Javier Godó recibió el martes el reconocimiento Hall of Fame de la revista ‘Forbes’ en homenaje a su trayectoria al frente de ‘La Vanguardia’ y del Grupo Godó. Hay dos detalles de esta misma semana que sirven para entender lo que Javier es y representa: el primero es que estos días, cuando le hemos llamado para felicitarle, su tema de conversación no eran sus logros del pasado sino lo contento que está con Francesc Cano, el nuevo director que su hijo Carlos ha fichado para RAC1. En lugar de estar receloso, o desconectado, se sabe todo de él, ha hablado más que nadie con él, ha detectado que sabe de radio y está contento porque ha potenciado a la redacción mandando a Jordi Basté a cubrir las elecciones en Israel y a un enviado especial a París en previsión de los altercados que volverán a incendiar la ciudad el sábado. A sus 84 años, podría Javier ni saber quién es el director de su radio y delegar esta área del negocio a su hijo. Pero no sólo sabe quién es Francesc, y por qué le gusta, sino que lo ha hecho completamente suyo y es su tema preferido de conversación.El segundo detalle es que en esta campaña electoral, el único periódico que podrá entrevistar a los cuatro candidatos -Sánchez, Abascal, Feijóo y Colau- será ‘La Vanguardia’, porque todo el mundo entiende que es el medio de comunicación más útil para dirigirse a los catalanes. Tantas veces se ha dicho que ‘La Vanguardia’ es el periódico del Gobierno y no es exacto. Juan Tapia fue director durante la mitad de la presidencia Aznar, y durante 13 de los 23 años que Pujol fue presidente. José Antich, con el presidente Rajoy, casi declara la independencia él mismo, sin esperar a Puigdemont. Si alguien cree que Javier va a cambiar a Jordi Juan en el caso de que Feijóo sea «por fin» presidente, confunde su prisa con la realidad.Esta independencia, además, ha estado a prueba de las más grotescas circunstancias, por la obsesión que muchos políticos han tenido por controlar el periódico. Cuando todavía Lluís Prenafeta era la mano derecha de Pujol, tuvo con Javier uno de sus habituales encontronazos. La conversación fue a finales de junio. Javier, de un modo expresamente discreto, había reservado a través de la agencia de viajes de ‘La Vanguardia’ unos días en Grecia. Al despedirse -la conversación no acabó con acuerdo pero sí con menos enfado de cómo había empezado- Prenafeta le dijo: «Bueno Javier. Ya hablaremos en septiembre. Que te vaya bien por Grecia». Junto con enfadarse porque Lluís supiera lo de su viaje «secreto», Javier se dio cuenta de que Prenafeta tenía un topo en ‘La Vanguardia’, que resultó ser Carlos Fajardo, al que acabó destituyendo, aunque sin explicar los motivos, porque los condes nunca dan explicaciones -y menos las verdaderas.’La Vanguardia’ no es el periódico del Gobierno. Es el periódico del poder, pero no del poder de los que mandan, sino del poder que tiene su editor para convertirla en el periódico que más influye en su comunidad de lectores. Luego, que esto es muy tentador para los gobernantes, es tan innegable como que Javier sabe cómo administrar esta tentación en favor de sus legítimos intereses empresariales.Pero siempre dentro de un límite, y de un límite claro, porque algo que distingue no sólo a Javier sino a los Godó en general es el instinto de la propiedad. A finales de los años sesenta, Laureano López Rodó explicó a Carlos Godó, padre de Javier, su voluntad de crear una edición madrileña de ‘La Vanguardia’. La fórmula que el ministro había pensado es que los Godó conservaran el 100% de la edición catalana y que en Madrid se constituyera una sociedad al 50% entre los amigos de López Rodó y los Godó. A don Carlos le horrorizaba la idea de compartir, aunque sólo fuera en Madrid, la propiedad de ‘La Vanguardia’, pero tampoco quería decirle que no a López Rodó. De modo que se fue a dar una vuelta al mundo que duró seis meses, tiempo suficiente para que el todopoderoso ministro llamara, se sulfurara al no obtener respuesta, y finalmente se calmara y olvidara su sociedad madrileña. Sin tener que decir que no y sin renunciar a nada, los Godó continuaban siendo los únicos propietarios de ‘La Vanguardia’. Con Mario Conde se bordeó el drama de una manera incluso más agónica, pero entre La Caixa y Polanco, y el instinto de propiedad de Javier, se salvó una vez más la integridad de la empresa.Lo de Mario Conde fue un gran susto pero no era la primera vez que Javier no lo tenía fácil. Su padre era duro con él, mucho más de lo que él pueda ser con su hijo, y está el hecho añadido de