Hay pocas formas más genuinamente barcelonesas de ejercer de turista en la propia ciudad que acercarse al mar sin necesidad de ponerse el bañador. Pasear por el Port Vell, observar el incesante ir y venir de visitantes camino o de vuelta de la Barceloneta y sentarse después frente a los amarres constituye uno de esos pequeños lujos cotidianos que, por cercanos, a veces pasan inadvertidos. El restaurante Brisa, instalado desde 2020 en los bajos del Palau de Mar, número 1, invita precisamente a recuperar esa mirada.Su nombre funciona casi como declaración de intenciones . Brisa es ese aire suave que llega del Mediterráneo, refresca las tardes estivales y recuerda que Barcelona continúa siendo, pese a todo, una ciudad volcada al mar. El establecimiento, impulsado por la familia Mitats, pretende trasladar esa sencillez a la cocina a partir de una carta integrada por pescado de lonja, verduras de temporada, arroces, producto de proximidad y el sabor de la brasa; buen producto sin demasiados artificios.El escenario ayuda . Grandes ventanales abren el comedor hacia el puerto y convierten las mesas en discretos observatorios de la variopinta fauna turística barcelonesa. Por delante desfilan quienes regresan de las playas de la Barceloneta, quienes comienzan allí su descubrimiento de la ciudad, familias, cruceristas, ciclistas y barceloneses que simplemente han decidido regalarse unas horas de vacaciones sin salir de casa. Tal es el espectáculo que resulta el enclave ideal para comer solo.Un jardín junto al marLa vegetación es otra de las señas de identidad de Brisa. El arquitecto Dani Freixes, Premio Nacional de Diseño y Arquitectura, concibió el restaurante como una suerte de «jardín mediterráneo junto al mar» . Brezo, abundantes plantas y un olivar central dominan una terraza en la que las fronteras entre interior y exterior se diluyen. Maderas, fibras naturales y una iluminación contenida completan una atmósfera que cambia a medida que avanza el día, ya que es luminosa y despreocupada durante el almuerzo y más íntima cuando cae la noche sobre los barcos atracados en el Port Vell. La cocina mantiene ese mismo registro mediterráneo, al igual que el trato cercano y profesional del personal bajo la dirección del romano Stefano. Para empezar, aparecen propuestas como las croquetas de gambas al ajillo, las cigalas gratinadas con alioli o un pulpo a la brasa con parmentier, platos reconocibles que buscan dejar hablar al producto antes que imponerle demasiadas piruetas culinarias. Muy recomendable para arrancar el ágape para compartir es el sashimi de pez limón, el montadito de steak tartar de solomillo de vaca y aceite de arbequina, las almejas al carbón con tomate, guindilla y albahaca y el sorprendente taco de pez espada , servido jugoso.Pero son los arroces los que reclaman mayor protagonismo. La carta recorre desde la clásica paella marinera hasta una singular Paella Brisa, donde el marisco comparte protagonismo con un muslo de pollo marinado y torreznos . La casa reivindica para ellos fondos trabajados y precisión en el punto de cocción, dos requisitos sin los cuales un arroz junto al Mediterráneo corre el riesgo de quedarse únicamente en postal. El final dulce tampoco se externaliza. La repostería se prepara en el propio restaurante y entre sus propuestas destaca el pastel de queso que encuentra un equilibrio entre acidez y dulzor que resulta particularmente agradecido después de una comida marinera, o coulant de té matcha y chocolate blanco acompañado de un helado. El ágape se puede maridar con la extensa bodega del establecimiento y también con una carta de cócteles, desde los clásicos, como el Paloma, a otras creaciones propias como el Brisa, a base de vodka Grey Goose, Savoia Orancio, zumo de higo chumbo, naranja, sirope de vainilla y brisa del Mediterráneo.Vacaciones sin abandonar BarcelonaBrisa resulta especialmente apropiado para cualquier día en el que los barceloneses se permiten comportarse como si se estuvieran de viaje . Se puede comenzar caminando junto a la Barceloneta, desviarse hacia el Moll de la Fusta, contemplar los barcos y terminar compartiendo un arroz frente al puerto. Después quedará decidir si regresar hacia el centro por las Ramblas o prolongar la jornada junto al litoral.Ahí reside buena parte del atractivo del restaurante, porque puede convertir un enclave intensamente turístico en una pequeña escapada para el público local . Porque viajar no siempre exige coger un avión. A veces basta con mirar la ciudad desde otro ángulo, concederse una sobremesa larga y dejar que entre por la ventana esa brisa que da nombre al local. El precio medio se mueve entre 40 y 50 euros por comensal. Brisa abre todos los días desde las 11 horas, hasta medianoche de domingo a jueves y hasta las 00.30 horas los viernes y sábados, en la Plaça de Pau Vila, 1, en el Palau de Mar. Hay