Odisea del Atlántico, se llama el crucero. Y lo fue. El pasado 1 de abril, 114 viajeros y 61 tripulantes embarcaron en Ushuaia (Argentina) para realizar un crucero de aventuras con la naviera Oceanwide: les esperaban seis semanas visitando algunas de las islas más remotas del mundo, viendo albatros, pingüinos y petreles y observando las estrellas del Atlántico Sur. Sin embargo, 33 días después de zarpar, el barco MV Hondius fondeaba frente a las costas de Cabo Verde después de que tres pasajeros murieran por un virus letal y decenas de personas pudieran estar infectadas sin saberlo, dispersas por el mundo. Todo un planeta está en shock porque es imposible no revivir la crisis del coronavirus, aunque, afortunadamente para todos, esta crisis se parece poco a la anterior. Esta es la reconstrucción de lo que ha pasado dentro del barco en estos 40 días.
EL PAÍS reconstruye con testimonios desde el barco cómo se ha vivido el brote del virus en un crucero de aventuras: “Vemos a los reporteros haciendo fotos al barco”
Odisea del Atlántico,se llama el crucero. Y lo fue. El pasado 1 de abril, 114 viajeros y 61 tripulantes embarcaron en Ushuaia (Argentina) para realizar un crucero de aventuras con la naviera Oceanwide: les esperaban seis semanas visitando algunas de las islas más remotas del mundo, viendo albatros, pingüinos y petreles y observando las estrellas del Atlántico Sur. Sin embargo, 33 días después de zarpar, el barco MV Hondius fondeaba frente a las costas de Cabo Verde después de que tres pasajeros murieran por un virus letal y decenas de personas pudieran estar infectadas sin saberlo, dispersas por el mundo. Todo un planeta está en shock porque es imposible no revivir la crisis del coronavirus, aunque, afortunadamente para todos, esta crisis se parece poco a la anterior. Esta es la reconstrucción de lo que ha pasado dentro del barco en estos 40 días.
El MV Hondius no es un crucero de piscina y casino. Oceanwide Expeditions, la naviera holandesa propietaria, lo define como un buque de expedición polar. Tiene una cubierta abierta de observación, sala de conferencias para charlas científicas en varios idiomas y una política de “puente abierto” que permite a los pasajeros asomarse al timón. Es un barco para aventureros con ahorros: los viajeros de este crucero, que iba de Ushuaia a Cabo Verde pasando por algunos de los lugares más inaccesibles del planeta, abonaron tarifas que oscilan entre los 15.000 y 24.000 euros por persona.
Los pasajeros que embarcaron el 1 de abril (según los últimos datos de la naviera, que ha cambiado las cifras varias veces durante esta crisis) procedían mayoritariamente de Gran Bretaña, Estados Unidos y España, y respondían a unos perfiles muy concretos. “Principalmente, es gente que quiere ver naturaleza en estado puro”, explica un pasajero español del buque que pide anonimato. Fotógrafos de fauna, observadores de aves, aventureros… “Esto, para la gente que tiene cierta sensibilidad con los animales, es el mejor viaje posible, te permite ver un mundo sin humanos”. Otro perfil es el coleccionista de lugares. “No países, lugares”, incide. Hay un tercer grupo, que desentonaba ligeramente con el pasaje, y bajaba la media de edad, rondando los 60 años. Eran influencers y travel bloggers que documentaban sus viajes en Instagram y TikTok: Jake Rosmarin, fotógrafo de Boston con unos 80.000 seguidores; Kasem Ibn Hattuta, vlogger árabe; y Ruhi Çenet, influencer turco y una de las principales fuentes de lo que ha pasado en el barco.
La vida cotidiana a bordo era, según todos los testimonios disponibles, la de una aventura exclusiva: conferencias sobre fauna polar, desembarcos en zodiac a playas desiertas, observación de aves, cenas en un gran comedor con vistas panorámicas… El barco atravesó el mar de Scotia con olas de hasta siete metros de altura. “Son aguas movidas, si no estás preparado para el mar, no lo pasas muy bien. Pero tiramos a base de biodraminas”, explica el pasajero. Después de cinco días de navegación, el buque llegó a su primera parada, las islas Georgias del Sur.