que los condes de Godó no acaban de encontrar su lugar y su dimensión hasta que acceden al cargo y al título de manera plenipotenciaria. El tipo de conde de Godó que Javier es, y el tipo de editor, lo ha ido construyendo con el tiempo y no era tan previsible. Su personalidad se ha ido amoldando a su responsabilidad, y a la vez su manera de ser ha moldeado a ‘La Vanguardia’ y a las empresas del grupo hasta convertirlas en lo que son. Ha habido una fusión entre la vida íntima y la profesional. No hay un Javier privado y otro público. Hay un solo Javier que vive y se expresa a través de lo que representa. Cada día acude a su despacho, cada almuerzo -aunque sea con amigos- es de trabajo, y no hay ningún escenario en el que se comporte como si no fuera quien es.Esto es importante porque, junto con las satisfacciones, ser editor de ‘La Vanguardia’ le ha causado grandes disgustos. No se puede explicar la trayectoria de Javier sin hablar de sus momentos de soledad y de tristeza. Algunos de sus más queridos amigos han sido brutalmente destripados en la portada de su periódico cuando el director ha considerado que era informativamente relevante explicarlo de aquella manera. Javier se ha sacrificado por el periodismo. Ha perdido amigos y se ha ganado enemigos cuando una llamada habría bastado para cambiar los titulares y hasta hacerlos desaparecer. No es algo que él haga. Sus directores le han tenido siempre en cuenta pero han sido libres para hacer el periódico de cada día según su criterio. Para un conde cuya vida social no es menor, ni poco vistosa, esto tiene un mérito añadido. Hay que tener una valentía no muy frecuente en estos días.También esta valentía, y su gran pragmatismo y sentido del humor, le permiten vivir sin rencor. Las cosas que le duelen, le dejan de doler, y sobre todo si el causante del daño se disculpa. Javier odia el conflicto y no le cuesta perdonar. Cuando pienso en las cosas que de joven le escribí me inclino ante su grandeza porque sólo desde una gran superioridad se pueden olvidar aquellas ofensas. Perdonar es lo divino y errar a veces, suele ser humano. Javier sabe que al final de cada día tenemos que preguntarnos si hemos usado bien nuestra energía y nuestra luz, y que odiar requiere la misma fuerza que querer y además es estéril.Él ha conseguido que en Cataluña, lo que acaba siendo importante sea lo que ha publicado ‘La Vanguardia’. Y que en el conjunto de España, cuando personas de tan diversas convicciones abordan el «problema catalán» y llegan a muy distintas conclusiones, todos se ponen de acuerdo en que si quieren darlas a conocer, las tienen que explicar en ‘La Vanguardia’. El reconocimiento de Forbes a una trayectoria podría parecer pre póstumo en alguien de 84 años y que ya no necesita demostrar nada. Pero la velada, que tuvo lugar en la Casa Forbes de Madrid, fue de alto nivel y acabó tarde. No sé si alguien cree que al día siguiente Javier no fue a trabajar. Javier Godó recibió el martes el reconocimiento Hall of Fame de la revista ‘Forbes’ en homenaje a su trayectoria al frente de ‘La Vanguardia’ y del Grupo Godó. Hay dos detalles de esta misma semana que sirven para entender lo que Javier es y representa: el primero es que estos días, cuando le hemos llamado para felicitarle, su tema de conversación no eran sus logros del pasado sino lo contento que está con Francesc Cano, el nuevo director que su hijo Carlos ha fichado para RAC1. En lugar de estar receloso, o desconectado, se sabe todo de él, ha hablado más que nadie con él, ha detectado que sabe de radio y está contento porque ha potenciado a la redacción mandando a Jordi Basté a cubrir las elecciones en Israel y a un enviado especial a París en previsión de los altercados que volverán a incendiar la ciudad el sábado. A sus 84 años, podría Javier ni saber quién es el director de su radio y delegar esta área del negocio a su hijo. Pero no sólo sabe quién es Francesc, y por qué le gusta, sino que lo ha hecho completamente suyo y es su tema preferido de conversación.El segundo detalle es que en esta campaña electoral, el único periódico que podrá entrevistar a los cuatro candidatos -Sánchez, Abascal, Feijóo y Colau- será ‘La Vanguardia’, porque todo el mundo entiende que es el medio de comunicación más útil para dirigirse a los catalanes. Tantas veces se ha dicho que ‘La Vanguardia’ es el periódico del Gobierno y no es exacto. Juan Tapia fue director durante la mitad de la presidencia Aznar, y durante 13 de los 23 años que Pujol fue presidente. José Antich, con el presidente