Buscando sirenas en Nápoles

De entre los muchos lugares relacionados con las sirenas en que he estado —Copenhague, Varsovia, San Agustín (Florida) o Formentera—, Nápoles ocupa un lugar especial. Me encanta pasear por la ciudad y, en un itinerario sirénico, mientras disfruto una porción de pastiera, ir encontrándolas por todas partes, ya sea en su forma más antigua de mujeres pájaro o en la más conocida con cola de pez. De las primeras, mi favorita es la tan famosa de la Fuente de Spinacorona (popularmente “Fontana delle Zizze”, de los pechos, en dialecto napolitano) en la que la joven sirena ornitomorfa está apretándose los pequeños senos desnudos de los que brotan dos chorros de agua destinados a apagar los fuegos de una erupción del Vesubio, para proteger la ciudad. Entre las segundas, me gustan mucho las dos pequeñitas bicaudatas (de cola doble) del grupo escultórico del frontón del teatro San Carlo, y la tan jovial de la Fuente de la Sirena de la plaza Sannazaro. Siempre encuentras, además, representaciones modernas en forma de pinturas callejeras y grafitis, y otras sirenas donde menos te lo esperas.

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La sirena de la fuente de Spinacorona, en Nápoles.La Sirena di Bosoletti en el Museo Nacional de Nápoles.Dibujos de sirenas hechos por visitantes, en el MANN.La sirena bajo la pileta de Pompeya, en el MANN.Dibujo de sirena en el MANN. Un paseo por la ciudad y su museo arqueológico en pos de las míticas criaturas híbridas y bajo el influjo de la fundacional Parténope  

De entre los muchos lugares relacionados con las sirenas en que he estado —Copenhague, Varsovia, San Agustín (Florida) o Formentera—, Nápoles ocupa un lugar especial. Me encanta pasear por la ciudad y, en un itinerario sirénico, mientras disfruto una porción de pastiera, ir encontrándolas por todas partes, ya sea en su forma más antigua de mujeres pájaro o en la más conocida con cola de pez. De las primeras, mi favorita es la tan famosa de la Fuente de Spinacorona (popularmente “Fontana delle Zizze”, de los pechos, en dialecto napolitano) en la que la joven sirena ornitomorfa está apretándose los pequeños senos desnudos de los que brotan dos chorros de agua destinados a apagar los fuegos de una erupción del Vesubio, para proteger la ciudad. Entre las segundas, me gustan mucho las dos pequeñitas bicaudatas (de cola doble) del grupo escultórico del frontón del teatro San Carlo, y la tan jovial de la Fuente de la Sirena de la plaza Sannazaro. Siempre encuentras, además, representaciones modernas en forma de pinturas callejeras y grafitis, y otras sirenas donde menos te lo esperas.

Nápoles, es sabido, está bajo la advocación de la sirena Parténope cuyo cuerpo, según la tradición, arrastraron hasta la costa las olas tras suicidarse la criatura después del frustrante (para ella) encuentro con Ulises. Parténope (“Voz de doncella”) y sus hermanas Ligeia y Leucosia (en la Odisea las sirenas son solo dos y Homero no menciona sus nombres) se mataron las tres arrojándose al mar, un salto que se conoce como katapontismós. El punto en que apareció el cadáver de la primera y fue enterrada, el islote de Megaride, donde hoy se encuentra el Castel dell’Ovo, se considera, junto con la extensión a la colina vecina de Pizzofalcone, el lugar de la primera fundación de Nápoles, la colonia griega que recibió el nombre de la sirena, Parténope, y de ahí que a los napolitanos se les conozca todavía como partenopeos.

En la antigüedad se enseñaba la tumba de la sirena y se le rendía culto con rituales como la lampadedromia neapolitana, una carrera de relevos con antorchas que se sigue recreando hoy en día. La tarta pastiera proviene también de las ofrendas paganas a la sirena. No me resisto a recordar la historia —que mencionan Curzio Malaparte en La piel y Norman Lewis en Nápoles 1944— de que al liberar la ciudad los Aliados, al comandante estadounidense le sirvieron para su estupefacción “sirena con mayonesa” en un banquete (en realidad, una cría de manatí, el raro mamífero acuático, procedente del saqueado Acuario de la ciudad). Malaparte escribe que el animal cocinado y presentado en un lecho de lechuga y contorno de coral con los ojos abiertos parecía una jovencita, una “bambina nuda”, con “i piccoli seni virginei”. En su reciente y buenísimo Naples 1944, war, liberation and chaos (William Collins, 2024), el historiador Keith Lowe pone en duda todo el sabroso episodio, pero ahí queda.

