La ganadería extensiva frente al cambio climático: tenemos que comernos el monte

El monte nos come. Es una frase que resuena en las zonas de montaña de León, alrededor de las reservas de la biosfera de Omaña y Luna y Alto Bernesga. Es la descripción física de cómo el matorral avanza sobre los pastos que durante siglos alimentaron y proveyeron de recursos a las familias que habitaban estas zonas rurales. Pero detrás de este avance del matorral (arbustos y matas bajas) no hay solo un triunfo de la naturaleza, también éxodo rural, políticas de abandono y trabas al sector ganadero de montaña. Es hora de cambiar el paradigma: si queremos un futuro para la ganadería de montaña y las zonas rurales que mantiene vivas, debemos pasar del miedo a ser devorados a “comernos el monte”.

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 Muchos ganaderos que rechazan el discurso de la crisis climática describen con detalle los drásticos cambios ambientales que viven  

El monte nos come. Es una frase que resuena en las zonas de montaña de León, alrededor de las reservas de la biosfera de Omaña y Luna y Alto Bernesga. Es la descripción física de cómo el matorral avanza sobre los pastos que durante siglos alimentaron y proveyeron de recursos a las familias que habitaban estas zonas rurales. Pero detrás de este avance del matorral (arbustos y matas bajas) no hay solo un triunfo de la naturaleza, también éxodo rural, políticas de abandono y trabas al sector ganadero de montaña. Es hora de cambiar el paradigma: si queremos un futuro para la ganadería de montaña y las zonas rurales que mantiene vivas, debemos pasar del miedo a ser devorados a “comernos el monte”.

El proyecto GRANGE que he dirigido desde la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), se ha dedicado a investigar cómo la conjunción de condiciones ambientales (en especial el cambio climático) y socioeconómicas (como la urbanización, el turismo y la despoblación) impacta directamente en el relevo generacional agrario. El ejemplo de la montaña de León, uno de los seis casos de estudio, ilustra cómo estas fuerzas amenazan la viabilidad de los sistemas agrarios pequeños y medianos.

La nieve que ya no limpia

El impacto más evidente del cambio climático en esta región leonesa es la alteración drástica de los ciclos estacionales: inviernos menos fríos, veranos más cálidos y patrones de lluvia impredecibles. Los ganaderos recuerdan con nostalgia inviernos de intensa nevada, donde la nieve no solo era una “batería” hídrica que nutría manantiales hasta el otoño, sino también un agente de “limpieza” natural. Esta nieve controlaba el avance del matorral, así como plagas, parásitos y fauna salvaje. En conjunto con el aprovechamiento tradicional del bosque, la caza y el mantenimiento comunal de cercados, la nieve formaba parte de un sistema que se percibe como del pasado. El presente es diferente. La falta de nieve y el calor extremo del verano de 2023 provocaron la sequía de manantiales, obligando a algunos ganaderos a incurrir en el coste, impensable hace unos años, de transportar cubas de agua para el ganado. La escasez de pasto natural por sequía también forzó la compra de forraje externo, incrementando los costes de producción.

Hoy, con inviernos apenas blancos, el monte se cierra a una velocidad que la vaca de carne no puede frenar sola. La extinción de la ganadería ovina y caprina, expulsada por la falta de rentabilidad y apoyo, ha privado al ecosistema de sus jardineros más voraces. Esta pérdida, sumada a la disminución del aprovechamiento de los recursos forestales por una población menguada y el control de las quemas tradicionales, ha llevado a una acumulación de biomasa combustible. El resultado catastrófico se materializó en agosto de 2025, cuando el Norte ardió en un periodo de sequía y calor extraordinario. La magnitud de los incendios del verano pasado puso de manifiesto la urgencia de la nueva realidad ambiental. “Vivíamos en Disneylandia”, reconoció una trabajadora pública, aludiendo a la falsa sensación de seguridad climática. Con los incendios, el tema de la matorralización se hace viral, poniéndose de manifiesto la deficiente gestión de los bosques y la desconexión entre administraciones. El monte nos come.

