Las cosas que perdimos en el fuego

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Desde este lugar donde descanso, en Galicia, un lugar en el que los pinos, robles y eucaliptos bajan por las laderas de los montes hasta el agua, sigo con pena y preocupación la evolución de los incendios, como si el presentido chisporroteo de la resina en las coníferas o el crepitar de los matorrales me mantuviesen en permanente alerta, recordándome que únicamente el desierto no puede arder.

Los altos y estilizados eucaliptos que aquí veo descender hacia donde la mar se funde con la ría son muy distintos de aquellos otros, robustos de tronco y de copa mucho más frondosa que, a la caída de la tarde y de la canícula, recuerdo en el sur de las vacaciones de mi infancia, con el lecho de crujientes aromas de su sombra amenizada por las chicharras y, más tarde, los grillos, donde los gitanos prendían las fogatas junto a sus carromatos al llegar la noche. Y, sin embargo, no recuerdo que hubiera incendios en mi infancia.

Recuerdo, eso sí, el pánico que desataban los temblores de tierra, pero ningún incendio que asolase los campos obligando a las gentes a abandonar sus casas. No quiero decir con esto que no hubiera antes incendios y sí más terremotos: el territorio de los recuerdos es un paraje por el que se han deslizado tan repetidamente los tractores y cortafuegos que organizan las parcelas de nuestra memoria que es difícil distinguir lo que fue verdad y lo que no, lo que ocurrió realmente en el pasado.

La sombra de los árboles es el alma de la tierra. De niña yo soñaba con el amor de algún joven gitano, como aquellos cuyos intensos ojos verdes veía brillar, bajo cejas como pintadas con tizones, a la luz de las hogueras a las que no me estaba permitido acercarme, resguardados todos por el alma de los mismos frondosos eucaliptos.

La voz amada que, desde un punto alejado del mundo hostigado también por los incendios, cruza todo el desierto calcinado hasta posarse, como un Fénix humeante, cada noche en mi almohada, me relata las cosas que también se perdieron en el fuego de su infancia, todo lo consumido; pero me habla también de lo salvado: algún perro muy feo, las herramientas con las que comenzar a reconstruirlo todo de nuevo…

De modo que empujada por la voz que se ha enseñoreado de mi amor y mis noches quisiera yo hoy subir a la castigada región donde nací en Aragón, para abrir un cortafuegos que proteja los pinos y eucaliptos de mi infancia, el bosque adorado en el que descansar aspirando el olor inalterable que despierta los recuerdos, con el aroma penetrante de la felicidad. Porque solo el desierto no se quema, pero huele intensamente el petricor.

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Por Susana Diez de la Cortina Montemayor
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Desde este lugar donde descanso, en Galicia, un lugar en el que los pinos, robles y eucaliptos bajan por las laderas de los montes hasta el agua, sigo con pena y preocupación la evolución de los incendios, como si el presentido chisporroteo de la resina en las coníferas o el crepitar de los matorrales me mantuviesen en permanente alerta, recordándome que únicamente el desierto no puede arder.

Los altos y estilizados eucaliptos que aquí veo descender hacia donde la mar se funde con la ría son muy distintos de aquellos otros, robustos de tronco y de copa mucho más frondosa que, a la caída de la tarde y de la canícula, recuerdo en el sur de las vacaciones de mi infancia, con el lecho de crujientes aromas de su sombra amenizada por las chicharras y, más tarde, los grillos, donde los gitanos prendían las fogatas junto a sus carromatos al llegar la noche. Y, sin embargo, no recuerdo que hubiera incendios en mi infancia.

Recuerdo, eso sí, el pánico que desataban los temblores de tierra, pero ningún incendio que asolase los campos obligando a las gentes a abandonar sus casas. No quiero decir con esto que no hubiera antes incendios y sí más terremotos: el territorio de los recuerdos es un paraje por el que se han deslizado tan repetidamente los tractores y cortafuegos que organizan las parcelas de nuestra memoria que es difícil distinguir lo que fue verdad y lo que no, lo que ocurrió realmente en el pasado.

La sombra de los árboles es el alma de la tierra. De niña yo soñaba con el amor de algún joven gitano, como aquellos cuyos intensos ojos verdes veía brillar, bajo cejas como pintadas con tizones, a la luz de las hogueras a las que no me estaba permitido acercarme, resguardados todos por el alma de los mismos frondosos eucaliptos.

La voz amada que, desde un punto alejado del mundo hostigado también por los incendios, cruza todo el desierto calcinado hasta posarse, como un Fénix humeante, cada noche en mi almohada, me relata las cosas que también se perdieron en el fuego de su infancia, todo lo consumido; pero me habla también de lo salvado: algún perro muy feo, las herramientas con las que comenzar a reconstruirlo todo de nuevo…

De modo que empujada por la voz que se ha enseñoreado de mi amor y mis noches quisiera yo hoy subir a la castigada región donde nací en Aragón, para abrir un cortafuegos que proteja los pinos y eucaliptos de mi infancia, el bosque adorado en el que descansar aspirando el olor inalterable que despierta los recuerdos, con el aroma penetrante de la felicidad. Porque solo el desierto no se quema, pero huele intensamente el petricor.

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