Gonzalo Suárez, el primer posmoderno

El libro que estás buscando no es el que estás buscando, sino el que está justo al lado; la razón es que el primero lo estás buscando tú, mientras que el segundo te está buscando a ti. Fue Alberto Manguel quien formuló este axioma, pero yo lo vislumbré a principios de 1989, cuando descubrí a Gonzalo Suárez.

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El primer posmoderno. La obra literaria de Gonzalo Suárez

Javier Cercas
Taurus, 2026
400 páginas, 21,75 euros
A la venta el 5 de noviembre En 1991 Javier Cercas leyó su tesis doctoral sobre el cineasta y escritor, un hito en su aprendizaje como novelista. En noviembre Taurus publicará una nueva edición revisada del ensayo. Este es el prólogo inédito escrito por el autor de ‘Soldados de Salamina’  

El libro que estás buscando no es el que estás buscando, sino el que está justo al lado; la razón es que el primero lo estás buscando tú, mientras que el segundo te está buscando a ti. Fue Alberto Manguel quien formuló este axioma, pero yo lo vislumbré a principios de 1989, cuando descubrí a Gonzalo Suárez.

Por entonces era un veinteañero que acababa de terminar su segundo libro y ejercía de Teaching Assistant en la Universidad de Illinois, en Urbana, a dos horas y media en autobús de Chicago. No recuerdo qué libro estaba buscando aquella tarde en la biblioteca de la universidad —un paraíso de nueve millones de volúmenes en cuyos pasillos era agradable extraviarse y de cuyos anaqueles podías sacar los libros a carretadas— cuando me encontró Trece veces trece; lo que sí recuerdo es que, poco antes, por uno de esos azares que no abolirá la necesidad (o a la inversa), mi amigo y primer editor, Jordi Cornudella, me había preguntado por carta si había leído a Suárez, los libros del cual estaban agotados desde hacía tiempo. El caso es que, apenas empecé a leer Trece veces trece, me caí del caballo: con la vehemencia con que se deciden estas cosas a los veintisiete años, decidí que aquel completo desconocido era mi padre, que todo lo que yo había escrito hasta entonces estaba en deuda con él (aunque no hubiera leído una sola línea escrita por él) y que todo lo que quería escribir en el futuro debía hacerlo a partir de lo que él había escrito (aunque no se pareciera en absoluto a lo que él había escrito); también decidí que debía escribir sobre Suárez. Como muchas buenas decisiones, esta era de un egoísmo brutal; satisfacía dos urgencias: la primera, escribir una tesis doctoral para ganarme la vida, que es la primera obligación de cualquier persona decente; la segunda, construirme una tradición propia, una genealogía literaria en la que reconocerme, que es la primera obligación de cualquier escritor: para entonces yo ya había encontrado antepasados españoles en la Edad Media y el Siglo de Oro —sobre todo, en el Siglo de Oro— y tenía padres latinoamericanos, estadounidenses y europeos; pero no tenía un padre español.

Convertí de inmediato a Suárez en mi padre español. Dos años después leí mi tesis; otros dos años después publiqué un libro extraído de ella. Ambos llevaban el mismo título, que es en parte el subtítulo del presente volumen: La obra literaria de Gonzalo Suárez; ambos estaban lastrados por los fastidiosos imperativos de una tesis doctoral; ambos, en consecuencia, eran perfectamente ilegibles, al menos para el lector común y corriente. Esperemos que no lo sean las páginas que siguen; si no lo son, se debe sobre todo a la diligencia de Xisca Mas, que ha armado un libro nuevo con lo más sustancial de los dos precedentes. En cuanto a mí, me he limitado a leerlo, haciendo de paso algunas correcciones anecdóticas, pero sin privarle de las ingenuidades, esnobismos, simplificaciones y torpezas del chaval que lo escribió, aunque tampoco de su ímpetu, su energía y su entusiasmo. Lo que sí he hecho es atreverme a decir explícitamente en él algo que en aquellos dos libros solo estaba implícito (aunque lo estaba por todas partes), tal vez porque una tesis doctoral no es lugar adecuado para atrevimientos, o porque yo era demasiado pusilánime para incurrir en ellos. Años más tarde Juan José Millás lo sintetizó con estas palabras: “Suárez siempre ha llegado el primero a todas partes y siempre se ha marchado el primero, de manera que siempre ha estado solo”.

Así es. En los años sesenta, Gonzalo Suárez era en España un verdadero friki, un aerolito sin control, un raro absoluto que escribía una narrativa que nadie escribía y que con el paso del tiempo todos acabamos escribiendo. Suárez rompió con el realismo cuando el realismo reinaba: hizo literatura fantástica cuando casi nadie la hacía, hizo novela policíaca cuando era reaccionario o pueril hacerla, hizo metaliteratura cuando nadie sabía lo que era la metaliteratura, hizo narrativa pop cuando el pop solo era un estilo pictórico, y nuevo periodismo cuando los nuevos periodistas estadounidenses aún no habían bautizado el invento; hizo, en fin, cosas que algunos han hecho veinte o treinta o cuarenta o cincuenta años más tarde creyendo que nadie las había hecho antes, cosas que en la cultura de entonces eran insólitas y ahora son normales, como citar en una misma frase los nombres venerables de Di Stefano y James Joyce. Suárez no fue solo pionero con su literatura; también lo fue con su cine, con el que hizo a finales de los sesenta lo que Quentin Tarantino o Pedro Almodóvar tardarían décadas en hacer. Dirán ustedes que esto no tiene importancia, que lo importante no es llegar el primero o el último, sino llegar bien; no lo crean: en literatura, como en casi todo, quien llega primero llega dos veces. En suma, si existe la posmodernidad literaria —y no veo por qué no va a existir, suponiendo que tenga su origen remoto en la segunda parte del Quijote y su origen inmediato en Borges, father of us all—, Suárez fue el primer escritor posmoderno español.

Sentado lo anterior, tal vez extrañe que la obra de Suárez no ocupe el lugar de privilegio que le corresponde en el canon literario de nuestro país (no digamos de nuestra lengua). En parte, la culpa es de Suárez, quien a lo largo de su vida se ha negado en redondo a ocupar lugar alguno, ni en el canon literario ni en ninguna parte; pero en parte, también, la culpa es mía. Decía Ortega que un libro de ciencia debe ser ciencia, pero sobre todo debe ser un libro; mi tesis doctoral debía ser un libro de ciencia —o eso dijo el tribunal académico que la juzgó, con harta generosidad—, pero no era un libro. El que el lector tiene en las manos intenta serlo y, por esa vía, trata de lavar a su modo la culpa canónica que me corresponde.

Es verdad que solo considera la narrativa y la cinematografía de Suárez hasta 1991; no es menos verdad, sin embargo, que lo que Suárez ha escrito y filmado después, por muy meritorio que sea, no desmiente lo que aquí se dice, ni siquiera lo corrige. Tampoco altera lo esencial, y es que en la historia de la literatura española del último siglo había un hueco con la forma de Suárez.

Javier Cercas
Taurus, 2026
400 páginas, 21,75 euros
A la venta el 5 de noviembre

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