La rebelión en la calle y un ejército digital impulsan a Lula

Tras una campaña tibia y la derrota en la primera vuelta, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva llega al domingo decisivo con posibilidades de victoria para un cuarto mandato. La reacción del candidato del Partido de los Trabajadores fue impulsada por una brigada de estudiantes en las calles, aliada a un ejército digital que se propuso vencer a los algoritmos de la gran tecnológica Meta en las redes sociales, un campo de batalla ampliamente favorable a la ultraderecha de Flávio Bolsonaro (Partido Liberal).

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 El terror que supondría un segundo mandato bolsonarista movilizó a una parte de los brasileños que fue indiferente hasta la primera vuelta  

Tras una campaña tibia y la derrota en la primera vuelta, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva llega al domingo decisivo con posibilidades de victoria para un cuarto mandato. La reacción del candidato del Partido de los Trabajadores fue impulsada por una brigada de estudiantes en las calles, aliada a un ejército digital que se propuso vencer a los algoritmos de la gran tecnológica Meta en las redes sociales, un campo de batalla ampliamente favorable a la ultraderecha de Flávio Bolsonaro (Partido Liberal).

El terror que representaría un segundo mandato bolsonarista movilizó a una parte de la sociedad brasileña que había permanecido indiferente a las elecciones hasta la votación del 4 de octubre. Al día siguiente de la derrota, una marcha de dos mil estudiantes de la Universidad Federal Fluminense, en Niterói, ciudad vecina a Río de Janeiro, marcó el inicio de una rebelión que podría propiciar una remontada a favor de Lula. El riesgo de perder la educación pública y gratuita reavivó la campaña.

A partir de entonces, el frente amplio que reúne a la izquierda, al centro y a parte de la derecha que teme la destrucción de la democracia ocupó diariamente las calles de ciudades como Brasilia, São Paulo, Recife, Salvador, Fortaleza, Río de Janeiro, Belo Horizonte y Porto Alegre.

La señal de alerta de los estudiantes, alarmados ante la posible debacle de la educación pública, se sumó a otros temores denunciados por los trabajadores, como, por ejemplo, el fin de la política de revalorización del salario mínimo del Gobierno de Lula, que combina la compensación de la inflación con el índice de crecimiento de la economía y garantiza así aumentos reales todos los años. El programa del hijo de Bolsonaro no contempla esta ventaja.

Los probables daños de una victoria de la ultraderecha, con recortes en los programas de protección social implementados por la izquierda, tuvieron un símbolo contundente en las propias manos de Flávio Bolsonaro: el candidato adoptó unas tijeras como imagen central de la campaña electoral. Las utilizó por primera vez en junio de este año, junto al presidente argentino Javier Milei —el hombre de la motosierra—, durante la convención del Partido Liberal en São Paulo.

El temor a un segundo Gobierno bolsonarista quedó representado, durante una manifestación estudiantil en Recife, capital de Pernambuco, en un cartel con la portada del libro considerado la mayor distopía de la literatura brasileña: Não verás país nenhum (No verás ningún país), publicado en 1981 por el escritor Ignácio de Loyola Brandão. La novela cuenta la historia de un país sin árboles —la Amazonia y todos los bosques habrán sido destruidos— y sin democracia.

Para ayudar a la brigada de vanguardia de los estudiantes, Lula contó también con el ejército digital coordinado por el diputado federal André Janones, aliado del partido Rede Sustentabilidade. Por primera vez en Brasil, la izquierda, pese a sus quejas por las manipulaciones de Meta, consiguió construir una red de apoyo en Internet tan poderosa como la histeria digital de la ultraderecha.

Después de una campaña de estilo tradicional en la primera vuelta, los soldados de la izquierda, como se los llamaba, consiguieron presentar a un presidente Lula más conectado con las redes sociales y en combate constante contra el bolsonarismo.

El mando del ejército llevó al presidente Lula incluso a utilizar por primera vez un teléfono móvil para grabar vídeos en modo selfi, lo que contribuyó a las movilizaciones callejeras de los partidos aliados. Un encuentro en formato de live, celebrado el jueves por la noche, también fue importante en la recta final de la carrera electoral, con la participación de 1,5 millones de personas. “Me siento un poco incómodo con esto, pero me está encantando”, dijo Lula. “Hasta me dicen ¡qué mono!, monísimo”.

Con la campaña a la antigua usanza que se llevó a cabo en la primera vuelta, de tono institucional y marcada por una confianza excesiva en la política partidista, probablemente el presidente de Brasil no llegaría con tanta fuerza a este día D de la disputa por su cuarto mandato. El entusiasmo por la nueva estética fue tal que Lula, a sus 80 años, se ha convertido ahora en usuario de un teléfono móvil.

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