Europa y el espejismo ceutí

La crisis de Ceuta ha puesto un poco más en evidencia a Europa, atrapada en un alarmante giro reaccionario. Sin duda quedan muchas cosas por aclarar, muchas sombras de un singular acontecimiento en territorios procelosos. Los servicios de inteligencia españoles –el propio ministro del Interior, fernando Grande-Marlaska ha dicho que no se enteraron de nada- deberían dar explicaciones de un fracaso incomprensible. Y la facilidad con la que se ha impuesto la idea de que las autoridades marroquíes desconocían por completo lo que iba a ocurrir es por lo menos sospechosa. Signo de una cierta debilidad de España y de Europa que se han sumado rápidamente a la validación del Gobierno de Marruecos que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, elevó a categoría desde el primer momento. Sombras que se acumulan. Y que hacen difícil mantener la confianza en los gobernantes.

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 La respuesta a la crisis migratoria en Ceuta se enmarca en la deriva hacia el autoritarismo posdemocrático que amenaza a las democracias europeas  

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La respuesta a la crisis migratoria en Ceuta se enmarca en la deriva hacia el autoritarismo posdemocrático que amenaza a las democracias europeas

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Policías españoles en la frontera de Ceuta, en septiembre de 2024.JALAL MORCHIDI (EFE)
Josep Ramoneda

La crisis de Ceuta ha puesto un poco más en evidencia a Europa, atrapada en un alarmante giro reaccionario. Sin duda quedan muchas cosas por aclarar, muchas sombras de un singular acontecimiento en territorios procelosos. Los servicios de inteligencia españoles –el propio ministro del Interior, fernando Grande-Marlaska ha dicho que no se enteraron de nada- deberían dar explicaciones de un fracaso incomprensible. Y la facilidad con la que se ha impuesto la idea de que las autoridades marroquíes desconocían por completo lo que iba a ocurrir es por lo menos sospechosa. Signo de una cierta debilidad de España y de Europa que se han sumado rápidamente a la validación del Gobierno de Marruecos que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, elevó a categoría desde el primer momento. Sombras que se acumulan. Y que hacen difícil mantener la confianza en los gobernantes.

Movilizar más de 70.000 personas para que entren en procesión en territorio extranjero, no es coser y cantar. ¿Quién llevó la batuta? ¿Cómo se propagó la iniciativa? ¿Cómo es posible que ninguna señal llegara a las autoridades competentes? Un misterio que, por lo visto, nadie tiene interés en que se aclare. Y es que a menudo entre poderes se tejen complicidades difíciles de explicar, sin que las versiones que pretenden imponerse ayuden demasiado: el eterno recurso a señalar las mafias, expresión genérica de difícil concreción que vale para todo conflicto, es patética. ¿Quién las paga? La inmigración como fantasma de tantas batallas.

Desde el primer momento, Pedro Sánchez eludió cualquier indicio que comprometiera a las autoridades marroquíes, contra la evidencia de las facilidades que tuvo la marcha masiva: 70.000 personas andando no pasan desapercibidas. Y Europa ha seguido el mismo camino. Todo el reconocimiento al Gobierno marroquí, limitando de este modo cualquier investigación de fondo sobre lo sucedido. Rabat tendrá la última palabra. Y al mismo tiempo libera a España de cualquier debate sobre la soberanía de Ceuta y Melilla, sin intención alguna de aclarar si Marruecos con su tolerancia con la movilización masiva podía haber pensado en ello. Como dice Catherine Wintol: “Marruecos ha tomado consciencia desde hace tiempo del lugar estratégico que ocupa para Europa en términos de inmigración”. Y hace y deshace desde la impunidad.

El resultado de este ejercicio de liberación de Marruecos de cualquier responsabilidad ¿qué significa? Que el problema se traslada a Europa. Cara y cruz: por un lado Sánchez lo capitaliza como pacificador (y los países que al inicio reaccionaron en su contra ahora le aplauden). Pero, quiérase o no, el debate ancla en la deriva hacia el autoritarismo posdemocrático que amenaza a las democracias europeas. No olvidemos que inicialmente 22 gobiernos europeos hicieron responsable a España de lo que llaman “una crisis migratoria inadmisible”. Francia y Alemania, con la ultraderecha de Alternativa por Alemania (AfD, en sus siglas en alemán) al alza, se han puesto inmediatamente en primera línea del debate. Y es allí donde en parte se juega el futuro de Europa. Ahora mismo el desplazamiento de las dos principales potencias europeas hacia la extrema derecha –donde ya está la Italia de la primera ministra Giorgia Meloni, la primera en señalar a Sánchez- es un hecho. Y la líder de Reagrupamiento Nacional, Marine Le Pen, está a un paso —si la justicia no lo impide— de la presidencia de la República francesa. La pérdida de sensibilidad democrática es inquietante, con la socialdemocracia en caída libre en gran parte de Europa y con las extremas derechas creciendo y acorralando a las derechas liberales. También en España, donde el líder de Vox, Santiago Abascal, no cesa en el acoso a Alberto Núñez Feijóo, capitalizando la debilidad de liderazgo del Partido Popular.

En este contexto, la criminalización de los inmigrantes es la vía demagógica fácil para imponer una regresión de derechos. La inmigración necesaria —buena parte de los que la critican no tienen reparos a la hora de explotarla laboralmente— se utiliza repugnantemente como chivo expiatorio ante el malestar ciudadano. Generando así la xenofobia que es el gran capital de la extrema derecha y que funciona por esta pérfida lógica de buenos y malos, los nuestros y los otros, de la que las democracias deberían protegernos. Lo que es insoportable es el absurdo intento de convertir lo ocurrido en Ceuta en un espejismo y de seguir hablando de inmigrantes como opuesto a ciudadanos, es decir, marcando una brecha en la condición humana.

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