Rajoy, casi declara la independencia él mismo, sin esperar a Puigdemont. Si alguien cree que Javier va a cambiar a Jordi Juan en el caso de que Feijóo sea «por fin» presidente, confunde su prisa con la realidad.Esta independencia, además, ha estado a prueba de las más grotescas circunstancias, por la obsesión que muchos políticos han tenido por controlar el periódico. Cuando todavía Lluís Prenafeta era la mano derecha de Pujol, tuvo con Javier uno de sus habituales encontronazos. La conversación fue a finales de junio. Javier, de un modo expresamente discreto, había reservado a través de la agencia de viajes de ‘La Vanguardia’ unos días en Grecia. Al despedirse -la conversación no acabó con acuerdo pero sí con menos enfado de cómo había empezado- Prenafeta le dijo: «Bueno Javier. Ya hablaremos en septiembre. Que te vaya bien por Grecia». Junto con enfadarse porque Lluís supiera lo de su viaje «secreto», Javier se dio cuenta de que Prenafeta tenía un topo en ‘La Vanguardia’, que resultó ser Carlos Fajardo, al que acabó destituyendo, aunque sin explicar los motivos, porque los condes nunca dan explicaciones -y menos las verdaderas.’La Vanguardia’ no es el periódico del Gobierno. Es el periódico del poder, pero no del poder de los que mandan, sino del poder que tiene su editor para convertirla en el periódico que más influye en su comunidad de lectores. Luego, que esto es muy tentador para los gobernantes, es tan innegable como que Javier sabe cómo administrar esta tentación en favor de sus legítimos intereses empresariales.Pero siempre dentro de un límite, y de un límite claro, porque algo que distingue no sólo a Javier sino a los Godó en general es el instinto de la propiedad. A finales de los años sesenta, Laureano López Rodó explicó a Carlos Godó, padre de Javier, su voluntad de crear una edición madrileña de ‘La Vanguardia’. La fórmula que el ministro había pensado es que los Godó conservaran el 100% de la edición catalana y que en Madrid se constituyera una sociedad al 50% entre los amigos de López Rodó y los Godó. A don Carlos le horrorizaba la idea de compartir, aunque sólo fuera en Madrid, la propiedad de ‘La Vanguardia’, pero tampoco quería decirle que no a López Rodó. De modo que se fue a dar una vuelta al mundo que duró seis meses, tiempo suficiente para que el todopoderoso ministro llamara, se sulfurara al no obtener respuesta, y finalmente se calmara y olvidara su sociedad madrileña. Sin tener que decir que no y sin renunciar a nada, los Godó continuaban siendo los únicos propietarios de ‘La Vanguardia’. Con Mario Conde se bordeó el drama de una manera incluso más agónica, pero entre La Caixa y Polanco, y el instinto de propiedad de Javier, se salvó una vez más la integridad de la empresa.Lo de Mario Conde fue un gran susto pero no era la primera vez que Javier no lo tenía fácil. Su padre era duro con él, mucho más de lo que él pueda ser con su hijo, y está el hecho añadido de que los condes de Godó no acaban de encontrar su lugar y su dimensión hasta que acceden al cargo y al título de manera plenipotenciaria. El tipo de conde de Godó que Javier es, y el tipo de editor, lo ha ido construyendo con el tiempo y no era tan previsible. Su personalidad se ha ido amoldando a su responsabilidad, y a la vez su manera de ser ha moldeado a ‘La Vanguardia’ y a las empresas del grupo hasta convertirlas en lo que son. Ha habido una fusión entre la vida íntima y la profesional. No hay un Javier privado y otro público. Hay un solo Javier que vive y se expresa a través de lo que representa. Cada día acude a su despacho, cada almuerzo -aunque sea con amigos- es de trabajo, y no hay ningún escenario en el que se comporte como si no fuera quien es.Esto es importante porque, junto con las satisfacciones, ser editor de ‘La Vanguardia’ le ha causado grandes disgustos. No se puede explicar la trayectoria de Javier sin hablar de sus momentos de soledad y de tristeza. Algunos de sus más queridos amigos han sido brutalmente destripados en la portada de su periódico cuando el director ha considerado que era informativamente relevante explicarlo de aquella manera. Javier se ha sacrificado por el periodismo. Ha perdido amigos y se ha ganado enemigos cuando una llamada habría bastado para cambiar los titulares y hasta hacerlos desaparecer. No es algo que él haga. Sus directores le han tenido siempre en cuenta pero han sido libres para hacer el periódico de cada día según su criterio. Para un conde cuya vida social no es menor, ni poco vistosa, esto tiene un mérito añadido. Hay que