Muchos napolitanos, orgullosos de su mito fundacional, se niegan a creer que la sirena Parténope muriera (igual que creen en la inmortalidad de Maradona) y la consideran una especie de patrona de la ciudad —transformada de peligrosa seductora a protectora—, en pie de igualdad con san Genaro e identificada con santa Patrizia. Al respecto, la gran Matilde Serao (1856-1927), novelista y periodista nominada en seis ocasiones para el Nobel, señaló con elocuente entusiasmo, cuyo eco llega hasta la reciente película de Paolo Sorrentino (Parthenope, 2024): “Partenope no ha muerto. Vive, espléndida, joven y bella después de cinco mil años. Corre todavía por las colinas, vaga errante por las playas, se asoma al volcán, se pierde en los valles. Es ella la que vuelve nuestra ciudad ebria de luces y loca de colores, ella la que hace brillar las estrellas en las noches serenas, la que convierte en irresistible el perfume del naranjo y hace fosforecer el mar”. Menos poético, el grito “¡Forza, Partenope!” se aplica al fútbol.

Viajé pues a Nápoles (la frase me sugiere los versos del Tenorio, y más en estas fechas, aunque yo no maté ni seduje, creo, a nadie), dispuesto a darme el habitual baño de sirenas. En realidad, la cita era con un sireno muy particular, Arturo Pérez-Reverte, que presentaba en la ciudad su nueva novela La hipótesis más peligrosa (Alfaguara), en la que, aunque es de temática marinera e incluso odiseica, y hay una referencia explícita al episodio de las sirenas cuando los protagonistas llegan al estrecho de Messina, finamente las únicas que salen son tres navegantes noruegas con ganas de regata. Durante un paseo —con el escritor, no, ay, con las vikingas— le pregunté por el tema de las sirenas y me dijo que en realidad no le interesan mucho. “No tienen sexo”, zanjó encogiéndose de hombros (utilizó una palabra más directa, una que la RAE, o sea él, considera malsonante). Argumenté que no está mal lo explícitas en ese sentido que pueden ser las sirenas y le recordé la tan perturbadora de El faro, de Robert Eggers, que interpreta Valeriia Karaman en un registro muy distinto al de Daryl Hannah en Splash y para cuyo aspecto más íntimo el director se basó en los genitales de las hembras de tiburón, que ya es referencia. El escritor apretó el paso para ir a hablar con otros periodistas.

Como me sobraba bastante tiempo (llegué un día antes), me fui al Museo Arqueológico Nacional de Nápoles (MANN), donde siempre descubres nuevas (antiguas) maravillas, escuchando en Spotify el Aria di 2 sirene del Rinaldo de Haendel. Cuál no fue mi sorpresa al encontrarme con los restos de Parténope, como si se hubiera ahogado ahí mismo. El museo había acogido hasta el 21 de septiembre una gran exposición titulada Parthenope. La sirena e la città consagrada a mostrar, a través de numerosos objetos arqueológicos, de la colección propia y de préstamos de los más importantes museos, los profundos lazos entre mito, historia y territorio, siempre con la sirena y sus metamorfosis como hilo conductor. Se me puso un poco cara de tonto al ver que —una vez más— llegaba tarde a algo interesante (¡una exposición de sirenas!), pero traté de consolarme con el fenomenal catálogo de 350 páginas editado por Allemandi y lo que aún se podía ver de la muestra: fundamentalmente el espectacular dibujo a carboncillo sobre una tela de 8 metros de alto por 6 de largo de una sirena realizado por el artista argentino Francisco Bosoletti en el gran atrio del MANN, y una selección de recreaciones de sirenas de todo tipo a cargo de niños, estudiantes, jóvenes artistas y visitantes en general entre las que había algunas realmente impactantes y conmovedoras.

El dibujo de Bosoletti, que ya hizo anteriormente dos grandes pinturas de la misma Parténope en paredes medianeras en Nápoles, representa de manera muy realista a una voluptuosa sirena desnuda cabeza abajo, en su caída fatal, abierta de piernas —si es que eso puede decirse de una sirena— y mostrando una hendidura que sorprendería no ya a Eggers sino a Matt Hooper, el biólogo especialista en escualos que encarna Richard Dreyffus en Tiburón. La visión de la Sirena di Bosoletti, presentada como “umbral” y “advertencia”, es impactante y compensa, en parte, que te encuentres cerrado el Gabinetto Segreto —donde se exhibe el arte erótico romano excavado en Pompeya, Herculano y Stabia—.

