La política se construye en muchas ocasiones a base de saldar cuentas pendientes. En 2003, Gordon Brown, al que aún le faltaban cuatro años para destronar a su aliado y rival, Tony Blair, advirtió a los delegados presentes en el congreso anual del Partido Laborista aquello de que “somos mejores cuando somos más audaces, cuando estamos más unidos y cuando somos más laboristas”. Un diputado de poco más de 30 años, Andy Burnham, se sumaría poco después a las filas de los brownitas, y llegaría a ser ministro del siguiente Gobierno.
El nuevo dirigente de la formación se convertirá en primer ministro el lunes, cuando reciba el encargo del rey de formar Gobierno
La política se construye en muchas ocasiones a base de saldar cuentas pendientes. En 2003, Gordon Brown, al que aún le faltaban cuatro años para destronar a su aliado y rival, Tony Blair, advirtió a los delegados presentes en el congreso anual del Partido Laborista aquello de que “somos mejores cuando somos más audaces, cuando estamos más unidos y cuando somos más laboristas”. Un diputado de poco más de 30 años, Andy Burnham, se sumaría poco después a las filas de los brownitas, y llegaría a ser ministro del siguiente Gobierno.
Dos décadas y media han pasado de todo aquello, y Burnham, que ha sido proclamado este viernes, sin rivales y sin contestación, casi a la búlgara, nuevo líder del Partido Laborista, ha prometido que, con él al mando, la formación será “laborista sin complejos y con audacia en sus prioridades y en las decisiones que se tomen, situando a las personas y los territorios en el corazón de todas sus acciones”.
“Estoy preparado para asumir el liderazgo”, ha proclamado Burnham a los miembros de su partido.
La izquierda británica se ha aferrado al exalcalde de Mánchester y a su incontestable popularidad como la última oportunidad para poner freno a la ultraderecha de Reform UK, del político Nigel Farage, a quien todas las encuestas colocan en primera posición en unas hipotéticas elecciones generales.
El partido ha organizado un minicongreso especial para proclamar a Burnham y darle la oportunidad de dar un primer discurso con sus líneas de actuación. No será hasta el lunes cuando entre a Downing Street y se convierta en primer ministro, después de una ceremonia protocolaria que el Reino Unido ha repetido de manera impecable durante siglos.
El todavía primer ministro, Keir Starmer, que dimitió el 22 de junio incapaz de resistir las presiones de sus diputados para que lo hiciera, acudirá al palacio de Buckingham a comunicar al rey Carlos III su decisión y proponerle que encargue la formación de un nuevo Gobierno a Burnham. Este último verá al monarca a continuación, recibirá ese encargo y se dirigirá a la residencia oficial del primer ministro, el número 10 de Downing Street, donde pronunciará ante la puerta del edificio su primer discurso como jefe del Ejecutivo.
Nuevo Gobierno, nuevas ideas
Pero este viernes ha querido anticipar las ideas bajo las que quiere gobernar. No tanto las ideas, que no son muy distintas a las que puso sobre la mesa el equipo de Starmer, sino la firmeza para impulsarlas. Burnham ha prometido “un Gobierno renovado que se centre en impulsar el crecimiento en cada código postal del país y que devuelva el poder [las competencias] a los gobiernos locales”. Es la misma promesa de crecimiento con la que el laborismo ganó las elecciones hace dos años, pero el ya casi nuevo primer ministro —cuestión de 48 horas— asegura que él tendrá “el coraje para arreglar todos los grandes asuntos que la política ha descuidado” y la “convicción para defender nuestros planes”.
Es decir, una enmienda en toda regla a su predecesor, Starmer, —ambos arrastran desde hace años una rivalidad oculta y carecen de simpatía mutua—, al prometer justo lo contrario de lo que muchos laboristas han reprochado al derrocado líder: su falta de decisión y su incapacidad para proyectar una visión clara de su política.
Burnham, sin embargo, invoca un espíritu adanista que le sitúa a él como el principio de todo lo bueno que está por llegar y que ya ha hecho a más de uno (empezando por Tony Blair) arquear la ceja. El exalcalde de Mánchester ha asegurado que “el Reino Unido dio un par de giros equivocados en los años ochenta del siglo pasado”, cuando “el poder político se centralizó más [en Londres] y el poder económico se privatizó”.
Apuntaba directamente a la era de Margaret Thatcher, pero al renegar de los últimos 40 años y reclamar “un nuevo camino”, Burnham ha acabado incluyendo en el saco de sus críticas a los gobiernos de Blair y Brown.
El nuevo líder del laborismo ha construido su popularidad y su proyección pública como alcalde del Gran Mánchester, un condado metropolitano en el noroeste de Inglaterra que incluye a esa ciudad y la región que la rodea, con casi tres millones de personas. Burnham ha impulsado un transporte público eficaz, ha rebajado las cifras de las personas sin hogar y ha visto cómo prosperaba en esa urbe la economía, en alianza con los empresarios.
Por eso, como parte central del programa de renovación económica del país, de un mayor control público de sus recursos y de una política de reindustrialización, Burnham ha situado “la devolución del poder a las comunidades locales”.
Partido renovado
El exalcalde tenía la mirada puesta en el Gobierno que deberá poner en marcha a partir del lunes y en los complejos desafíos que tiene por delante un país que no levanta cabeza desde el Brexit, pero también en la necesidad de restañar heridas en un Partido Laborista que ha estado a punto, como ocurrió en la última década con el Partido Conservador, de sumirse en una guerra civil.
Burnham ha prometido un partido más unido, más centrado en la búsqueda de soluciones prácticas a los problemas del Reino Unido que en sus propias divisiones internas, y más abierto a cooperar con otras formaciones políticas.
“Creo que un partido y un movimiento laborista unidos constituyen la mejor esperanza para este país, y lo lideraré de ese modo, sin ánimo de castigar a los disidentes”, prometía, en referencia a las continuas refriegas y purgas de los últimos meses del actual Gobierno.
Nobleza obliga, aunque sea de un modo más formal que sincero, y el nuevo líder laborista ha querido rendir tributo a su predecesor, Starmer, por recuperar el poder después de 14 años de gobiernos conservadores, y de llevar al partido “de su peor desastre electoral del siglo [las elecciones de 2019, que Jeremy Corbyn perdió de mala manera frente a Boris Johnson] a una de las mayores victorias electorales de su historia”.
Pero Starmer, de visita en Ucrania para despedirse de su amigo, el presidente Volodímir Zelenski, no estaba presente cuando Burnham ha recordado algunos de los logros del breve Gobierno de estos años. Y aparentemente, nadie lo ha echado de menos en un país acostumbrado ya a devorar a sus primeros ministros de modo acelerado.
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