tener una valentía no muy frecuente en estos días.También esta valentía, y su gran pragmatismo y sentido del humor, le permiten vivir sin rencor. Las cosas que le duelen, le dejan de doler, y sobre todo si el causante del daño se disculpa. Javier odia el conflicto y no le cuesta perdonar. Cuando pienso en las cosas que de joven le escribí me inclino ante su grandeza porque sólo desde una gran superioridad se pueden olvidar aquellas ofensas. Perdonar es lo divino y errar a veces, suele ser humano. Javier sabe que al final de cada día tenemos que preguntarnos si hemos usado bien nuestra energía y nuestra luz, y que odiar requiere la misma fuerza que querer y además es estéril.Él ha conseguido que en Cataluña, lo que acaba siendo importante sea lo que ha publicado ‘La Vanguardia’. Y que en el conjunto de España, cuando personas de tan diversas convicciones abordan el «problema catalán» y llegan a muy distintas conclusiones, todos se ponen de acuerdo en que si quieren darlas a conocer, las tienen que explicar en ‘La Vanguardia’. El reconocimiento de Forbes a una trayectoria podría parecer pre póstumo en alguien de 84 años y que ya no necesita demostrar nada. Pero la velada, que tuvo lugar en la Casa Forbes de Madrid, fue de alto nivel y acabó tarde. No sé si alguien cree que al día siguiente Javier no fue a trabajar.
Javier Godó recibió el martes el reconocimiento Hall of Fame de la revista ‘Forbes’ en homenaje a su trayectoria al frente de ‘La Vanguardia’ y del Grupo Godó. Hay dos detalles de esta misma semana que sirven para entender lo que Javier es y representa: … el primero es que estos días, cuando le hemos llamado para felicitarle, su tema de conversación no eran sus logros del pasado sino lo contento que está con Francesc Cano, el nuevo director que su hijo Carlos ha fichado para RAC1. En lugar de estar receloso, o desconectado, se sabe todo de él, ha hablado más que nadie con él, ha detectado que sabe de radio y está contento porque ha potenciado a la redacción mandando a Jordi Basté a cubrir las elecciones en Israel y a un enviado especial a París en previsión de los altercados que volverán a incendiar la ciudad el sábado. A sus 84 años, podría Javier ni saber quién es el director de su radio y delegar esta área del negocio a su hijo. Pero no sólo sabe quién es Francesc, y por qué le gusta, sino que lo ha hecho completamente suyo y es su tema preferido de conversación.
El segundo detalle es que en esta campaña electoral, el único periódico que podrá entrevistar a los cuatro candidatos -Sánchez, Abascal, Feijóo y Colau- será ‘La Vanguardia’, porque todo el mundo entiende que es el medio de comunicación más útil para dirigirse a los catalanes.
Tantas veces se ha dicho que ‘La Vanguardia’ es el periódico del Gobierno y no es exacto. Juan Tapia fue director durante la mitad de la presidencia Aznar, y durante 13 de los 23 años que Pujol fue presidente. José Antich, con el presidente Rajoy, casi declara la independencia él mismo, sin esperar a Puigdemont. Si alguien cree que Javier va a cambiar a Jordi Juan en el caso de que Feijóo sea «por fin» presidente, confunde su prisa con la realidad.
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Esta independencia, además, ha estado a prueba de las más grotescas circunstancias, por la obsesión que muchos políticos han tenido por controlar el periódico. Cuando todavía Lluís Prenafeta era la mano derecha de Pujol, tuvo con Javier uno de sus habituales encontronazos. La conversación fue a finales de junio. Javier, de un modo expresamente discreto, había reservado a través de la agencia de viajes de ‘La Vanguardia’ unos días en Grecia. Al despedirse -la conversación no acabó con acuerdo pero sí con menos enfado de cómo había empezado- Prenafeta le dijo: «Bueno Javier. Ya hablaremos en septiembre. Que te vaya bien por Grecia». Junto con enfadarse porque Lluís supiera lo de su viaje «secreto», Javier se dio cuenta de que Prenafeta tenía un topo en ‘La Vanguardia’, que resultó ser Carlos Fajardo, al que acabó destituyendo, aunque sin explicar los motivos, porque los condes nunca dan explicaciones -y menos las verdaderas.
‘La Vanguardia’ no es el periódico del Gobierno. Es el periódico del poder, pero no del poder de los que mandan, sino del poder que tiene su editor para convertirla en el periódico que más influye en su comunidad de lectores. Luego, que esto es muy tentador para los gobernantes, es tan innegable como que Javier sabe cómo administrar esta tentación en favor de sus legítimos intereses empresariales.
