Me hago un lío con las generaciones. Nunca sé a cuál pertenezco. Según quién eche la cuenta me etiquetan como generación X tardío o milenial temprano, lo cual no me aclara nada y solo me deja una certeza: soy demasiado viejo como para que importe a qué época pertenezco. Soy de los de antaño, del mundo de ayer, de los yo también fui a EGB y de los qué más da, señoro, no me cuente batallitas de la mili que no hizo.
Netflix propone una antología audiovisual de los 90 y 2000. ¿Qué tienen las obras en común? Su falta de moralismo
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Netflix propone una antología audiovisual de los 90 y 2000. ¿Qué tienen las obras en común? Su falta de moralismo
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Me hago un lío con las generaciones. Nunca sé a cuál pertenezco. Según quién eche la cuenta me etiquetan como generación X tardío o milenial temprano, lo cual no me aclara nada y solo me deja una certeza: soy demasiado viejo como para que importe a qué época pertenezco. Soy de los de antaño, del mundo de ayer, de los yo también fui a EGB y de los qué más da, señoro, no me cuente batallitas de la mili que no hizo.
Nací en 1979, un año inconcebible para mi hijo de la generación alfa —la suya sí me la sé—, lo que me deja, como cantaba ese Bunbury que unas chavalitas confundieron con Bad Bunny en un cachondísimo vídeo viral, entre dos tierras: demasiado joven para la teta de Sabrina y demasiado viejo como para no recordar que Leticia Sabater hacía programas infantiles.
Cuando me asaltan estas dudas sobre mi identidad edadista recurro a Netflix, que es quien más nos conoce. Su IA y sus algoritmos nos tienen mucho más calados que las madres que nos parieron. Buscando mi verdadero yo encontré el otro día una categoría de recomendaciones titulada Una dosis de nostalgia milenial. La semántica del título frivolizaba con el consumo de drogas con mucho acierto, como diciendo: aquí sabemos lo que os gusta y qué dragón perseguís con tanto tardeo y tanto vermú con lágrimas de ginebra.

Me sentí interpelado, pese a que creo que no soy milenial, sino X (¡yo qué sé!) y no practico el tardeo, pero la selección perfilaba parte de mi educación sentimental en la era viejoven de mi vida, antes de tener hijos: ahí estaban Urgencias, Friends, Seinfeld, las primeras de David Fincher, un poquito de Tarantino, Bola de dragón, obras maestras del gamberrismo machorro como Resacón en Las Vegas o Virgen a los 40, la Tesis de Amenábar, La princesa Mononoke o El diario de Bridget Jones. Un revoltijo de frivolidad, lirismo, alta y baja comedia, ultraviolencia gratuita e ironía afilada que explica bien por qué la gente de mi edad resulta incomprensible para la gen Z.
Lo único que tiene en común esta antología es su falta de moralismo. Son obras hechas porque sí, que no quieren justificarse ni enseñar nada. Las ves y no te haces mejor persona. Tampoco peor. Es cosa tuya lo bueno o malo que quieras ser en la vida, estas producciones solo quieren acompañarte un rato, coleguear y jugar con las emociones desde una saludable distancia cínica de seguridad. Con razón nos detestan.
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