Entre la muerte MAGA y la radicalización del trumpismo: los republicanos buscan su sitio tras la debacle electoral

En la insólita convención republicana de las elecciones de medio mandato, convocada en septiembre por Donald Trump en Dallas, un político caminaba por esa fiesta MAGA (Make America Great Again) con el aire del padre satisfecho que ve cómo sus hijos llegaron hasta donde él no pudo. Era Newt Gingrich, líder de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes en los noventa, década en la que sentó las bases del populismo conservador que allanó el camino a Trump.

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 La elección del radical Stephen Miller como jefe de Gabinete indica que Trump no tolera una reflexión interna sobre el futuro del partido tras la derrota en las ‘midterms’  

En la insólita convención republicana de las elecciones de medio mandato, convocada en septiembre por Donald Trump en Dallas, un político caminaba por esa fiesta MAGA (Make America Great Again) con el aire del padre satisfecho que ve cómo sus hijos llegaron hasta donde él no pudo. Era Newt Gingrich, líder de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes en los noventa, década en la que sentó las bases del populismo conservador que allanó el camino a Trump.

“No tengo ninguna duda de que ganaremos ambas cámaras en las elecciones de mitad de mandato”, dijo el político a EL PAÍS en una entrevista en Dallas. “La izquierda se ha vuelto tan radical que se ha hecho inaceptable para los votantes estadounidenses”.

El pasado martes, las urnas dieron un amplísimo control del Congreso a los demócratas y confirmaron que sus compatriotas consideran intolerable otra cosa: la senda de autoritarismo, corrupción y altos precios por la que Trump ha llevado al país desde su regreso a la Casa Blanca. Así que Gingrich, que hace solo un par de semanas publicó otro diagnóstico errado, un libro titulado La edad dorada de Estados Unidos. El trumpismo en su era de posibilidades ilimitadas, se sumó en X al coro de voces republicanas que han corrido a distanciarse de las decisiones que llevaron a la histórica derrota.

No fue el único. El vicepresidente J. D. Vance culpó a la guerra de Irán del tsunami demócrata que arrasó con su partido. El senador tejano Ted Cruz habló de un “batacazo estilo Watergate”, en referencia al escándalo que se llevó a Richard Nixon por delante y abonó dos décadas más de dominio rival en el Congreso. Y el gobernador de Florida, Ron DeSantis, definió la debacle como “algo parecido a un evento de extinción masiva”.

En su mensaje, Gingrich daba por “abierta en canal” la carrera republicana para escoger en 2028 al sucesor del presidente de Estados Unidos. Y citaba a Vance, Cruz y DeSantis en su quiniela presidencial. También al secretario de Estado, Marco Rubio, que esta semana ha negado que estudie dimitir para preparar su propia candidatura.

Por más glamurosa que sea, la de 2028 es solo una de las incógnitas que han dejado las midterms para el conservadurismo estadounidense. Aunque Trump dio el viernes indicios con el nombramiento del radical Stephen Miller como jefe de Gabinete de que no piensa tolerar un debate interno sobre qué se hizo mal y cuál podría ser el futuro del partido tras la histórica derrota, las preguntas están encima de la mesa. ¿Es este el principio del fin de MAGA? ¿Hay vida en el trumpismo más allá de Trump? ¿Cómo pasará página el Partido Republicano tras una década secuestrado por un movimiento personalista sin precedentes?

“Muchos están en estado de shock, aturdidos, como con una fenomenal resaca, y aún les queda pasar por la ira y la tristeza”, advierte el periodista de The New York Times Robert Draper, autor de un libro, Weapons of Mass Delusion (Armas de distracción masiva, 2022), sobre cómo el Partido Republicano “perdió la cabeza” tras la última gran derrota en las urnas, en 2020. “Lo más inmediato es saber si serán capaces de romper con Trump”, añade en una entrevista telefónica. De momento, ningún funcionario electo se ha atrevido a hacerlo —tampoco Vance, que culpó a la guerra, pero no al principal responsable, el presidente—, y las críticas más feroces desde ese bando se resisten a abandonar en Washington el ámbito de las conversaciones privadas.

El ensayo de Draper se leía como una tragicomedia cuyos principales personajes, de Marjorie Taylor Greene a Matt Gaetz o Madison Cawthorn, ya abandonaron el gran teatro del Potomac. “Está por ver si quienes los reemplacen tratarán de centrarse para trabajar con los demócratas”, dice Draper, que duda de los diagnósticos que estos días corren a decretar la extinción MAGA. “Se ha creado toda una industria paralela; la forman lobistas, líderes mediáticos y cargos estatales, locales y federales que tratarán de mantener ese modo de vida. No se puede saber aún si estas midterms traerán un verdadero ajuste de cuentas como las presidenciales, en las que Trump se negó a aceptar su derrota”.

