Sangre nueva para frenar a Trump

James Talarico en Texas, Jon Ossoff en Georgia, Abdul El-Sayed y Donavan McKinney en Michigan, Darializa Ávila Chevalier en Nueva York, Manny Rutinel en Colorado, JoAnna “Jo” Mendoza en Arizona. No solo son algunos de los nombres que más suenan en la carrera por el Congreso; también comparten un dato: tienen menos de 45 años. Quizás no todos ganen la noche del 3 de noviembre, pero todos representan el ansiado recambio generacional del Partido Demócrata.

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 Un nuevo elenco de rostros demócratas ha encontrado un mensaje central: el impagable costo de vida para muchos en Estados Unidos  

James Talarico en Texas, Jon Ossoff en Georgia, Abdul El-Sayed y Donavan McKinney en Michigan, Darializa Ávila Chevalier en Nueva York, Manny Rutinel en Colorado, JoAnna “Jo” Mendoza en Arizona. No solo son algunos de los nombres que más suenan en la carrera por el Congreso; también comparten un dato: tienen menos de 45 años. Quizás no todos ganen la noche del 3 de noviembre, pero todos representan el ansiado recambio generacional del Partido Demócrata.

En las carreras al Senado, sus contrincantes republicanos pertenecen a una generación anterior. Se llaman Ken Paxton (63), Mike Collins (59), Mike Rogers (63): rostros conocidos y gastados en la faena política. Algunos, como Paxton, fiscal general de Texas desde 2015, llegan a la campaña tras sobrevivir a un impeachment por tráfico de influencias y abuso de poder.

Paxton es también el ejemplo de que las líneas que separan a los candidatos demócratas de los republicanos no son solo generacionales o ideológicas, sino también éticas. Pero el elemento generacional es clave. Al inicio del actual Congreso, la edad promedio era de 57,9 años en la Cámara de Representantes y de 63,9 en el Senado.

Por eso aspirantes como Talarico, de 37 años, Ávila Chevalier, de 32, o Rutinel, de 31, son el anuncio de que, después de años de reclamos contra un liderazgo gerontocrático perfectamente encarnado por Nancy Pelosi, Joe Biden, Bernie Sanders y Chuck Schumer, finalmente ha emergido una nueva generación. En la Cámara Baja también hay republicanos jóvenes, como Gabe Evans (40), rival de Rutinel en Colorado. Pero el relevo MAGA no responde a las necesidades de la gente, sino a una orientación ideológica.

A menos de dos semanas de las elecciones legislativas, luce casi seguro que el Partido Demócrata conquiste la Cámara de Representantes. Sin embargo, no es el momento de ajustar cuentas con la vieja guardia. Lo más importante es que la nueva camada de políticos trabaje con los distintos grupos de su partido en un nuevo Congreso capaz de ponerle límites a la era Trump.

Es más fácil decirlo que lograrlo. Para empezar, los demócratas tendrán que subsanar sus divisiones internas. En particular, la que separa a los progresistas, encabezados por Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez, y, más a la izquierda, a los socialistas democráticos, como Zohran Mamdani, del centro pragmático de Schumer y Hakeem Jeffries.

Abdul El-Sayed en Detroit, el 14 de octubre.

Los progresistas y socialistas democráticos reclaman con razón que los pragmáticos se conformaron con su control territorial desde una posición acomodaticia frente al poder corporativo, de espaldas a la clase trabajadora y sin una promesa económica capaz de atraer y movilizar a los jóvenes. Abogan por un sistema de salud para todos, educación gratuita, políticas migratorias menos brutales y mayores impuestos a las corporaciones y los superricos. Es exactamente la agenda contraria a la de Trump, el movimiento MAGA y los grupos plutocráticos y de Big Tech que hoy pululan por la Casa Blanca.

Pero cuando se repara en los mensajes de campaña de los distintos aspirantes demócratas, es fácil ver que han encontrado una agenda común, más allá de cómo se identifiquen en el espectro ideológico. Su mensaje central, que el costo de la vida es impagable, resuena en toda la población.

Mamdani dio en el blanco al ponerlo en el centro de su campaña en 2025, y el partido lo ha adoptado hábilmente junto a la defensa del sistema de salud y de derechos como el aborto y las libertades civiles, la demanda de políticas migratorias menos deshumanizadoras y abusivas, y la denuncia de la corrupción campante en el seno de la Administración.

El efecto Bernie

Es irónico que Sanders, un octogenario independiente, sea el arquitecto de la remontada demócrata. El senador por Vermont ha sido lo suficientemente visionario para apostar más allá de sus propios intereses: dejó atrás sus aspiraciones presidenciales y abrió el camino a la nueva generación.

Así como Mamdani le otorgó un marco político al problema de la asequibilidad de la vivienda y los servicios en Nueva York, los demás candidatos tienen una deuda ética con Sanders y los progresistas por llevar más de una década denunciando sin cansancio el secuestro del sistema político por el gran dinero corporativo y la corrupción que conlleva, y exigiendo que los más adinerados paguen una cuota justa de impuestos.

Esto no implica restarles méritos a Schumer y Jeffries en la creación de un centro amplio.