LA PAC y las ayudas por hectárea

La gestión del matorral está intrínsecamente ligada a la capacidad de las personas ganaderas para vivir en estos valles y, por ende, al relevo generacional. La Política Agraria Común (PAC) de la Unión Europea establece ayudas a la ganadería extensiva basadas en la admisibilidad de hectáreas pastables. Los matorrales, como las piedras o la pendiente, quitan hectáreas pastables sobre el papel. En la realidad, el ganado pasta por lugares insospechados y muchas son las quejas de que se consideran no pastables zonas que en realidad sí lo son. Es un ejemplo claro de “gobierno a distancia”: a través de tecnologías de teledetección y burocracia que se regula dónde pastan las vacas e indirectamente se condiciona la demografía ganadera.

La matorralización se ha prevenido históricamente con quemas controladas, decididas y manejadas colectivamente y llevadas a cabo con conocimiento tradicional. Al disminuir la población, disminuyó la mano de obra disponible y el conocimiento para realizar esas quemas, volviéndose más escasas, en algunos casos más peligrosas, y en general objeto de control por parte de las administraciones. Así, el matorral avanza y se recortan las hectáreas de la PAC porque el monte se vuelve demasiado arbustivo. La paradoja es que se penaliza al sector ganadero por el mismo abandono que las políticas públicas han fomentado. El monte nos come.

En este ambiente, la desconfianza hacia las instituciones públicas es profunda. El sector percibe un control excesivo y una burocracia creciente, a menudo digital, en zonas con deficiente acceso a internet. “Las vacas no son nuestras, son de la Junta” es la frase de Ángeles que encapsula el sentimiento de ser meros cuidadores, obligados a registrar cada movimiento, defunción o tratamiento, y de vivir bajo una sospecha constante. Los ganaderos se sienten incomprendidos en su rol de gestores del territorio. Incluso el discurso del cambio climático genera resistencia: muchos rechazan la etiqueta política, pero al mismo tiempo describen con detalle los drásticos cambios ambientales que viven, revelando una desconexión entre la vivencia local y el lenguaje científico-institucional.

Esta frustración tiene que ver con algo que las estadísticas y programas de relevo no recogen: la salud mental y emocional del sector. En una generación se ha multiplicado el número de cabezas de ganado que deben tener para poder vivir dignamente. El sector también siente la humillación de ser señalados como “subsidiados” mientras su trabajo produce alimentos baratos para las cadenas urbanas. La tristeza se agrava al criar terneros en el monte que acaban en cebaderos lejanos. Todo esto erosiona su autoestima y genera una profunda herida de dignidad. El monte nos come.

“Comernos el monte” es una propuesta para sincronizar la gestión de las montañas y la adaptación al cambio climático con una regeneración social agraria. Nos comeremos el monte creando espacio para sistemas alternativos que rompan con el modelo agroindustrial. Esto significa que los ganaderos deben recuperar y apropiarse de la cadena de valor, asegurando que los consumidores adquieran carne que realmente provenga del monte, sin pasar por cebaderos externos. Esto implica el mantenimiento de mataderos rurales y el fomento del regreso de la ganadería caprina y ovina. Nos comeremos el monte cambiando la manera en la que se piensa el apoyo económico a la ganadería en la PAC, para no depender de la admisibilidad de pastos.

Nos comeremos el monte revertiendo el éxodo rural y estableciendo condiciones de incorporación de jóvenes adaptadas a la realidad de cada región y sistema productivo. Finalmente, las instituciones deben transformarse en un motor que impulse la viabilidad de la ganadería extensiva familiar, en lugar de ser un freno. Se requiere una gobernanza multiescalar que integre la esfera local y la participación colectiva en la gestión agraria. Estas ideas las hemos plasmado en las recomendaciones políticas que hemos escrito basadas en evidencias del proyecto.

En definitiva, al “comernos el monte”, unimos dos objetivos cruciales: la regeneración agrosocial y una adaptación efectiva al cambio climático que incluye la prevención de eventos extremos. Todo ello garantizando un futuro digno y sostenible para la montaña leonesa.

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