Bienvenidos a la plastisfera, el reino de los microbios del plástico: “Es un nuevo ecosistema en el planeta”

Un trozo de plástico junto a una estrella de mar en el fondo marino.

La vida pudo llegar a la Tierra desde el espacio exterior. Según la hipótesis de la panspermia, los primeros microorganismos habrían viajado a bordo de fragmentos de asteroides o cometas. Esos pioneros habrían preparado el terreno para que, poco a poco, las condiciones de nuestro planeta se hiciesen tan aptas para la vida como lo son hoy. En la actualidad, no hay rincón en nuestro hogar al que los seres vivos no se hayan adaptado.

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 La propia naturaleza de ese material, que repele el agua, facilita que los microorganismos se sientan cómodos en él y formen comunidades  

La vida pudo llegar a la Tierra desde el espacio exterior. Según la hipótesis de la panspermia, los primeros microorganismos habrían viajado a bordo de fragmentos de asteroides o cometas. Esos pioneros habrían preparado el terreno para que, poco a poco, las condiciones de nuestro planeta se hiciesen tan aptas para la vida como lo son hoy. En la actualidad, no hay rincón en nuestro hogar al que los seres vivos no se hayan adaptado.

Incluso al plástico. Desde hace décadas, y delante de nuestros ojos, se está colonizando y moldeando este nuevo sustrato. Como si se tratase de un nuevo planeta que invadir, la vida sigue la hoja de ruta que siempre le ha funcionado: llegan los pioneros, empiezan a modificar el terreno, lo vuelven cada vez más agradable, y poco a poco se van mudando el resto de vecinos. Con el tiempo, casi todo ser microscópico se deja caer por la fiesta (e incluso alguno macroscópico). En la entrada, un cartel: Bienvenidos a la plastisfera.

El origen de la plastisfera

“Durante décadas supimos que los seres vivos podían establecerse en el plástico, pero no fue hasta que tuvimos los medios necesarios para analizar las muestras a nivel molecular que descubrimos la inmensa diversidad de microorganismos que llegan a vivir en él”. Si el término plastisfera tuviese una madre, sería la microbióloga Linda Amaral-Zettler. Junto a su marido Erik Zettler y Tracy J. Mincer, publicó en 2013 el primer artículo científico en el que se bautizaba este nuevo ecosistema plástico.

El concepto de plastisfera engloba a todos los seres vivos que viven en el plástico y las relaciones que establecen entre sí y con el propio sustrato. Estas nuevas comunidades se han descrito, sobre todo, en ambientes acuáticos (aunque también existen en tierra firme) y en microplásticos, pequeños fragmentos de este material inferiores a cinco milímetros de diámetro (aunque aparecen en plásticos de todos los tamaños).

La propia naturaleza de los materiales plásticos, que repelen el agua, facilita que los microorganismos se sientan cómodos en él y que formen biofilms (comunidades microbianas organizadas). Una vez que esa película de vida está creada, es más fácil para el resto de organismos acomodarse en el plástico. “Los microbios capaces de generar biofilms son los pioneros, pero la variedad de organismos que se establecen después en el plástico es asombrosa. A día de hoy es imposible conocer todas las especies”, añade Amaral-Zettler.

La historia de esta investigadora con la relación de la vida y los plásticos empezó en 2004, cuando se involucró en un proyecto internacional para elaborar un censo de vida marina microscópica. Durante su investigación, encontraba microplásticos constantemente. Sin embargo, la historia de Amaral-Zettler que mejor ilustra qué es la plastisfera sucedió mucho más tarde y tiene que ver con una boya que flotaba en medio del Atlántico sur. Esta baliza había sido liberada también en 2004 por unos investigadores argentinos para medir las corrientes marinas y, una vez terminada su vida útil, a los pocos meses, se había quedado a la deriva.

Al estar fabricada con un polímero plástico muy resistente (acrilonitrilo butadieno estireno o ABS), la boya estaba en perfectas condiciones cuando Amaral-Zettler y Doug Wilson, investigadores del Royal Netherlands Institute for Sea Research, se la encontraron en enero de 2019. El número de identificación, 39257, podía leerse con claridad, lo que les permitió conocer el origen y la trayectoria de la baliza. Y los instrumentos de su laboratorio en los Países Bajos les abrieron la puerta a la inmensa variedad de seres vivos que vivía en la boya.

“Son auténticos autostopistas del plástico”, añade Amaral-Zettler. Y es precisamente en esa capacidad de dispersión que, gracias al plástico, logran los microorganismos (que de forma natural tienen poca capacidad de moverse) donde residen los riesgos de la plastisfera.

Cada año, entre los meses de enero y marzo, centenares de científicos se dan cita en la Antártida. Aprovechan los meses del verano austral para investigar el continente helado de todas las formas posibles. Desde hace unos años, el plástico y la plastisfera ocupan un lugar cada vez más importante en esas expediciones. Porque allí, a miles de kilómetros de la ciudad más cercana, entre pingüinos y ballenas, también hay muchos residuos humanos.

“Las investigaciones apuntan a que la mayoría de los plásticos que encontramos aquí vienen de las actividades que se dan en la Antártida a nivel local, como la vida en las bases de investigación científica y el turismo”, explica Pere Monràs i Riera, quien participó en la expedición polar española en 2023 y en 2024 para estudiar la plastisfera. “Y esos plásticos también están siendo colonizados por las comunidades de microorganismos de la Antártida”.

Por ahora, entre las muestras de plastisfera analizadas en la Antártida no ha aparecido ninguna bacteria patógena, ni para humanos ni para animales, si bien cualquier proliferación de bacterias tiene potencial para alterar la biología y la química de su entorno.

Sin embargo, la historia es muy distinta si nos acercamos a la civilización humana. Un estudio de la plastisfera en aguas del área metropolitana de Barcelona, publicado en 2023, concluyó que entre las comunidades microbianas que viven en el plástico abundan las bacterias patógenas y los genes de resistencia a los antibióticos. En particular, señaló que las bacterias fecales del género Vibrio (algunas peligrosas para el ser humano) son capaces de colonizar los biofilms de los microplásticos y luego viajar con ellos hasta zonas no contaminadas.

Cruzando el Atlántico, en la Ciénaga Grande de Santa Marta, una inmensa laguna costera en el Caribe colombiano, otro estudio impulsado por el Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras de Colombia (INVEMAR) y la Universidad de Barcelona identificó 1.760 géneros de bacterias en los microplásticos recogidos en las aguas, en los sedimentos y en los peces de la laguna. Esto puede representar un riesgo directo para la salud humana, pero también multiplica el riesgo de propagación de enfermedades a las especies acuáticas, muchas de ellas de consumo, y puede alterar los equilibrios microscópicos de los ecosistemas.

“La plastisfera es un nuevo bioma, un nuevo ecosistema en el planeta, un nuevo nicho a explotar por la vida”, concluye Monràs i Riera. “Y solo estamos empezando a entender qué implicaciones tiene”. Mientras tanto, la colonización del plástico, como si fuese la conquista de un lejano planeta, sigue su curso.

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