Irán se hace fuerte en el estrecho de Ormuz, su gran botín de guerra

El mundo sale con un rehén de tamaño colosal de una guerra estéril, dañina para todas las partes y con muchos más perdedores que ganadores. El asedio de Estados Unidos e Israel ha provocado en Irán graves daños humanos y en infraestructuras vitales, pero le ha otorgado una baza clave: ahora sabe, porque así lo ha demostrado, que puede regular el grifo de Ormuz a su antojo. La República Islámica ha dejado claro que no soltará su botín y eso, en un estrecho por el que antes del conflicto discurría la quinta parte del petróleo y del gas licuado que consume el planeta, son palabras mayores. Un paradójico botín de una guerra que no inició.

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 La República Islámica demuestra al mundo que es capaz de cerrar un estrecho clave, del que trata de sacar rédito en una negociación empantanada  

El mundo sale con un rehén de tamaño colosal de una guerra estéril, dañina para todas las partes y con muchos más perdedores que ganadores. El asedio de Estados Unidos e Israel ha provocado en Irán graves daños humanos y en infraestructuras vitales, pero le ha otorgado una baza clave: ahora sabe, porque así lo ha demostrado, que puede regular el grifo de Ormuz a su antojo. La República Islámica ha dejado claro que no soltará su botín y eso, en un estrecho por el que antes del conflicto discurría la quinta parte del petróleo y del gas licuado que consume el planeta, son palabras mayores. Un paradójico botín de una guerra que no inició.

Justo cuando las aguas parecían regresar a su cauce, con los cruces de barcos por la zona rondando ya el 50% de los niveles preguerra, un nuevo quiebro. El martes, de madrugada, Irán atacó un metanero procedente de Qatar —uno de los mayores productores de gas del mundo— que trataba de atravesar la zona. Horas después, sus proyectiles se dirigieron sobre un petrolero saudí, otro peso pesado donde los haya en el mercado de los combustibles fósiles. El precio del petróleo y el gas se disparó otra vez, aunque lejos de los niveles a los que llegó a estar en los pasajes más críticos de la guerra; Donald Trump daba por roto el alto el fuego (aunque luego matizó esa amenaza, como suele hacer); y Estados Unidos respondió con una nueva ofensiva, si bien limitada, sobre objetivos iraníes. Una nueva escaramuza, en fin, o algo más.

El efecto de este nuevo contratiempo ha sido una reducción notable en el tráfico a través de Ormuz. Si tras la firma del memorando de entendimiento entre EE UU e Irán, a mediados de junio, el trasiego de buques había aumentado hasta alcanzar los 76 diarios el 24 de junio, el jueves se redujo a apenas 22, según datos suministrados a EL PAÍS por la firma de monitorización Kpler.

La reducción se ha dado precisamente en el corredor sur, el que transcurre por aguas omaníes y, en muchos casos, con escolta estadounidense. Hasta inicios de esta semana, en torno a un tercio de los cruces se hacían por esta ruta meridional, pero los nuevos ataques han reducido el paso por aguas omaníes a apenas uno o dos buques diarios (si bien puede haber más, porque hay embarcaciones que apagan el transpondedor que indica su posición para evitar ataques).

“La respuesta comercial ha sido inmediata y pronunciada”, afirma la plataforma de inteligencia marítima Windward en un análisis en el que explica que, al comenzar los ataques mutuos, cuatro buques modificaron su ruta cambiando el corredor sur por el central —el utilizado internacionalmente antes de la guerra, y donde hay peligro de minas— y un superpetrolero de bandera india se dio la vuelta y abortó el cruce de Ormuz. “Para la noche del 8 al 9 de julio, el volumen de tránsito se había reducido a 5 cruces, con solo un carguero en dirección de salida y cero petroleros [rumbo al Índico], la contracción de tráfico más pronunciada desde la reapertura”.

Oriente Próximo parece lejos de regresar a un escenario de guerra abierta, pero el retorno de las hostilidades ha vuelto a provocar sudores fríos en varias capitales europeas y asiáticas, que se cuestionan si el memorando de entendimiento entre EE UU e Irán tuvo más de espejismo que de realidad tangible y duradera.

Teherán ha demostrado, una vez más, que puede abrir fuego contra cualquier buque que ose cruzar el estrecho por cauces distintos de los autorizados por una Guardia Revolucionaria que se siente empoderada y que busca el monopolio del tráfico naval en la zona. Si antes de que Trump abriese esta espita su único poder de disuasión pasaba por su programa nuclear, hoy cuenta con una carta que se ha demostrado tanto o más fuerte: Ormuz.

El acuerdo como arma

A finales de febrero, con las primeras bombas estadounidenses e israelíes golpeando suelo iraní, dos preguntas se abrían paso en los análisis con mayor poso: ¿Tenía Trump una estrategia de salida? ¿Estaba el Pentágono realmente preparado para el día después? Un cuatrimestre después, la respuesta a ambos interrogantes solo puede ser una: no.

