Medio año de guerra después, Estados Unidos sigue sin estrangular la economía de Irán

“Un día D económico”. El vocabulario de Donald Trump es tan angosto como hiperbólico. La amenaza de este miércoles, sin embargo, entra en una nueva categoría. Irán, decía el presidente estadounidense remitiéndose a aquel 6 de junio de 1944 en el que el desembarco de Normandía cambió el curso de la historia contemporánea, se expone a “la operación económica más destructiva jamás tomada contra ningún país”. Al filo del medio año de ofensiva estadounidense contra Teherán, sin embargo, su economía, aun dañada, está lejos de descarrilar: si una sociedad está acostumbrada a lidiar con décadas de sanciones y autarquía, esa es la persa.

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 El cerco comercial y financiero que Trump quiere intensificar daña a Teherán, pero no hace descarrilar la matriz productiva del régimen. La población civil es la más golpeada  

“Un día D económico”. El vocabulario de Donald Trump es tan angosto como hiperbólico. La amenaza de este miércoles, sin embargo, entra en una nueva categoría. Irán, decía el presidente estadounidense remitiéndose a aquel 6 de junio de 1944 en el que el desembarco de Normandía cambió el curso de la historia contemporánea, se expone a “la operación económica más destructiva jamás tomada contra ningún país”. Al filo del medio año de ofensiva estadounidense contra Teherán, sin embargo, su economía, aun dañada, está lejos de descarrilar: si una sociedad está acostumbrada a lidiar con décadas de sanciones y autarquía, esa es la persa.

Tras décadas de sanciones occidentales, las autoridades iraníes llevaban tiempo preparándose para una economía de resistencia: sustitución de importaciones, dispersión de las centrales eléctricas y una maquinaria engrasada para esquivar las sanciones petroleras, valiéndose de las lecciones recientes del caso ruso, construido a su vez sobre los aprendizajes extraídos de Irán. A saber: una tupida flota fantasma y un mercado negro de crudo especialmente profundo y prolífico en tiempos de escasez global autoimpuesta, como ahora.

“El tiempo es un factor muy importante en esta guerra de resistencia. Y, hasta ahora, Irán ha demostrado una mayor resiliencia que Estados Unidos”, analiza desde Teherán Alam Saleh, profesor titular honorario de Política y Relaciones Internacionales para Irán y Oriente Medio en la Universidad Nacional de Australia.

En marzo, la idea que deslizaban los altos funcionarios iraníes era que tenían munición económica suficiente para resistir hasta un año de guerra. Casi medio año después, la sensación generalizada es que es a Trump a quien más le urge terminar con un conflicto que, con unas elecciones de mitad de mandato a la vuelta de la esquina, ha hundido su popularidad hasta el 33%, el nivel más bajo desde que es presidente y uno de los niveles más bajos con los que un mandatario estadounidense ha concurrido a unos comicios legislativos.

Sobre Irán pesan hoy un profundo embargo comercial y financiero estadounidense. También una milmillonaria congelación de activos, que algunas estimaciones recientes sitúan por encima de los 100.000 millones de dólares (86.000 millones de euros) y cuyo deshielo estuvo encima de la mesa negociadora en los momentos en los que ambas partes parecían más cerca de un verdadero acuerdo de paz. En teoría, el bloqueo naval le impide exportar energía fósil, aunque en la práctica los mecanismos de evasión parecen estar dándole más resultados de lo previsto. Y son muchos los cuadros de la Guardia Revolucionaria y altos mandos del Estado sancionados por terrorismo.

Las finanzas iraníes son una enorme caja negra. Los datos oficiales escasean y son poco fiables, y los que sí lo son, como los del Banco Mundial, están desactualizados: entre marzo de 2025 y marzo de 2026, según sus cifras, el PIB se había contraído un 2,7% respecto al mismo periodo del año anterior. Esa estadística, sin embargo, solo captura una pequeña parte del conflicto, el inicio, y no el periodo más crudo, después de que en abril Washington anunciase su propio cerco sobre el estrecho de Ormuz para evitar que Teherán pudiese vender petróleo y gas, su principal fuente de financiación.

También en primavera, el Fondo Monetario Internacional (FMI) preveía una fuerte caída del 6,1% para el año en curso, que, sin embargo, en julio redujo hasta el 5,4% por el “mejor comportamiento de las exportaciones de petróleo [aunque ha vendido mucho menos, lo ha hecho a precios notablemente superiores] y a una cierta relajación de las restricciones que pesan sobre las exportaciones del país”. Esta última parte está ahora más en el aire que nunca.

Sea del 6% o del 5%, una contracción que sería desastrosa en cualquier otra latitud no parece tan grave para una nación acostumbrada a contundentes recesiones en las últimas décadas. “Hay seguridad alimentaria y el país no depende de importaciones para muchos productos básicos”, añade Saleh por mensaje de voz.

El experto reconoce, eso sí, que “los precios han subido”. Y no poco: la inflación cabalga por encima del 80% interanual, golpeando con particular saña a los colectivos más débiles. El precio de los alimentos se ha disparado aún más: en los últimos 12 meses, se ha más que duplicado, según los últimos datos disponibles.