pocas formas más genuinamente barcelonesas de ejercer de turista en la propia ciudad que acercarse al mar sin necesidad de ponerse el bañador. Pasear por el Port Vell, observar el incesante ir y venir de visitantes camino o de vuelta de la Barceloneta y sentarse después frente a los amarres constituye uno de esos pequeños lujos cotidianos que, por cercanos, a veces pasan inadvertidos. El restaurante Brisa, instalado desde 2020 en los bajos del Palau de Mar, número 1, invita precisamente a recuperar esa mirada.Su nombre funciona casi como declaración de intenciones . Brisa es ese aire suave que llega del Mediterráneo, refresca las tardes estivales y recuerda que Barcelona continúa siendo, pese a todo, una ciudad volcada al mar. El establecimiento, impulsado por la familia Mitats, pretende trasladar esa sencillez a la cocina a partir de una carta integrada por pescado de lonja, verduras de temporada, arroces, producto de proximidad y el sabor de la brasa; buen producto sin demasiados artificios.El escenario ayuda . Grandes ventanales abren el comedor hacia el puerto y convierten las mesas en discretos observatorios de la variopinta fauna turística barcelonesa. Por delante desfilan quienes regresan de las playas de la Barceloneta, quienes comienzan allí su descubrimiento de la ciudad, familias, cruceristas, ciclistas y barceloneses que simplemente han decidido regalarse unas horas de vacaciones sin salir de casa. Tal es el espectáculo que resulta el enclave ideal para comer solo.Un jardín junto al marLa vegetación es otra de las señas de identidad de Brisa. El arquitecto Dani Freixes, Premio Nacional de Diseño y Arquitectura, concibió el restaurante como una suerte de «jardín mediterráneo junto al mar» . Brezo, abundantes plantas y un olivar central dominan una terraza en la que las fronteras entre interior y exterior se diluyen. Maderas, fibras naturales y una iluminación contenida completan una atmósfera que cambia a medida que avanza el día, ya que es luminosa y despreocupada durante el almuerzo y más íntima cuando cae la noche sobre los barcos atracados en el Port Vell. La cocina mantiene ese mismo registro mediterráneo, al igual que el trato cercano y profesional del personal bajo la dirección del romano Stefano. Para empezar, aparecen propuestas como las croquetas de gambas al ajillo, las cigalas gratinadas con alioli o un pulpo a la brasa con parmentier, platos reconocibles que buscan dejar hablar al producto antes que imponerle demasiadas piruetas culinarias. Muy recomendable para arrancar el ágape para compartir es el sashimi de pez limón, el montadito de steak tartar de solomillo de vaca y aceite de arbequina, las almejas al carbón con tomate, guindilla y albahaca y el sorprendente taco de pez espada , servido jugoso.Pero son los arroces los que reclaman mayor protagonismo. La carta recorre desde la clásica paella marinera hasta una singular Paella Brisa, donde el marisco comparte protagonismo con un muslo de pollo marinado y torreznos . La casa reivindica para ellos fondos trabajados y precisión en el punto de cocción, dos requisitos sin los cuales un arroz junto al Mediterráneo corre el riesgo de quedarse únicamente en postal. El final dulce tampoco se externaliza. La repostería se prepara en el propio restaurante y entre sus propuestas destaca el pastel de queso que encuentra un equilibrio entre acidez y dulzor que resulta particularmente agradecido después de una comida marinera, o coulant de té matcha y chocolate blanco acompañado de un helado. El ágape se puede maridar con la extensa bodega del establecimiento y también con una carta de cócteles, desde los clásicos, como el Paloma, a otras creaciones propias como el Brisa, a base de vodka Grey Goose, Savoia Orancio, zumo de higo chumbo, naranja, sirope de vainilla y brisa del Mediterráneo.Vacaciones sin abandonar BarcelonaBrisa resulta especialmente apropiado para cualquier día en el que los barceloneses se permiten comportarse como si se estuvieran de viaje . Se puede comenzar caminando junto a la Barceloneta, desviarse hacia el Moll de la Fusta, contemplar los barcos y terminar compartiendo un arroz frente al puerto. Después quedará decidir si regresar hacia el centro por las Ramblas o prolongar la jornada junto al litoral.Ahí reside buena parte del atractivo del restaurante, porque puede convertir un enclave intensamente turístico en una pequeña escapada para el público local . Porque viajar no siempre exige coger un avión. A veces basta con mirar la ciudad desde otro ángulo, concederse una sobremesa larga y dejar que entre por la ventana esa brisa que da nombre al local. El precio medio se mueve entre 40 y 50 euros por comensal. Brisa abre todos los días desde las 11 horas, hasta medianoche de domingo a jueves y hasta las 00.30 horas los viernes y sábados, en la Plaça de Pau Vila, 1, en el Palau de Mar.