Lo reconozcan o no, el factor Bernie ha sido una influencia positiva para los demócratas de esta generación, al trazar las coordenadas de lo que es políticamente defendible y lo que es moralmente repudiable. Entre lo segundo está la concentración de dinero y poder corporativo como causa de la desigualdad extrema en Estados Unidos, que se expresa mejor que nada en números: hoy el 1% más rico concentra alrededor de un tercio de la riqueza neta de los hogares estadounidenses, prácticamente lo mismo que todo el 90% que está por debajo.

Bernie Sanders en Texas, el 19 de octubre.

¿Qué hacer con las ganancias?

De manera consistente, las encuestas muestran que los demócratas llevan una ventaja de entre 8 y 12 puntos porcentuales sobre los republicanos en la carrera por la Cámara Baja, a pesar de que una porción del electorado tiene una imagen negativa de ambos partidos. En el Senado, en cambio, las carreras lucen más cerradas y nada está decidido.

La encuesta nacional de Equis sobre el voto latino, publicada el 13 de octubre, encontró la mayor ventaja demócrata del ciclo: 26 puntos. En los distritos competitivos, el apoyo a los demócratas supera ya los niveles de 2022, y la aprobación de Trump entre los latinos se ha desplomado al 30%. Los latinos confían más en los demócratas en economía, costo de la vida, salud y migración. Incluso en seguridad fronteriza, el gran bastión republicano, los dos partidos están empatados.

Entre los demócratas que hoy buscan llegar al Congreso hay latinos de perfiles muy distintos: Ávila Chevalier, socialista democrática que desbancó en las primarias al presidente del Caucus Hispano; Rutinel, economista y abogado; Mendoza, exinstructora de los marines respaldada por los Blue Dogs, la facción centrista del partido; y el cantante Bobby Pulido, quien niega las influencias partidistas y se autodefine como conservador, creyente, defensor de la tenencia de armas y de una frontera resguardada.

Todos, sin embargo, comparten la misma preocupación por las dificultades económicas de sus votantes y por su acceso a servicios y seguros de salud, y rechazan el impacto que las redadas del ICE han tenido en las comunidades latinas.

Pese a las buenas perspectivas de las candidaturas demócratas, no hay nada seguro hasta que se cuenten los votos. Y Trump, quien ha remontado las cuestas más difíciles de la política estadounidense durante una década, lo sabe mejor que nadie.

El presidente llega con los peores números de su carrera política: lo persigue una inflación que no cede y una guerra con Irán que ha disparado los precios del combustible y la energía, y está rodeado de escándalos de corrupción. Con una aprobación que apenas supera el 30%, es directamente un presidente impopular.

Pero, como se ha visto en el maratón de campaña de las últimas semanas, Trump está dispuesto a ir hasta el último confín y a gastar buena parte del cofre de guerra republicano. En su gira descalifica a los demócratas llamándolos comunistas, terroristas, extremistas, yihadistas. Apela a fantasmas familiares en la historia estadounidense porque es un truco que antes le ha funcionado. A estas alturas, puede que el truco se haya agotado.

Ni siquiera los más de 350 millones de dólares que Elon Musk ha volcado en este ciclo para sostener a los republicanos podrían revertir la tendencia a favor de los demócratas. Aun así, Trump todavía puede dar sorpresas, como lo hizo el 6 de enero de 2021. Las encuestas se han equivocado espectacularmente en el pasado. Pero cuesta no creer que habrá una ganancia neta de los demócratas respecto de las dos últimas elecciones.

Una pregunta crítica es qué hacer con ese capital político y cómo administrarlo para que no se desgaste, como suele ocurrir en cada ciclo legislativo. Con Trump en la Casa Blanca, los demócratas no podrán gobernar desde el Congreso: la mayoría de sus iniciativas morirá en el escritorio del presidente. Pero sí pueden fijar la agenda y obligarlo a pagar el costo de cada veto.

Sus primeros 100 días deberían ir al corazón de las demandas ciudadanas. Primero, leyes para proteger los seguros de salud (Obamacare y Medicaid), permitir la negociación pública del precio de los medicamentos y subsidiar el cuidado infantil y de los mayores. Segundo, atender el costo de la vida, empezando por la vivienda, con un amplio plan de construcción de viviendas asequibles e incentivos para bajar los alquileres. Tercero, presionar por el fin de la guerra con Irán y de la guerra de Rusia contra Ucrania para estabilizar y disminuir los precios de la energía a nivel global, y por la paz misma.

Por último, contener la cacería indiscriminada de inmigrantes. El ICE tiene su financiamiento asegurado hasta 2029, pero al Congreso le queda el poder de investigar: audiencias, citaciones y la exposición pública de cada abuso. Todo esto debe hacerse con una clara asignación de responsabilidades: quién generó y elevó los costos, y quién intentó bajarlos.

Otra cosa: su triunfo sería el resultado de una confluencia virtuosa de todas sus corrientes y exigiría mantener la negociación entre las facciones. No sería nada productivo que los socialistas quisieran llevar adelante otro impeachment contra Trump mientras los pragmáticos prefieren concentrarse en los problemas más urgentes.

Tampoco deberían olvidar que, si el Partido Demócrata conquista de nuevo el Congreso, así sea solo la Cámara de Representantes, se deberá al impulso de una nueva generación. Hay que abrirle espacio para que se produzca el relevo de la vieja guardia.

Si los demócratas logran hacer sentir a las clases media y trabajadora que están de su lado, con hechos y no solo con promesas de campaña, tendrán la mitad del camino allanado hacia la Casa Blanca. Pero la calidad de su candidato o candidata será la otra mitad.

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