
Hace unas semanas, en las fiestas de Oviedo, varios energúmenos vandalizaron una caseta en la que lucían banderas arcoíris y lemas antirracistas y apalearon a dos activistas al grito de “¡rojos de mierda, arriba España!”. Eso último, no lo anterior, me hace gracia, porque si le quitamos la connotación falangista a la frase, y va siendo hora de resignificarla, da la sensación de que los aporreados quieren que España esté abajo. Y no, de hecho dedican parte de su tiempo libre —ambos tienen trabajos remunerados— a intentar que España esté arriba: en derechos sociales, en vivienda asequible, en servicios públicos, en igualdad… minucias. Eso fue lo que se reivindicó en la manifestación que condenó las agresiones. Aunque éramos miles, solo se escucharon lemas positivos; nadie sintió la necesidad de recordar que en su dieta se incluye la fruta ni se jaleó “a por ellos” o “abajo, España”. Y no puedo hablar por todos, pero doy por sentado que, al igual que yo, quieren que España esté arriba en todo: en los rankings del FMI, en la Nations League y hasta en el Campeonato de dardos de Fráncfort.
“Acabo de ver la película, arriba España, hijo de la gran puta”, le escribió a Miguel Bernardeau un supuesto espectador de ‘La bola negra’, a pesar de que en lo arriba que está el país influye más el buen trabajo de Bernardeau que el resentimiento de un cenutrio anónimo
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“Acabo de ver la película, arriba España, hijo de la gran puta”, le escribió a Miguel Bernardeau un supuesto espectador de ‘La bola negra’, a pesar de que en lo arriba que está el país influye más el buen trabajo de Bernardeau que el resentimiento de un cenutrio anónimo
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Hace unas semanas, en las fiestas de Oviedo, varios energúmenos vandalizaron una caseta en la que lucían banderas arcoíris y lemas antirracistas y apalearon a dos activistas al grito de “¡rojos de mierda, arriba España!”. Eso último, no lo anterior, me hace gracia, porque si le quitamos la connotación falangista a la frase, y va siendo hora de resignificarla, da la sensación de que los aporreados quieren que España esté abajo. Y no, de hecho dedican parte de su tiempo libre —ambos tienen trabajos remunerados— a intentar que España esté arriba: en derechos sociales, en vivienda asequible, en servicios públicos, en igualdad… minucias. Eso fue lo que se reivindicó en la manifestación que condenó las agresiones. Aunque éramos miles, solo se escucharon lemas positivos; nadie sintió la necesidad de recordar que en su dieta se incluye la fruta ni se jaleó “a por ellos” o “abajo, España”. Y no puedo hablar por todos, pero doy por sentado que, al igual que yo, quieren que España esté arriba en todo: en los rankings del FMI, en la Nations League y hasta en el Campeonato de dardos de Fráncfort.
A Miguel Bernardeau le dijeron algo parecido. “Acabo de ver la película, arriba España, hijo de la gran puta”, escribió en su Instagram un supuesto espectador de La bola negra. Lo contó en Al cielo con ella. A Henar Álvarez, más que escandalizarle el exabrupto —hace tiempo que hemos tocado fondo en cuestión de violencia verbal; en cuestión de horas hemos escuchado a dos tertulianas llamar al presidente del Gobierno “cabrón” y “hostiable”—, le sorprendió que alguien vaya ver la película y, al llegar a su casa, se moleste en buscar el Instagram del actor para insultarlo. Tener tiempo libre y poca cabeza es mala combinación.
Al margen de la disonancia entre la agresividad del insulto y una película que reivindica el antibelicismo, el perdón y el amor en general, lo que me rechina es que le digan eso de “arriba España” a alguien que acaba de protagonizar una película que está haciendo una taquilla extraordinaria —lo que repercute en el PIB, uno de los factores que colocan arriba al país—, ha sido premiada en festivales internacionales y con toda seguridad recibirá una saca de nominaciones a los Oscar. Premios que dan prestigio y contribuyen a eso de la “marca España” que tanto se reivindica cuando conviene. Así que igual hay que recordar de vez en cuando que en lo arriba que está España influye más el buen trabajo de gente como Bernardeau que el resentimiento de cualquier cenutrio anónimo.
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