Hay pocas formas más genuinamente barcelonesas de ejercer de turista en la propia ciudad que acercarse al mar sin necesidad de ponerse el bañador. Pasear por el Port Vell, observar el incesante ir y venir de visitantes camino o de vuelta de la Barceloneta … y sentarse después frente a los amarres constituye uno de esos pequeños lujos cotidianos que, por cercanos, a veces pasan inadvertidos. El restaurante Brisa, instalado desde 2020 en los bajos del Palau de Mar, número 1, invita precisamente a recuperar esa mirada.
Su nombre funciona casi como declaración de intenciones. Brisa es ese aire suave que llega del Mediterráneo, refresca las tardes estivales y recuerda que Barcelona continúa siendo, pese a todo, una ciudad volcada al mar. El establecimiento, impulsado por la familia Mitats, pretende trasladar esa sencillez a la cocina a partir de una carta integrada por pescado de lonja, verduras de temporada, arroces, producto de proximidad y el sabor de la brasa; buen producto sin demasiados artificios.
El escenario ayuda. Grandes ventanales abren el comedor hacia el puerto y convierten las mesas en discretos observatorios de la variopinta fauna turística barcelonesa. Por delante desfilan quienes regresan de las playas de la Barceloneta, quienes comienzan allí su descubrimiento de la ciudad, familias, cruceristas, ciclistas y barceloneses que simplemente han decidido regalarse unas horas de vacaciones sin salir de casa. Tal es el espectáculo que resulta el enclave ideal para comer solo.
Un jardín junto al mar
La vegetación es otra de las señas de identidad de Brisa. El arquitecto Dani Freixes, Premio Nacional de Diseño y Arquitectura, concibió el restaurante como una suerte de «jardín mediterráneo junto al mar». Brezo, abundantes plantas y un olivar central dominan una terraza en la que las fronteras entre interior y exterior se diluyen. Maderas, fibras naturales y una iluminación contenida completan una atmósfera que cambia a medida que avanza el día, ya que es luminosa y despreocupada durante el almuerzo y más íntima cuando cae la noche sobre los barcos atracados en el Port Vell.
La cocina mantiene ese mismo registro mediterráneo, al igual que el trato cercano y profesional del personal bajo la dirección del romano Stefano. Para empezar, aparecen propuestas como las croquetas de gambas al ajillo, las cigalas gratinadas con alioli o un pulpo a la brasa con parmentier, platos reconocibles que buscan dejar hablar al producto antes que imponerle demasiadas piruetas culinarias. Muy recomendable para arrancar el ágape para compartir es el sashimi de pez limón, el montadito de steak tartar de solomillo de vaca y aceite de arbequina, las almejas al carbón con tomate, guindilla y albahaca y el sorprendente taco de pez espada, servido jugoso.
Pero son los arroces los que reclaman mayor protagonismo. La carta recorre desde la clásica paella marinera hasta una singular Paella Brisa, donde el marisco comparte protagonismo con un muslo de pollo marinado y torreznos. La casa reivindica para ellos fondos trabajados y precisión en el punto de cocción, dos requisitos sin los cuales un arroz junto al Mediterráneo corre el riesgo de quedarse únicamente en postal.
El final dulce tampoco se externaliza. La repostería se prepara en el propio restaurante y entre sus propuestas destaca el pastel de queso que encuentra un equilibrio entre acidez y dulzor que resulta particularmente agradecido después de una comida marinera, o coulant de té matcha y chocolate blanco acompañado de un helado. El ágape se puede maridar con la extensa bodega del establecimiento y también con una carta de cócteles, desde los clásicos, como el Paloma, a otras creaciones propias como el Brisa, a base de vodka Grey Goose, Savoia Orancio, zumo de higo chumbo, naranja, sirope de vainilla y brisa del Mediterráneo.
Vacaciones sin abandonar Barcelona
Brisa resulta especialmente apropiado para cualquier día en el que los barceloneses se permiten comportarse como si se estuvieran de viaje. Se puede comenzar caminando junto a la Barceloneta, desviarse hacia el Moll de la Fusta, contemplar los barcos y terminar compartiendo un arroz frente al puerto. Después quedará decidir si regresar hacia el centro por las Ramblas o prolongar la jornada junto al litoral.
Ahí reside buena parte del atractivo del restaurante, porque puede convertir un enclave intensamente turístico en una pequeña escapada para el público local. Porque viajar no siempre exige coger un avión. A veces basta con mirar la ciudad desde otro ángulo, concederse una sobremesa larga y dejar que entre por la ventana esa brisa que da nombre al local. El precio medio se mueve entre 40 y 50 euros por comensal. Brisa abre todos los días desde las 11 horas, hasta medianoche de domingo a jueves y hasta las 00.30 horas los viernes y sábados, en la Plaça de Pau Vila, 1, en el Palau de Mar.
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