
Algunas semanas, la actualidad televisiva —la acoto porque esa es la que le compete a esta columna, pero ocurre en todos los departamentos de la novedad— tiene mucho de paisaje desértico con planta rodadora; en otras, el ritmo de acontecimientos es tan frenético que una siente que los días, en proporción, le pasan y le pesan como a los perros, multiplicados. La pasada ha sido de estas últimas. Veamos. El doble giro de guion, que bien ha explicado Héctor Llanos en este periódico, con Mediaset y Atresmedia revolcadas en el caso Pasapalabra, puede sumir al país en el desastre. Se acaba El Rosco y se hunde España. Disculpen que hable de mí, pero yo le dediqué mi primera columna aquí al concurso y a mi madre, que me coge el teléfono en misa, pero no durante El Rosco. Todavía no le he querido hablar del asunto —ni ella se ha enterado—, pero me planteo seriamente hacerle un Goodbye Lenin!. Y somos legión los que andamos en la misma tesitura.
Algunas semanas, la actualidad televisiva tiene mucho de paisaje desértico con planta rodadora; en otras, el ritmo de acontecimientos es tan frenético que siente una que los días, en proporción, le pesan y le pasan como a los perros
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Algunas semanas, la actualidad televisiva tiene mucho de paisaje desértico con planta rodadora; en otras, el ritmo de acontecimientos es tan frenético que siente una que los días, en proporción, le pesan y le pasan como a los perros


Algunas semanas, la actualidad televisiva —la acoto porque esa es la que le compete a esta columna, pero ocurre en todos los departamentos de la novedad— tiene mucho de paisaje desértico con planta rodadora; en otras, el ritmo de acontecimientos es tan frenético que una siente que los días, en proporción, le pasan y le pesan como a los perros, multiplicados. La pasada ha sido de estas últimas. Veamos. El doble giro de guion, que bien ha explicado Héctor Llanos en este periódico, con Mediaset y Atresmedia revolcadas en el caso Pasapalabra, puede sumir al país en el desastre. Se acaba El Rosco y se hunde España. Disculpen que hable de mí, pero yo le dediqué mi primera columna aquí al concurso y a mi madre, que me coge el teléfono en misa, pero no durante El Rosco. Todavía no le he querido hablar del asunto —ni ella se ha enterado—, pero me planteo seriamente hacerle un Goodbye Lenin!. Y somos legión los que andamos en la misma tesitura.
En Estados Unidos, el fin de The Late Show with Stephen Colbert, por muy anticipado que fuese, no ha dejado de ser desolador. Su emotivo cierre con Paul McCartney, el propio Colbert, Elvis Costello y alguno más cantando Hello, Goodbye ha dado la medida de la elegancia y la bonhomía del tipo desterrado por el matón de instituto con más poder de nuestro presente, el mismo que ha publicado un vídeo hecho con IA protagonizado por él donde tira a Colbert a un cubo de basura.
En España se han estrenado Se tiene que morir mucha gente (Movistar Plus) y Ravalear (HBO Max). Y Ravalear también se podría haber titulado Se tiene que morir mucha gente, porque es fácil pensarlo al comprobar en este thriller inmobiliario cómo la codicia domina el sistema.
Y aunque, insisto, esta es una columna de tele, no quiero dejar de mencionar el premio a la mejor dirección de los Javis en Cannes, y no solo por el alegrón y el orgullo. En La bola negra el personaje de Penélope Cruz dice que “el travestismo es la fantasía de la posibilidad y la guerra, lo contrario”. Javi Calvo ha explicado que esa frase no se le podría haber ocurrido sin haber hecho Drag Race. Y añadió que ambos aprendieron a dirigir actores nóveles en OT. La tele también es la fantasía de la posibilidad y eso, en semanas tanto de agotadora e infausta actualidad como de agobiante sequía, merece la pena recordarlo.
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