Pero siempre dentro de un límite, y de un límite claro, porque algo que distingue no sólo a Javier sino a los Godó en general es el instinto de la propiedad. A finales de los años sesenta, Laureano López Rodó explicó a Carlos Godó, padre de Javier, su voluntad de crear una edición madrileña de ‘La Vanguardia’. La fórmula que el ministro había pensado es que los Godó conservaran el 100% de la edición catalana y que en Madrid se constituyera una sociedad al 50% entre los amigos de López Rodó y los Godó. A don Carlos le horrorizaba la idea de compartir, aunque sólo fuera en Madrid, la propiedad de ‘La Vanguardia’, pero tampoco quería decirle que no a López Rodó. De modo que se fue a dar una vuelta al mundo que duró seis meses, tiempo suficiente para que el todopoderoso ministro llamara, se sulfurara al no obtener respuesta, y finalmente se calmara y olvidara su sociedad madrileña. Sin tener que decir que no y sin renunciar a nada, los Godó continuaban siendo los únicos propietarios de ‘La Vanguardia’. Con Mario Conde se bordeó el drama de una manera incluso más agónica, pero entre La Caixa y Polanco, y el instinto de propiedad de Javier, se salvó una vez más la integridad de la empresa.
Lo de Mario Conde fue un gran susto pero no era la primera vez que Javier no lo tenía fácil. Su padre era duro con él, mucho más de lo que él pueda ser con su hijo, y está el hecho añadido de que los condes de Godó no acaban de encontrar su lugar y su dimensión hasta que acceden al cargo y al título de manera plenipotenciaria. El tipo de conde de Godó que Javier es, y el tipo de editor, lo ha ido construyendo con el tiempo y no era tan previsible. Su personalidad se ha ido amoldando a su responsabilidad, y a la vez su manera de ser ha moldeado a ‘La Vanguardia’ y a las empresas del grupo hasta convertirlas en lo que son. Ha habido una fusión entre la vida íntima y la profesional. No hay un Javier privado y otro público. Hay un solo Javier que vive y se expresa a través de lo que representa. Cada día acude a su despacho, cada almuerzo -aunque sea con amigos- es de trabajo, y no hay ningún escenario en el que se comporte como si no fuera quien es.
Esto es importante porque, junto con las satisfacciones, ser editor de ‘La Vanguardia’ le ha causado grandes disgustos. No se puede explicar la trayectoria de Javier sin hablar de sus momentos de soledad y de tristeza. Algunos de sus más queridos amigos han sido brutalmente destripados en la portada de su periódico cuando el director ha considerado que era informativamente relevante explicarlo de aquella manera. Javier se ha sacrificado por el periodismo. Ha perdido amigos y se ha ganado enemigos cuando una llamada habría bastado para cambiar los titulares y hasta hacerlos desaparecer. No es algo que él haga. Sus directores le han tenido siempre en cuenta pero han sido libres para hacer el periódico de cada día según su criterio. Para un conde cuya vida social no es menor, ni poco vistosa, esto tiene un mérito añadido. Hay que tener una valentía no muy frecuente en estos días.
También esta valentía, y su gran pragmatismo y sentido del humor, le permiten vivir sin rencor. Las cosas que le duelen, le dejan de doler, y sobre todo si el causante del daño se disculpa. Javier odia el conflicto y no le cuesta perdonar. Cuando pienso en las cosas que de joven le escribí me inclino ante su grandeza porque sólo desde una gran superioridad se pueden olvidar aquellas ofensas. Perdonar es lo divino y errar a veces, suele ser humano. Javier sabe que al final de cada día tenemos que preguntarnos si hemos usado bien nuestra energía y nuestra luz, y que odiar requiere la misma fuerza que querer y además es estéril.
Él ha conseguido que en Cataluña, lo que acaba siendo importante sea lo que ha publicado ‘La Vanguardia’. Y que en el conjunto de España, cuando personas de tan diversas convicciones abordan el «problema catalán» y llegan a muy distintas conclusiones, todos se ponen de acuerdo en que si quieren darlas a conocer, las tienen que explicar en ‘La Vanguardia’. El reconocimiento de Forbes a una trayectoria podría parecer pre póstumo en alguien de 84 años y que ya no necesita demostrar nada. Pero la velada, que tuvo lugar en la Casa Forbes de Madrid, fue de alto nivel y acabó tarde. No sé si alguien cree que al día siguiente Javier no fue a trabajar.
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