Si ningún funcionario quisquilloso pone problemas en la frontera, basta con media hora para ir del aeropuerto de Detroit al despacho de Drew Dilkens. El alcalde de Windsor, localidad canadiense literalmente pegada a Estados Unidos, recibe al recién llegado en una sala del Ayuntamiento desde la que se ven, al otro lado del río Detroit, los rascacielos art decó de la ciudad de Míchigan. El anfitrión ofrece la mejor de las sonrisas, pero no oculta su preocupación. “Por muy locos que nos parezcan sus comentarios, por muy inusual que sea su estilo, no podemos tomarnos a la ligera lo que dice el presidente de Estados Unidos. Y, desde que ha vuelto al poder, Donald Trump no ha dejado de atacar a Canadá”, asegura con gesto grave.
El país se vuelca con Carney tras romper las negociaciones comerciales con EE UU. Pese a acercarse a un precipicio, la mayoría cree que ceder al chantaje sería peor
Si ningún funcionario quisquilloso pone problemas en la frontera, basta con media hora para ir del aeropuerto de Detroit al despacho de Drew Dilkens. El alcalde de Windsor, localidad canadiense literalmente pegada a Estados Unidos, recibe al recién llegado en una sala del Ayuntamiento desde la que se ven, al otro lado del río Detroit, los rascacielos art decó de la ciudad de Míchigan. El anfitrión ofrece la mejor de las sonrisas, pero no oculta su preocupación. “Por muy locos que nos parezcan sus comentarios, por muy inusual que sea su estilo, no podemos tomarnos a la ligera lo que dice el presidente de Estados Unidos. Y, desde que ha vuelto al poder, Donald Trump no ha dejado de atacar a Canadá”, asegura con gesto grave.
Abajo, en una fachada del Ayuntamiento de esta ciudad de 230.000 habitantes que está en primera línea de fuego en la guerra comercial entre los dos países, lucen en mayúsculas cinco palabras del himno nacional: “True North. Strong and Free” [Norte Verdadero. Fuerte y Libre]. Sirven, por si no ha quedado claro, como un aviso para quien quiera jugar con la soberanía del país de la hoja de arce. Otro aviso: la bandera gigante de Canadá que ondea nada más salir del túnel que conecta las dos orillas.
Windsor es, según la Cámara de Comercio del país, la ciudad que más tiene que perder en el choque con Washington. Aquí reina la industria de la automoción, completamente integrada con la del otro lado de la frontera. Los aranceles equivalen a la ruina. El alcalde Dilkens es un buen ejemplo de cómo la frontera para muchos aquí era como si no existiera. Si quiere salir a cenar, coge el coche y se planta en nueve minutos en su tailandés favorito, en Detroit. O, mejor dicho, se plantaba. Porque ahora, como muchas otras personas consultadas, prefiere consumir producto local y no dar dinero a quien aquí ya nadie considera un amigo.
“Estoy sorprendido y decepcionado. Siempre hemos sabido que éramos distintos, pero creíamos que Estados Unidos era un socio del que nos podíamos fiar. Ahora vemos que no. Es doloroso. Como cuando dejas de hablar con un hermano. Pero no nos han dejado otra alternativa”, asegura en un restaurante cercano al Ayuntamiento Peter Frise, profesor en la Universidad de Windsor de Ingeniería -cómo no- de Automoción.
Como este profesor, muchos canadienses siguen sin salir de su asombro tras estos 20 frenéticos meses de Trump en la Casa Blanca. Incluso antes de asumir la presidencia, el republicano ya había hecho circular la idea de que el país estaba destinado a integrarse en Estados Unidos como el Estado número 51. Desde entonces, los encontronazos han sido incontables, ya fuera por unos incendios que Washington consideraba que Canadá no se preocupaba de sofocar o por un vídeo del Gobierno de Ontario sobre un discurso contra los aranceles del presidente Ronald Reagan que enfureció a Trump.
“En guerra”
Llovía, pero todavía no era el diluvio. Hasta el pasado 21 de agosto. Ese día, el primer ministro Mark Carney hizo algo a lo que pocos líderes occidentales se han atrevido: decir no a Trump. A años luz de la europea Ursula von der Leyen, que se fotografió con el republicano con una sonrisa forzada y el pulgar hacia arriba tras firmar un acuerdo comercial muy discutible, el líder liberal dio por concluidas las negociaciones con Washington. Y al día siguiente se dirigió a la nación.
