
Hay series discretas, con una producción pequeña, sin alardes ni excesos, con un casting también discreto y que, sin embargo, resultan interesantes, incluso atractivas. Es el caso de Paolo, creada y dirigida por Sébastien Marnier, coguionista de la misma, que, además, es la adaptación libre de su primera novela, Mimí. Es decir, que es un empeño personal de su creador y en la que hay ciertos detalles autobiográficos, por más que la ficción no tiene por qué atenerse a la vida de su autor.
Con un primer episodio impactante de los siete que completan la primera temporada que exhibe HBO Max, es en realidad la historia de una frustración, incluso de varias, y todas ellas las asume su protagonista
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Con un primer episodio impactante de los siete que completan la primera temporada que exhibe HBO Max, es en realidad la historia de una frustración, incluso de varias, y todas ellas las asume su protagonista
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Hay series discretas, con una producción pequeña, sin alardes ni excesos, con un casting también discreto y que, sin embargo, resultan interesantes, incluso atractivas. Es el caso de Paolo, creada y dirigida por Sébastien Marnier, coguionista de la misma, que, además, es la adaptación libre de su primera novela, Mimí. Es decir, que es un empeño personal de su creador y en la que hay ciertos detalles autobiográficos, por más que la ficción no tiene por qué atenerse a la vida de su autor.
Paolo, con un primer episodio impactante de los siete que completan la primera temporada que exhibe HBO Max, es en realidad la historia de una frustración, incluso de varias, y todas ellas las asume su protagonista Paolo da Costa, un miembro de una familia portuguesa emigrada a Francia que, como suele ser habitual, vive en un barrio proletario de la periferia de una gran ciudad y trabaja transportando pianos. Hacinamiento y trabajo duro y mal pagado, la vida cotidiana de la mayor parte de los inmigrantes, los mismos que quieren expulsar los adalides de la pureza de raza como Vox aunque, suponemos, que muchos de sus militantes latifundistas no dejan de utilizarlos para recoger las cosechas con las que seguir disfrutando de un sistema que les permite demonizar a quienes les llenan los bolsillos.
Paolo asiste casualmente a un mitin de Téophane Tolbiac, aspirante a la alcaldía de su lugar de residencia, ese suburbio que tiene municipio propio, y descubre que había sido un compañero del mismo instituto. Ese descubrimiento que, inicialmente, le permitió cambiar de oficio al ser contratado como chófer personal del político, acabó convirtiéndose en una maldición. Paolo, después del primer encuentro con Tolbiac, sólo tiene un deseo: formar parte del núcleo íntimo de su antiguo compañero de colegio. Y a ello se dedica con una intensidad anormal: deja a su novia cuando faltaban semanas para su boda, abandona a su familia, a su barrio, solo vive para Téophane con una obsesión enfermiza… y surgen las frustraciones.
Su anhelo por alcanzar la igualdad en el trato y el aprecio del núcleo duro de su amigo fracasa: es el chófer y sigue siendo el chófer. Su atracción por Tolbiac, posiblemente con componentes sexuales de los que ni él mismo es consciente, resulta decepcionante. Paolo comienza un descenso a los infiernos o, como homenaje a Louis-Ferdinand Céline, su particular viaje al fin de la noche.
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