La enfermedad
Los primeros síntomas de que algo no iba bien fueron tímidos y no despertaron ninguna alarma. Entre el 4 y el 6 de abril —los testimonios difieren en el día exacto—, un pasajero holandés de 70 años empezó a sentirse mal. Comunicó que tenía fiebre, diarrea y dolor de cabeza. “Esta persona no bajó a Georgia del Sur, ya estaba mal”, explica el pasajero anónimo. “Estuvo en el camarote con su señora y apenas salieron de ahí. Eso sí, recibieron la visita del médico y de su ayudante”. Ese médico acabaría siendo evacuado en estado grave semanas más tarde, con hantavirus confirmado.

El 11 de abril, el holandés murió a bordo. La causa de la muerte no pudo determinarse. Su cuerpo fue trasladado por el personal médico a la cámara frigorífica del barco, donde permanecería durante dos semanas. Dejó una viuda que, a partir de ese momento, pasó casi todo el tiempo en el camarote. “La pobre mujer estaba muy mal, muy afectada, y el médico y su ayudante la estuvieron tratando”, cuenta el español.
A la mañana siguiente, el 12 de abril, el capitán cogió un micrófono para informar a los pasajeros. Ruhi Çenet, el influencer turco, intuyó que algo iba mal porque era la primera vez que el capitán participaba en un briefing: “No era habitual. Decidí grabar”. Ese vídeo se convertiría, semanas después, en uno de los documentos más importantes de la crisis. En él se escucha al capitán pronunciar la frase que resumiría toda la gestión posterior por parte de la naviera: “El médico me dice que no hay infección. El barco es seguro”. Çenet cuenta: “Cuando el hombre murió en la travesía, yo sinceramente pensaba que era por las duras condiciones del mar”. El español anónimo tampoco sospechó nada raro. “Son cosas que pasan”, dice.
El viaje continúa
La vida a bordo continuó con normalidad. Conferencias, clases de ejercicio y deporte, cenas compartidas… Hay testimonios que cuentan cómo algunos pasajeros se reunieron alrededor de la viuda del holandés para consolarla. Tuvieron contacto estrecho y prolongado con la persona que, como se sabría semanas después, estaba ya enferma de hantavirus.
Con el cuerpo del holandés en la cámara frigorífica, el MV Hondius navegó hacia Tristan da Cunha, el archipiélago habitado más remoto del planeta, a 2.787 kilómetros del continente más cercano. Los pasajeros desembarcaron con normalidad, hicieron excursiones, cenaron y bebieron cerveza con los isleños y dieron charlas en la escuela local. Y seis nuevos pasajeros se subieron al barco antes de que zarpara.
Çenet lo recuerda en sus vídeos como una de sus mayores angustias retrospectivas: “Ojalá no hubiéramos desembarcado allí tras la primera víctima, porque junto a nosotros había 100 pasajeros más interactuando con los isleños. Es la isla más remota y no tienen suficientes medios ni médicos”.
Los 30 de Santa Elena
El viaje sigue su curso sin incidentes. El cocinero del barco publicó en Instagram el menú de una cena especial en la “mesa del chef”: sopa de calabaza y jengibre, dúo de langosta y solomillo de ternera, panna cotta de zanahoria. “Yo viví todo esto con la máxima tranquilidad”, explica el pasajero español. “Comíamos juntos en el bufé. La gente se mezclaba, cada uno con su grupo. Yo no coincidí mucho con la viuda”.
El 24 de abril, el MV Hondius llegó a Santa Elena, la isla del exilio de Napoleón, en mitad del Atlántico Sur. Era la primera parada con aeropuerto desde que había zarpado de Ushuaia: desde la isla hay un vuelo semanal a Johannesburgo. Y para 30 pasajeros, era el final del viaje. Cogieron sus maletas y siguieron con sus vidas. Nadie les dijo nada. Nadie les recomendó vigilar síntomas. Se relacionaron con la población local, tal y como reconoció luego el Gobierno de Santa Elena, siguieron viajando o volvieron a sus países.
