El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ya es un pato cojo, el nombre con el que se conoce en la jerga política de Washington a los líderes que no pueden ser reelegidos. Si fuera otro mandatario, cabría esperar de él que, tras la derrota de su partido en las elecciones de mitad de mandato, se centrara cada vez más en la política exterior e intentara lograr alguna ambiciosa meta de paz y entendimiento mundial: una forma de tratar de apuntalar su legado y de recibir aún en el exterior un respeto y una pompa que van disminuyendo en su territorio nacional.
El presidente de EE UU ha comenzado a dar pistas sobre sus próximos pasos con el nombramiento del radical Stephen Miller como nuevo jefe de Gabinete
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ya es un pato cojo, el nombre con el que se conoce en la jerga política de Washington a los líderes que no pueden ser reelegidos. Si fuera otro mandatario, cabría esperar de él que, tras la derrota de su partido en las elecciones de mitad de mandato, se centrara cada vez más en la política exterior e intentara lograr alguna ambiciosa meta de paz y entendimiento mundial: una forma de tratar de apuntalar su legado y de recibir aún en el exterior un respeto y una pompa que van disminuyendo en su territorio nacional.
Pero el republicano es todo menos un líder corriente. La duda ahora es si buscará concluir alguno de los conflictos abiertos —en Ucrania, Irán o en otro punto del planeta— y volverá a reclamar un Nobel de la Paz; si abrirá otros en lugares como Cuba, o si, simplemente, dedicará su tiempo a los afanes arquitectónicos que tanto placer parecen darle.
Su predecesor inmediato, el demócrata Joe Biden, intentó sin éxito conseguir una tregua en Gaza. Barack Obama cerró un acuerdo nuclear con Irán y abrió el proceso de normalización de las relaciones con Cuba (su sucesor dinamitó ambos logros en su primer mandato). George W. Bush quiso —pero no pudo— cerrar la caja de Pandora que había abierto al invadir Irak.
De momento, Trump da pistas contradictorias. A veces, como hizo este jueves en el Despacho Oval, asegura que la paz en Ucrania está a la vuelta de la esquina y que un gran acuerdo con la participación europea es inminente. Otras, amenaza con reanudar los combates a gran escala contra la República Islámica. No sería el primer presidente que, liberado de tener que pensar nunca más en las urnas, se lanza al ataque, como hizo Bush hijo al ordenar una nueva oleada en Irak cuando apenas le quedaba un año de mandato.
Las primeras señales no invitan al optimismo. El primer relevo anunciado en la Casa Blanca ha sido el de la jefa de Gabinete, Susie Wiles. Le sustituirá uno de sus asesores más radicales y más detestados por los demócratas: el extremista Stephen Miller, el arquitecto de la dura política de inmigración de las dos Administraciones de Trump.
Las ideas ultranacionalistas de su hasta ahora consejero de política interna casan bien con el concepto del mundo de Trump, según el cual Estados Unidos debe dictar los términos, bien mediante la transacción, bien mediante la coerción —la primera para los países amigos, la segunda para los gobiernos más díscolos—, mientras se respeta el espacio vital de otras grandes potencias y el resto de países se convierten en meros vasallos que acatan sin derecho a opinar.
Reunión con el enviado ruso
Otros indicios tampoco son alentadores. Este jueves, Trump recibió en el Despacho Oval al representante del Kremlin, Kiril Dmitriev. No hizo lo mismo con los representantes ucranios que habían llegado a la residencia presidencial para participar en el mismo acto con la primera dama, Melania Trump. “No puedo decirles qué fue lo que tratamos [con Dmitriev], pero les aseguro que habrá un acuerdo. Un gran acuerdo, y abarcará más que solo Ucrania. Será algo muy importante; involucrará a más de Ucrania e incluso podría abarcar a toda Europa. Será un acuerdo magnífico, y todos quedarán encantados”, aseguró el mandatario. La semana que viene están previstas nuevas negociaciones indirectas entre Ucrania y Rusia en Abu Dabi bajo la mediación de los dos enviados personales de Trump: su yerno, Jared Kushner, y su amigo Steve Witkoff.
Otra pista puede llegar a mediados de este mes, cuando Trump viaje a Shenzhen (China) para participar en la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), en la que bien puede darse un insólito encuentro a tres bandas con el presidente chino, Xi Jinping, y el ruso, Vladimir Putin. En diciembre, el anfitrión será él, al recibir a representantes de las mayores economías del mundo para la cumbre anual del G-20 en Doral (Florida). Putin está invitado a esa cita, pero aún no ha confirmado si acudirá.