Tras la firma del memorando del 17 de junio, EE UU, que llevaba varias semanas preparando un corredor por las aguas omaníes del estrecho a través de su Operación Proyecto Libertad, instó a los armadores occidentales a tomar esa ruta. Así hicieron decenas de buques que llevaban meses atrapados en el golfo Pérsico: es más corta, su profundidad es suficiente para la navegación y queda lejos de las veleidades de las autoridades iraníes. Pero en su gran éxito está su fracaso.

Primero, Teherán advirtió a los armadores que esa ruta no era segura para la navegación. Luego comenzó a hostigar a los buques con drones. Y, finalmente, denunció su uso como una “violación” del acuerdo de alto el fuego. “Ha visto la postura estadounidense como un intento de despojarle de su principal baza de disuasión. Para Irán, mantener el control del estrecho es una forma de preservar el equilibrio de poder que hace posible la diplomacia”, se lee en un análisis del think tank International Crisis Group sobre la fragilidad de la tregua entre ambos países.

El presidente del Parlamento y jefe negociador iraní, Mohamed Ghalibaf, ha advertido de que el estrecho de Ormuz únicamente reabrirá totalmente bajo “los arreglos iraníes”, y amenazó con que “la ruptura de promesas” por parte de Washington “no saldrá gratis”.

Al margen de la decidida ambigüedad en el redactado del acuerdo –necesaria para facilitar su aceptación por ambas partes y que ninguna se sintiese perdedora, pero problemática de cara a su implementación–, la piedra con la que se tropieza una y otra vez es esa palabra: arrangements (arreglos, disposiciones). “Tras la firma del memorando, la República de Irán hará los arreglos necesarios, empleando sus mejores esfuerzos para permitir el paso seguro, sin coste alguno solamente durante 60 días, desde el golfo Pérsico hasta el mar de Omán y viceversa”, se lee en el artículo 5 del texto. Para la Casa Blanca, lo que importa es simple y llanamente que el estrecho quede abierto y el petróleo y el gas fluyan. Pero Teherán interpreta que Ormuz reabrirá, al menos hasta que en el plazo de 60 días se pacte un nuevo marco regulador –que incluya pagos–, bajo la única y exclusiva gestión iraní. Y de ahí no se baja.

“Washington y Teherán han llegado a considerar el acuerdo como una extensión de la guerra por otros medios […] La escalada armada se ha convertido en el instrumento mediante el cual ambas partes buscan imponer su interpretación preferida del texto”, subraya el análisis de International Crisis Group.

“Irán está tensando la cuerda en busca de ingresos y de una influencia permanente [sobre Ormuz]”, escriben media docena de analistas de la consultora de riesgos Eurasia en una nota publicada el miércoles por la tarde, en pleno resurgir de los temores. “Del mismo modo que Washington se ha negado a retirar sus fuerzas militares de la región, Irán también se resiste a relajar por completo su postura en el estrecho, por temor a debilitar su posición y a perder los posibles beneficios económicos que puede extraer [con un peaje o tasa] de los países del Golfo y de las navieras internacionales”.

La República Islámica es consciente de los costes que para Trump y los republicanos conllevaría regresar de nuevo al campo de batalla a menos de cuatro meses vista de unas elecciones de mitad de mandato. Una amplia mayoría del electorado estadounidense reprueba el intervencionismo exterior y todos sufren en carne propia la escalada de precios de la energía. “Mantener la presión sobre el estrecho para obtener nuevas concesiones, en cambio, tiene un coste limitado [para Irán]. Incluida la exigencia maximalista de que los buques paguen a cambio de un paso seguro”, sostienen desde Eurasia.

Irán, no obstante, también corre el riesgo de no jugar bien sus cartas. A la República Islámica, que en diciembre y enero sufrió la mayor revuelta social contra sus élites en décadas –y que sus fuerzas de seguridad ahogaron a sangre y fuego–, no le beneficia forzar de nuevo una guerra abierta, ya que su economía ha quedado hecha unos zorros, con las industrias siderúrgica y de hidrocarburos –imprescindibles fuentes de empleo– destruidas o severamente dañadas. Las instituciones y analistas internacionales prevén una contracción de entre el 6% y el 10% de su PIB.

Aviso a navegantes

Lúgubre en sus alertas, una constante en esta última sacudida energética —en la que sus muy pesimistas previsiones se han visto en gran medida desmentidas por la realidad—, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) ha advertido este viernes de los riesgos energéticos que emanan tanto del regreso de las hostilidades en el golfo Pérsico como, en otro cuadrante del planeta, los ataques cada vez más dañinos de Ucrania sobre refinerías muy en el interior de Rusia. “La reanudación esta semana de los enfrentamientos armados en el Golfo pone de relieve los riesgos de no alcanzar un acuerdo de paz duradero, algo imprescindible para la normalización de los mercados petroleros”, subrayan.

“La caída sostenida en los precios de la energía tras el memorando se ha desvanecido con estas nuevas ofensivas contra buques en el Golfo”, cierra Ana Maria Jaller-Makarewicz, del Instituto de Economía Energética y Análisis Financiero (Ieefa, por sus siglas en inglés). “La lección a extraer es la de la incertidumbre persistente, que lo condiciona todo”.

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