De la resistencia al desgaste

Farzaneh (nombre ficticio, por temor a represalias), funcionaria pública residente en Teherán, advierte en conversación con EL PAÍS del fuerte deterioro del poder adquisitivo de familias como la suya: “Todo nuestro sueldo se va en gastos cotidianos”. La mujer critica la insuficiencia de las ayudas públicas: las actuales, un millón de tomanes (casi cinco euros al cambio) por persona y mes “equivalen aproximadamente a un kilo de carne o a dos de pollo”. Muchos, dice, han tenido que recortar incluso sus gastos médicos. “No sé cómo vamos a aguantar otros seis meses o un año”.

Su testimonio da cuenta de una realidad común a prácticamente todos los episodios históricos de sanciones económicas: el principal golpe de las cortapisas y —en el caso iraní— del posterior bloqueo marítimo estadounidense, lo ha sufrido sobre todo la población y no el régimen. La ya de por sí maltrecha clase media ha menguado y se ha debilitado, erosionando uno de los principales motores de transformación social. Pero la presión sobre las altas esferas políticas apenas ha aumentado unos puntos: no va mucho más allá de donde estaba antes de que, a principios de año, miles de iraníes tomasen las calles para exigir mejoras en sus condiciones de vida.

Ese fue el momento elegido por Estados Unidos e Israel para bombardear Irán, mientras pedían a los iraníes que se levantasen contra los ayatolás y tomasen el poder. Lejos de darse ese desenlace, ha sucedido más bien lo contrario: justo cuando más débil parecía el régimen, los misiles han hecho que parte de la población se envolviese en la bandera. Nacionalismo exacerbado frente al enemigo común. Efecto bumerán.

. Tampoco resulta descabellado plantear que Estados Unidos e Israel puedan estar a la espera de una nueva ola de protestas, sobre todo si aumenta la presión sobre el sistema energético iraní, que, pese a su aguante, sigue siendo uno de sus grandes talones de Aquiles.

Una eventual subida del precio de la gasolina o, incluso, la introducción de algún tipo de racionamiento del combustible podría convertirse en un nuevo foco de malestar social. El precedente de anteriores protestas por el precio de los carburantes hace que este escenario resulte especialmente sensible, aunque sus consecuencias políticas son, por ahora, difíciles de anticipar.

“Las sanciones no pueden calificarse de fracasadas simplemente porque la economía siga funcionando”, argumenta un experto en finanzas residente en Teherán, bajo condición de anonimato. “Irán opera como una economía de supervivencia, pero la depreciación del rial [la moneda nacional] hace que prácticamente todo se encarezca, reduciendo el poder adquisitivo de los hogares”, escribe por mensaje. “Si la presión se prolonga, Irán podría pasar de una economía de supervivencia a una economía de desgaste”, deteriorando así progresivamente su capacidad productiva.

“Si la presión continúa demasiado tiempo”, añade el director de una empresa de construcción de complejos petroquímicos, residente en Shiraz, “el problema será cada vez menos cuánto petróleo podemos vender y cada vez más las piezas, el mantenimiento, las reparaciones, la inversión y el desgaste de las instalaciones”. Porque Teherán ha demostrado una enorme capacidad para sortear las sanciones, tras años de experiencia en la gestión de sus recursos energéticos y en la búsqueda de rutas comerciales alternativas, pero todo tiene un límite.

Giro en Abu Dabi

A la espera de en qué acciones concretas cristalizará esta enésima ronda de amenazas de Trump, hay un elemento que invita a pensar en un daño mayor del hasta ahora sufrido por Teherán. Y no viene precisamente de la Casa Blanca, sino de un vecino —Emiratos Árabes Unidos— hastiado de recibir misiles iraníes y de tener cerrado Ormuz, el principal cauce por el que fluían sus exportaciones de combustibles fósiles.

El anuncio, el martes por la noche, del fin de los intercambios comerciales y —aún más importante— financieros con la República Islámica es un aldabonazo de las consecuencias hoy por hoy indescifrables que puede generar en su economía. Aunque enemistados por sus tupidos lazos con Occidente, Emiratos Árabes se había convertido en el principal proveedor de Irán y en el tercer destino de sus baqueteadas ventas al exterior, en buena medida para luego ser reexportadas a terceros países.

“Las empresas iraníes llevan décadas construyendo grandes redes comerciales y haciendo contactos en Emiratos Árabes Unidos”, afirma a Bloomberg Cyrus Razzaghi, fundador y máximo responsable de la consultora Ara Enterprise, con sede en Teherán y delegaciones en varias ciudades de Oriente Próximo. “En este sentido, el embargo emiratí puede ser mucho más efectivo y, potencialmente, más dañino que las sanciones estadounidenses y europeas”.

Ni 48 horas después del movimiento de Abu Dabi, el más potente desde la clausura de su embajada en Teherán en marzo, llegaba la advertencia de Trump de “tremendas consecuencias económicas” para todo país que permita a sus instituciones financieras, empresas, aeropuertos o entidades gubernamentales proporcionar “cualquier tipo de tabla de salvación a Irán”.

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