“La pasada primavera, avisé de que Estados Unidos trataba de quebrarnos para adueñarse de nosotros. Y prometí que eso era algo que nunca, nunca sucedería. Hoy mantenemos esa promesa”, proclamó en un discurso televisado de 22 minutos en el que resonaron sus palabras en Davos del pasado enero, cuando alertó de que el viejo orden mundial estaba muerto y enterrado.

Rodeado de banderas canadienses, intercalando inglés y francés, Carney sonó duro, combativo: “No podemos aceptar lo que nos ofrecen y no podemos dar lo que nos exigen. […] No estábamos preparados para comprometer nuestra soberanía ni socavar industrias clave”. Al terminar, un periodista le preguntó por su tono sombrío. Entones Carney mencionó la palabra “guerra”. No se refería a ningún grupo terrorista internacional, sino al país junto al que Canadá luchó en los dos conflictos mundiales, en Corea y Afganistán (aunque no en Irak ni en Vietnam) y al que abrió sus cielos durante los ataques yihadistas del 11-S, de los que la próxima semana se cumplen 25 años.
La jugada tiene riesgos evidentes. Porque, si nada evita el conflicto, ambos países sufrirán, pero Canadá tiene las peores cartas. Dos terceras partes de sus exportaciones van a Estados Unidos. Uno de cada ocho empleos depende de las importaciones de su gran vecino del sur. Y el peso de las dos economías es incomparable. A esa debilidad se refirió esta semana el secretario del Tesoro estadounidense en una reunión con sus colegas del G-20. “No creo que nadie pueda entrar en un toma y daca con quien es 13 veces más grande”, dijo Scott Bessent, que consideró “lamentable” que Carney haya convertido las negociaciones comerciales “en una pelea a gritos”.
Los canadienses son conscientes de que, si ningún pacto de última hora lo remedia, el enfrentamiento con Estados Unidos supondrá más paro, precios más altos y menos riqueza. Pero en momentos de crisis toca unirse. Y el país lo ha hecho en torno al órdago del primer ministro.
“Nos enfrentamos a un proteccionismo renacido que impedirá que nuestros productos lleguen a nuestro mercado clave. Es imposible concretar el impacto, pero será muy grande”, augura Andrew DiCapua, economista principal de la Cámara de Comercio.
“Estado de pánico”
En el campus de la Universidad de Toronto, en pleno centro de la ciudad, parece como si nada malo pudiera ocurrir. Este jueves, grupos de estudiantes aprovechaban el estupendo día para trabajar con sus ordenadores al sol mientras alguna ardilla observaba la escena. Pero el idílico paisaje no oculta el “estado de pánico” que, según el profesor de Ciencias Políticas Arnd Jurgensen, vive la ciudadanía.
Las encuestas muestran un apoyo mayoritario al plante de Carney ante Trump: entre el 60% y el 80% aprueban la gestión del primer ministro, según distintos estudios. El 31 de agosto, una semana después de su discurso, los liberales de Carney ganaron tres elecciones parciales en Quebec, Ontario y Columbia Británica, reforzando así su mayoría parlamentaria.
Algunos políticos conservadores que hace tiempo coquetearon con ser el Trump canadiense compiten ahora por ver quién eleva más la voz en su contra. Como el primer ministro de la provincia de Ontario, Doug Ford, que llamó “dictador” al republicano y le dijo: “Puedes besarme el culo”. Después de que varios miembros de la Administración de Trump se rieran de la debilidad militar de Canadá, Carney les pidió que “dejen de hacer memes y de hacerse los tipos duros, y empiecen a ser serios”.
Varias de las decenas de personas consultadas para este reportaje coinciden en que la estrategia de Trump solo se comprende en el marco de su objetivo de convertir a Canadá en el Estado número 51, algo sobre lo que estos días ha vuelto a bromear el vicepresidente J. D. Vance. “Quieren crear incertidumbre, ahuyentar la inversión internacional, alimentar el separatismo en Alberta… Todo, para socavar el país y que sea más fácil hacerse con él. Es la única explicación”, asegura el profesor Jurgensen. Ante “esta amenaza existencial”, añade, la gente está dispuesta a hacer sacrificios.