Se me ocurrió entonces que podía continuar en las salas del museo mi caza (o pesca) callejera de sirenas napolitanas, una buena manera de aumentar el interés y la excitación de la visita. Dicho y hecho, me lancé escaleras arriba por la gran escalinata doble del MANN diseñada por el notable arquitecto del XVIII Pompeo Schiantarelli y presidida por la extravagante estatua de Fernando I de Borbón travestido de Minerva, por Canova.

Al cabo de dos horas de recorrido por las extensas salas del museo regresé al punto de partida en el atrio con los ojos llenos de obras fenomenales —los dos jóvenes corredores de la villa de los papiros de Herculano, los cascos de los gladiadores de Pompeya, el retrato pintado de Safo— pero sin haber visto ni una sola sirena. Arpías, amazonas, musas, gorgonas, serpientes sí pero cero sirenas. Tomé aliento y me dije que no era posible, que tenía que haber sirenas en el museo. ¡Estábamos en Nápoles! Así que enfilé de nuevo la escalinata (ese rompepiernas) y volví a hacer todo el recorrido fijándome más. Nada, ni una. Y mira que estudié a fondo cada pintura pompeyana a ver si había alguna pequeñita en algún rincón o al fondo de la escena.

Amplié la búsqueda a la colección Farnese, deteniéndome lo justo ante el rotundo trasero de la Venus calepigia, de la que una vez me habló con tanto entusiasmo Roberto Calasso, y hasta bajé a la sección egipcia donde encontré una estupenda momia de cocodrilo con crías (pero si estás a sirenas estás a sirenas, me recordé). Nada de nada. Resolví que algunas de las representaciones que guarda el museo, como la famosa pintura de Ulises y las sirenas debían estar en restauración tras la exposición, en proceso de reinstalación o en otra sala cerrada.

Desanimado y deprimido (es duro que a uno no lo quieran ni las sirenas), y ya en la tercera vuelta por el museo y con calambres, me derrumbé en un extremo del inmenso Salone della Meridiana junto a una gran pileta de mármol rojo (rosso laconico), un labrum cotidiano, procedente de Pompeya. Y entonces la vi: ¡una sirena! Servía de pie de la palangana enroscada con la cola en una columna. Me miraba entre desafiante y curiosa mientras parecía cimbrearse y adelantaba hacia mí su vientre y sus pechos desnudos.

La sirena, alcancé a leer en una cartela (que registraba el objeto con el número de inventario 6862), había sido añadida en el primer decenio del siglo XIX a la pileta pompeyana al entrar ésta a formar parte de la colección de antigüedades de la que quiso rodearse en sus apartamentos en el Palazzo Reale la reina de Nápoles Carolina Murat. Carolina Bonaparte se convirtió en 1808 en reina consorte al colocar en el trono de Nápoles su hermano Napoleón a su marido el patilludo, marcapaquete y excesivo mariscal Joaquín Murat, que ya demostró su sutileza el 2 de mayo en Madrid.

Carolina, a la que le gustaba identificarse con Parténope por su interés hacia la antigüedad (llegaron a llamarla “regina di Pompei”) y como forma de legitimación napolitana —se la ve así en monedas, medallas y retratos—, salió por piernas tras la derrota final de Napoleón y el fusilamiento de Murat y obviamente no se llevó la sirena. La criatura seguía ahí mirándome fijamente. En sus rasgos, que incluían dos aletas como alitas en la espalda, se mezclaban la sirena pájaro y la sirena pez, con algo de Escila (la cola serpentiforme) y la corona, alusión a la soberanía mítica de Parténope. Sentí un deseo irresistible de acariciarla. El mármol era extrañamente cálido. Pareció sonreírme y pensar “este no se me escapa”.

Y juraría que se puso a cantar. Occhi di ragazza/ Quanti cieli, quanti mari che m’aspettano/ Occhi di ragazza/… / Sono già negli occhi tuoi. (Ojos de jovencita / Tantos cielos, tantos mares esperándome / Ojos de jovencita /… / Ya están en tus ojos).

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