congregaba, que lo fundamental era sentirse parte de ese todo de rostros, voces, sonidos y emociones de cada domingo, ser tribu.

En Inglaterra se suele decir que el fútbol es la ópera del pueblo. Pero quizá la frase se nos ha quedado anticuada. El fútbol de élite se parece hoy más a uno de esos restaurantes elitistas que ofrecen experiencias gastronómicas; uno de esos lugares en los que estás para ser visto y en los que certificar, redes sociales mediante, tu presencia. El hipercapitalismo reclama en esos mismos términos la grada para los suyos: ricos e influencers. Fans (que no hinchas) que se dividen en dos: los que pagan mucho y los que provocan en otros la necesidad de hacerlo.

Para los hinchas (que no fans), los sufrientes, los vulgares, sin embargo, el fútbol es el menú del día. A veces nos damos un capricho y pedimos marisco o repetimos postre: una victoria contra pronóstico, una tarde de goles que será recordada siempre, aquella final. Pero el hincha sea hace en la rutina, ahí donde lo importante no es qué comemos, sino el hecho de comer. Ocupar nuestro sitio en la mesa, levantar la mirada, dar las buenas tardes, reconocer a quienes se sientan a nuestro lado y después, si eso, mirar al plato.

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