De momento, recuerda el reportero, la del martes aún no la ha puesto en duda. Tampoco ha asumido su responsabilidad. Durante la campaña, pidió hasta en 47 ocasiones a los votantes que fingieran que él se presentaba a las legislativas, confiado de que eso los movilizaría. Tras el rotundo fracaso, dijo que los republicanos habían perdido porque su nombre no estaba en las papeletas.

Raheem Kassam es uno de los referentes de ese ecosistema de la derecha alternativa estadounidense, además de copropietario de Butterworth’s, el restaurante a la sombra del Capitolio en el que se citan las personalidades de esa órbita en Washington. A la manera de Mark Twain con las noticias sobre su muerte, Kassam despachó el jueves pasado las del fin de lo MAGA como demasiado prematuras.

“El movimiento nacionalista populista es anterior a Trump y sobrevivirá a Trump”, advirtió en un mensaje de texto. “Él era nuestra fuerza más poderosa y nuestra arma más mortífera. Tendrá que aprender [de la debacle], pero aún puede proporcionar el liderazgo que el movimiento necesita. Si decide tomar un camino diferente, algo que está en su derecho de hacer, siempre habrá más líderes dispuestos a asumir el mando. En términos de fuerza en profundidad, MAGA nunca ha sido más fuerte”.

Al día siguiente, el presidente de Estados Unidos dejó claro que no le interesan los nuevos rumbos al escoger a Miller, el más MAGA de sus colaboradores, como sucesor de la cerebral Susie Wiles.

Además de para confirmar que cuando Trump necesita un chivo expiatorio en su segunda presidencia, siempre lo busca en una mujer, el relevo sirvió de advertencia de que el presidente tampoco está dispuesto a admitir el efecto nocivo de la política migratoria, de la que Miller es su principal arquitecto, en buena parte del electorado. Especialmente, entre los latinos: lo apoyaron en 2024 y le han dado la espalda ahora.

El nombramiento contradice también un mensaje que el presidente repite estos días: que está dispuesto a trabajar con la mayoría demócrata en el Capitolio en los dos años que le quedan. Miller representa como nadie los desmanes autoritarios de los que los vencedores en las urnas se disponen a hacer responsable al Gobierno. Con la amplia mayoría en ambas cámaras, una mayoría cuyo alcance aún está por definir mientras termina el escrutinio, los demócratas tienen el poder de citar a miembros de la Administración o la familia de Trump e investigarlos.

La elección de Miller podría dar la razón a Thomas Gift, director del Centro para la Política Estadounidense de la Universidad de Londres, cuando apunta “otra posibilidad” tras la derrota: “Que la lección para el Partido Republicano sea volverse aún más extremista”. Se trataría de buscar una figura aún más radical —tanto como Miller—, capaz de llevar el trumpismo más allá de Trump, que no puede volver a presentarse en 2028.

Hasta entonces, quedan dos años de travesía republicana en el Capitolio. “En cuanto al presidente, hay dos opciones”, dice en una entrevista telefónica el comentarista conservador Jay Nordlinger. “Podría pedir perdón, retirarse y vivir tranquilamente el resto de su mandato [es su tiempo como pato cojo, imagen que describe en Washington a un político amortizado] o podría ser un período peligroso en el que se vengue del país y del mundo. Conociendo su desprecio por las normas y las tradiciones, me inclino por lo segundo”, dice el experto.

Draper, el reportero del Times, recuerda que en 2006, tras otra fenomenal derrota republicana en unas midterms, un número considerable de diputados del partido se atrevieron a llevar la contraria a un George W. Bush impopular por otra guerra, la de Irak. Pero en eso tampoco conviene confiar demasiado, dada la tendencia a la represalia de Trump: la Casa Blanca envió este jueves, según The Wall Street Journal, una carta a más de 3.000 organizaciones conservadoras para advertirles de que tomarán nota de cualquier crítica tras la debacle.

La de 2006 fue la sexta ocasión en la historia de Estados Unidos en la que el partido en el poder perdió, como esta semana, el control de ambas cámaras. La anterior a esa fue en 1994, con Clinton de presidente. También fue histórica: los republicanos conquistaron la Cámara de Representantes por primera vez en 40 años.

Entonces, Gingrich anduvo más acertado que en sus predicciones para estas midterms. Su plan, un documento que tituló Contrato con Estados Unidos, llevó al partido a la victoria con la promesa de reconstruir el legado de Ronald Reagan. Como buen camaleón de Washington, después adaptó su piel con la irrupción de cierta estrella de la telerrealidad que conquistó la Casa Blanca. Ahora que esta es un animal herido, toca ver si Gingrich —y con él, el resto del partido— se atreve a resucitar a aquellos ideales que Trump se llevó por delante.

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