A la hora de unir el país, Carney, de 61 años, ha jugado un papel fundamental. Nadie podrá discutir los méritos de su currículum. Es la única persona que ha encabezado los bancos centrales de dos grandes países, Canadá y el Reino Unido. “En estos momentos de dificultad, no puedo imaginarme un líder mejor”, asegura el profesor Frise, que confiesa que jamás había votado a los liberales hasta la llegada de Carney.
Algunas voces critican al hombre que heredó el poder de un Justin Trudeau en horas bajas por haber empujado a su partido a la derecha en asuntos como el gasto en defensa o el cambio climático. Pero no tiene ningún competidor serio ni dentro ni fuera del partido. Esa es otra clave de su jugada. Ahora mismo él es un líder fuerte. Y ve débil a Trump, con la popularidad por los suelos, empantanado en Irán en una guerra de la que no sabe cómo salir y con unas elecciones a la vuelta de la esquina en la que puede perder una o las dos cámaras del Congreso.
En Ottawa creen que hay que aprovechar esta situación para volver en un tiempo, quizás después de las elecciones estadounidenses, con más fuerza a la mesa negociadora. El problema será entonces cómo rebajar el ardor guerrero entre la ciudadanía. La negociadora jefa, Janice Charette, ha dicho que el Gobierno está dispuesto a volver a sentarse cuando haga falta. Resume su filosofía con una frase: “Hemos retirado los bolígrafos, pero las puertas siguen abiertas”.
La ruptura de las negociaciones sorprendió porque pocos días antes Trump había dado por hecho el acuerdo. Un bando y el otro se responsabilizan de haber puesto a última hora condiciones inasumibles para el contario. Pero los canadienses insisten en que Washington les exigió que rebajaran la protección del francés y que los futuros acuerdos comerciales que puedan firmar con otras áreas del mundo tengan que cumplir las normativas estadounidenses. Eran dos condiciones inaceptables que afectaban a su soberanía. Fue entonces cuando rompieron la baraja.
La consecuencia es que el próximo martes entrarán en vigor aranceles canadienses del 50% a productos estadounidenses por valor de 20.000 millones de dólares, como represalia a una medida similar del vecino. Se trata, como dijo Carney, de responder “dólar por dólar”.
Nuevas alianzas
Esta marejada puede pasar. Quizás los demócratas ganen en 2028 y alguien más razonable llegue a la Casa Blanca. Quizás el nuevo líder trate de restañar las heridas. Pero en Canadá cunde la sensación de que los viejos tiempos no volverán. “Nos encontramos en un punto de inflexión. Hemos sido buenos aliados en comercio, seguridad y defensa. Pero eso ha cambiado”, asegura Peter Boehm, ahora senador -un cargo que en Canadá es por designación directa del primer ministros- y con una larga carrera a sus espaldas como diplomático y alto cargo en distintos gobiernos.
Boehm critica “la visión tan limitada de las relaciones bilaterales” que tiene esta Administración republicana, pero no cree que con los demócratas en el poder fuera a cambiar todo drásticamente. “Al menos”, concede, “habría más respeto y una mayor capacidad de negociación”.
La confianza en Estados Unidos se ha perdido. Saben que la dependencia del vecino del sur debe ser menor. Carney ya se ha puesto manos a la obra. Busca acuerdos comerciales en medio mundo, ya sea en grandes mercados asiáticos como China y la India o en la UE. No es casualidad que el próximo día 16 el primer ministro vaya a participar en el pleno del Parlamento Europeo en Estrasburgo.
El juego de cambio de alianzas ya está ocurriendo en un mundo que ha dejado de funcionar con los parámetros de la segunda mitad del siglo XX. Esta batalla, coinciden analistas de los dos países, no la ganará ni Estados Unidos ni Canadá. El vencedor será China.
De vuelta a Windsor, allí todavía se habla de la inauguración hace menos de dos meses del majestuoso puente de Gordie Howe que une los dos países. Resulta irónico que haya ocurrido justo cuando más separados están. “Ese puente habla más de nuestras relaciones futuras que de las actuales. Han hecho falta 25 años para convertirlo en realidad, va a estar ahí durante cientos de años y a Trump solo le quedan dos más”, asegura el alcalde Dilkens, al referirse a una obra que costó 6.400 millones de dólares canadienses (unos 4.000 millones de euros), pagados íntegramente por Canadá. A la inauguración no asistió ningún representante estadounidense. Otro signo de los tiempos.
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