Un nuevo factor en la ecuación
A partir de enero se introducirá un nuevo factor en la ecuación: comenzará la nueva legislatura con una aplastante mayoría demócrata en el Senado y en la Cámara de Representantes. Una mayoría que ya amenaza con abrir extensas investigaciones sobre el raudo enriquecimiento de la familia Trump. Y el presidente, que durante los últimos dos años ha intentado vengarse de sus supuestos enemigos mediante la apertura de investigaciones judiciales en el terreno interno, y de imposición de aranceles y ostracismo en el terreno externo, puede optar por medidas similares sin que el Congreso, a priori, pueda interferir en la gestión diaria de la política exterior presidencial. Los demócratas sí pueden, sin embargo, limitarle los fondos mediante la competencia del Legislativo para aprobar presupuestos.
Majda Ruge, del think tank Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (CEFR), ve “improbable que un Congreso demócrata limite la política exterior de Trump, pues no cuenta con una mayoría a prueba de veto”. Trump, añade, “hizo caso omiso casi por completo de su propia mayoría republicana y no se va a sentir constreñido por una demócrata”. La experta también recuerda que Trump podrá seguir tomando medidas en lo relativo a la alianza con los europeos, por ejemplo: “Conserva amplios poderes presidenciales sobre los aranceles, la retirada de tropas, alianzas e intervenciones militares”.
“Hay muchas maneras en las que Trump podría actuar”, escriben en la revista Foreign Affairs los catedráticos Daniel Drezner y Elizabeth Saunders, de las universidades de Tufts y de Columbia, respectivamente. “Nuevas amenazas contra Canadá, nuevos ataques contra las alianzas [tradicionales] de Estados Unidos o conchabarse con Rusia o China a costa de Ucrania o Taiwán. Pero haría falta un gran esfuerzo para convertir esas amenazas en realidad, como el de desplazar tropas o negociar minuciosamente con otras grandes potencias”.
Es posible que haya algún cambio en las relaciones con Israel. En su análisis en redes tras las elecciones, el vicepresidente J. D. Vance atribuyó el descontento de los votantes, en parte, al intenso apoyo de esta Administración a su aliado. Las críticas no provienen únicamente del ala más progresista del Partido Demócrata: también muchos en el movimiento MAGA consideran que Israel arrastró de manera engañosa a EE UU a la guerra, pese a las promesas del presidente de no intervenir en el exterior. En un movimiento sorprendente, y sin que haya vuelto a hablar del asunto, Trump anunció el mismo día de los comicios la cancelación a partir del próximo año de la ayuda anual de 3.800 millones de dólares (3.400 millones de euros) que Washington envía a su socio mediante un acuerdo que no expira hasta 2028.

Dos lugares clave son Irán y Cuba, sobre los que Trump tanto ha hecho llover amenazas como ha contemporizado y parecido descartar que vaya a tomar algún tipo de medida radical en un futuro inmediato. Este jueves, dijo en el Despacho Oval que el conflicto con la República Islámica ni siquiera puede considerarse una guerra. Pero, después de que su vicepresidente J. D. Vance culpara al conflicto de la derrota electoral, él también ha admitido que el conflicto ha desatado los precios de productos básicos, algo que ha jugado un papel clave en la derrota electoral republicana. Y desde hace semanas ha ido aumentando el temor de que Washington e Israel puedan retomar sus ataques para tratar de obligar a Irán a rendirse.
Según William Weschler, del Atlantic Council, esa hoja de ruta de bombardeos puede avanzar más despacio ahora, dado lo abultado de la derrota republicana. “La preocupación es que Trump acabe decidiendo que afronta su peor pesadilla: acabar recordado en la historia como un perdedor, y por algo que él desencadenó”.
En opinión de este experto, deben retomarse las negociaciones y el presidente “debe reconocer que un acuerdo diplomático será necesariamente similar al memorando de entendimiento previo y cuyos críticos argumentaron que perjudicaba gravemente los intereses estadounidenses”. Pero tras una etapa de pausa forzada por lo amplio de la derrota republicana y que dé margen a la negociación, es posible que ese miedo a ser visto como un perdedor desencadene que “el riesgo de grandes operaciones de combate aumente de nuevo. Si no de inmediato, en los próximos meses”.
Trump también podría plantearse algún tipo de acción para tratar de precipitar un cambio de régimen en Cuba, como prometió a principios de año. Está por ver también qué ocurre en Venezuela y si el proceso de diálogo, tras la vuelta de la líder de la oposición María Corina Machado, finalmente arroja unas elecciones el año próximo o la presidenta interina Delcy Rodríguez se eterniza en el poder con el respaldo trumpista.
O también podría no hacer nada. Volver su atención por completo a los proyectos de construcción en la Casa Blanca y en Washington, a los que tanto esfuerzo y tiempo ha dedicado estos últimos meses mientras se cernía la catástrofe sobre los candidatos republicanos. “Hay una posibilidad de que pase sus dos últimos años en el cargo emitiendo indultos, tratando de llevar a juicio a enemigos políticos y construyéndose monumentos. Dadas las alternativas, la inactividad en política exterior puede acabar siendo la mejor perspectiva posible para los años de pato cojo de Trump”, escriben Drezner y Saunders.
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