Se llamaba José Luis García Sánchez. El nombre suena a prosaico. Su personalidad y su talento eran únicos. Para mí y para los que le quisimos, mogollón de gente, fue simplemente Pepe. Sonreía, reía, caricaturizaba con ademán de diablo alegre. También era alguien capaz de provocar la carcajada incluso en personas de gesto fúnebre. Y podía defender o inventarse una teoría, la más lúcida, sobre las personas y el estado de las cosas y al minuto siguiente, cuando ya te había convencido con su elocuencia plagada de gracia, demostrarte todo lo contario de lo que había expuesto antes. Y te convencía de las cosas. Era biológica y vocacionalmente ácrata, aunque militara en algo tan disciplinado como el Partido Comunista e intentaba convencerte de que el gran cine debería cumplir siempre una función social. Nos llamaba diletantes a Fernando Trueba y a mí, pero estaba convencido de que ya creceríamos. Fernando realizó películas excelentes. Yo no sé muy bien a qué he dedicado mi vida. Pero Pepe siempre estuvo ahí, a mi lado. Haciéndome reír con su infinita capacidad para el sarcasmo, la fiesta y la alegría, salvándome de más de un naufragio, ayudándome con su comportamiento vital a superar momentáneamente las tinieblas.
Se llamaba José Luis García Sánchez. El nombre suena a prosaico. Su personalidad y su talento eran únicos
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado
Se llamaba José Luis García Sánchez. El nombre suena a prosaico. Su personalidad y su talento eran únicos
El audio de esta noticia utiliza una voz sintética generada por Inteligencia Artificial y podría tener algunas inconsistencias.


Se llamaba José Luis García Sánchez. El nombre suena a prosaico. Su personalidad y su talento eran únicos. Para mí y para los que le quisimos, mogollón de gente, fue simplemente Pepe. Sonreía, reía, caricaturizaba con ademán de diablo alegre. También era alguien capaz de provocar la carcajada incluso en personas de gesto fúnebre. Y podía defender o inventarse una teoría, la más lúcida, sobre las personas y el estado de las cosas y al minuto siguiente, cuando ya te había convencido con su elocuencia plagada de gracia, demostrarte todo lo contario de lo que había expuesto antes. Y te convencía de las cosas. Era biológica y vocacionalmente ácrata, aunque militara en algo tan disciplinado como el Partido Comunista e intentaba convencerte de que el gran cine debería cumplir siempre una función social. Nos llamaba diletantes a Fernando Trueba y a mí, pero estaba convencido de que ya creceríamos. Fernando realizó películas excelentes. Yo no sé muy bien a qué he dedicado mi vida. Pero Pepe siempre estuvo ahí, a mi lado. Haciéndome reír con su infinita capacidad para el sarcasmo, la fiesta y la alegría, salvándome de más de un naufragio, ayudándome con su comportamiento vital a superar momentáneamente las tinieblas.
Nunca he conocido a alguien con una mente tan ágil y brillante, con un sentido del humor tan desarmante, procaz y divertido. También era un hombre profundamente bueno y generoso, aunque él se esforzara por no hacerlo público. Hizo un montón de películas, tuvo éxitos y fracasos. Algunas me gustan mucho como El vuelo de la paloma y Las truchas. Otras menos. Durante mucho tiempo al final de su carrera trabajó con Rafael Azcona. Su relación era tan admirativa como entrañable. Compaginaban los guiones con la fiesta que les suponía estar juntos. También de partirse de risa con casi todo lo humano (ninguno creía en lo divino), de ganarse la vida gozando de una complicidad impagable.
Él y su entrañable familia me dieron techo y compañía cuando mi estado era ruinoso. Era difícil que Pepe me diera la razón en la mayoría de mis certidumbres. Pero siempre me sentía feliz con él y me regalaba toneladas de risas. Qué suerte la mía al haber sido amigo de un ser tan inteligente, complejo, lúdico y gracioso. Yo tuve que limitarme a quererle. Me puedo imaginar su risotada si hubiera leído este réquiem tan llorón. Pero se lo debo a quien me despojó del desconsuelo, de la tentación de arrojar definitivamente la toalla. Igualmente intentó que yo escribiera cuentos para niños cuando una empresa censora me dejó en el paro. Sabía dar calor a los náufragos más variados. Aseguran que la depresión a veces hasta te congela el llanto. No es cierto. Yo lo estoy haciendo. También gozando de ataques de risa al recordar las esencias de Pepe. Y eso no tiene precio.
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos
Archivado En
Televisión en EL PAÍS