Entre los que bajan estaba la viuda holandesa. Çenet, que coincidió con ella en el vuelo a Johannesburgo, describe: “Iba en silla de ruedas… con la cabeza caída. Aparentemente, la enfermedad ya la estaba afectando”. Si su enfermedad ya era evidente y su marido acababa de fallecer, debería haber sonado alguna alarma. La empresa naviera, en su comunicado después de la crisis, diría: “El 27 de abril, Oceanwide Expeditions fue informada de que la mujer había enfermado durante el viaje de regreso y había fallecido”. Eso son tres días de diferencia entre lo que vio el influencer y lo que reconoce la empresa. Y uno respecto a la muerte de la mujer, que fue el 26 de abril. Oceanwide nunca ha explicado esa brecha.
La viuda empezó a empeorar durante el viaje. En Johannesburgo, ya embarcada en el avión que debía llevarla a Holanda, se desmayó. Fue trasladada a un hospital, donde falleció al día siguiente. En ese avión viajaban dos españolas a las que Sanidad está haciendo un seguimiento.
Mientras tanto, de vuelta a Santa Elena, el barco ha zarpado de nuevo. El capitán traslada al pasaje la muerte de la viuda. “Nos dice que le han hecho miles de pruebas y que no ha dado positivo en nada”, explica el español, que insiste en que no se preocupó demasiado entonces: “Lo asumimos con tranquilidad total. Se puede morir la gente. Como la señora estaba tan afectada, pensamos en esta idea romántica como de se murió de pena”.
No todo el mundo compartía esta calma. “Fue una verdadera conmoción”, explicó Ann Lane, una mujer irlandesa de 79 años, al periódico The Irish Times. La mujer describió la sensación de angustia y desconcierto inicial: “Simplemente no sabíamos qué pasaba. Al principio pensamos que este hombre podría haber muerto en su cabina, tal vez repentinamente. Nadie esperaba que ocurriera nada más”. Pero ocurrió.
La naviera no emite ninguna comunicación pública. Y el mundo no sabía que ese barco llevaba más de dos semanas navegando con un muerto y, presumiblemente, con un brote en gestación. Tampoco lo sabían sus pasajeros.
Los casos se acumulan
El médico y su ayudante fueron los siguientes en enfermar. “El médico estuvo atendiendo a todos día y noche, con una dedicación absoluta”, cuenta Lane. Puede que esa dedicación y esa interacción con el pasaje fueran determinantes en la propagación del virus.
Pero la atención sanitaria no queda descuidada. Entre los pasajeros viajaba el doctor Stephen Kornfeld, un oncólogo jubilado de Oregón (EE UU) que recorría el mundo observando aves. Cuando el médico del barco enfermó y fue evacuado, Kornfeld se ofreció a ayudar. “Simplemente estaba ahí para echar una mano”, ha contado a la CNN. Pero echar una mano, en mitad del Atlántico Sur con un brote sin diagnosticar, conllevaba trabajar 18 horas al día con los recursos de una enfermería de crucero. “El barco tiene un hospital, pero está pensado para un par de días”, explicó.
Kornfeld llevaba guantes y mascarilla desde el primer día que empezó a ayudar. Cuando se confirmó el hantavirus, mejoró el equipo de protección, se duchaba con frecuencia y lavaba su ropa a diario. Una vez involucrado, retirarse no era una opción: “No puedes decirle a todo el mundo ‘he terminado’ y esconderte en tu camarote. Me sentí obligado”.
Un día después, el barco navega por aguas cercanas a Ascensión, un territorio británico con una base inglesa y otra estadounidense, que no permite el turismo y que EL PAÍS visitó, casualmente, hace unas semanas. Los barcos civiles no pueden hacer puerto en esta isla por cuestiones de seguridad. Pero el capitán avisó al pasaje de que iban a hacerlo, para dejar al británico y su mujer, estadounidense. “Nosotros no teníamos ni idea de que había alguien enfermo”, explica el pasajero español. “Empezamos a sospechar que algo no iba bien en ese momento”.
Fue entonces, más de 20 días después de que la enfermedad del holandés fuera evidente, cuando el equipo médico del barco solicitó análisis para detectar posibles patógenos. Fue entonces también cuando Oceanwide activó el nivel 3 de su plan de emergencia —el máximo—, con medidas de aislamiento, protocolos de higiene y monitorización médica. Llevaban más de dos semanas con enfermos, un muerto a bordo y su viuda, fallecida tras bajar de un avión.
El británico viajó desde Ascensión hasta Johannesburgo, donde le empezaron a hacer pruebas para entender qué estaba pasando en el buque, que mientras tanto, continuaba su travesía. El 28 de abril, una mujer alemana de aproximadamente 80 años empezó a sentirse mal. Viajaba con otra mujer con quien compartía camarote. “Estaban todo el día juntas”, comenta el español. En el barco, a esas alturas, los rumores circulaban, pero la incertidumbre era total. No había diagnóstico. No había comunicación oficial de la naviera.
El 2 de mayo, los análisis realizados en Sudáfrica sobre el inglés evacuado confirmaron por primera vez la infección por hantavirus: el virus de los Andes, la única cepa conocida capaz de transmitirse de persona a persona. Ese mismo día, la mujer alemana murió en el barco, que puso rumbo a Cabo Verde. Su cadáver sigue en la nave. Y el Reino Unido, al que pertenecen los territorios de ultramar de Santa Elena, Tristan da Cunha y Ascensión, notificó a la OMS la existencia del brote.
La vida tras el virus








El 3 de mayo, el MV Hondius fondeó frente a Praia, la capital de Cabo Verde. Comunicaron su situación y solicitaron descender, pero las autoridades del archipiélago no autorizaron el desembarco. Ahí comienza la información pública, más de un mes después de que comenzara el crucero. Y fue entonces cuando los pasajeros empezaron a hablar.
Los primeros en hacerlo fueron los que tenían audiencia: los influencers. El 5 de mayo, Jake Rosmarin publicó un vídeo, grabado en su camarote, que dio la vuelta al mundo. Con la voz entrecortada, dijo: “No somos solo una historia. No somos solo titulares. Somos personas, personas con familias, con vidas, con gente esperándonos en casa. Hay mucha incertidumbre, y eso es lo más duro”.
Kasem Ibn Hattuta envió un email a NBC News con un tono muy diferente: “Todo el mundo mantiene el ánimo alto, la gente sonríe y afronta la situación con calma. He visto a varias personas caminando por las cubiertas y algunos pajareros intentando avistar aves marinas”.
El pasajero español critica la visión dramática que da Rosmarin e insiste en la tranquilidad del pasaje. “Estamos tranquilos, viendo partidos de fútbol, esperando a que juegue el PSG contra el Bayern”, comenta. Los pasajeros reciben su comida en la puerta del camarote, servida por camareros que usan guantes y mascarillas. La mayor parte del servicio son filipinos, un total de 38, la nacionalidad más representada del barco, aunque ninguno sea viajero. Hace unos días celebraron el cumpleaños de una pasajera catalana, manteniendo las distancias y las medidas de seguridad. “Y buscamos animalitos que fotografiar por aquí. Hay mucha gente con telescopios, con prismáticos… A veces vemos cómo están todos los reporteros en el otro lado haciendo fotos al barco”.
Las voces más críticas llegaron de quienes ya habían salido del barco. Desde Estambul, Ruhi Çenet mostró su miedo y su estupor: “Es aterrador porque no estábamos preparados para nada de esto. Sabiendo que no nos aislamos ni tomamos precauciones durante 12 días… para mí es una situación muy triste. Ni siquiera consideraron la posibilidad de tener una enfermedad tan contagiosa”.
El MV Hondius va camino de Tenerife. Los pasajeros, entre ellos los influencers, llevan días sin hablar públicamente. Todos asintomáticos según las autoridades sanitarias, con cuatro expertos y personal sanitario de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y del Centro Europeo para el Control de Enfermedades (ECDC) y, muy probablemente, contando los días que les quedan para llegar a casa. Atrás queda una odisea por el Atlántico, de un viaje de ensueño al mayor brote de la variante Andes de hantavirus fuera de América Latina del que se tiene registro.
Sociedad en EL PAÍS
