Cervecería 640, la profecía cumplida

Cuando Eugeni de Diego abrió en la Diagonal de Barcelona la cervecería 640, celebramos el momento con entusiasmo, como todo lo de Eugeni cuando abre, pero advertimos también, no con el mismo entusiasmo pero sí con parecido temor, de la tendencia del chef y empresario a abandonar sus locales una vez han alcanzado su velocidad de crucero. Esta cervecería tenía a favor su ubicación, perfecta, en la Diagonal con Doctor Fleming; tenía también unas notables instalaciones heredadas del antiguo inquilino, Flash-Flash, aunque bajo la marca de Croma; y una carta apetecible, sin complicaciones innecesarias y sin riesgos a la vista. El servicio estaba bien, aunque algunos camareros presentaban a veces alguna inquietante dificultad para entender directrices muy concretas, y hay que decir que esto pasó desde el principio.Las primeras semanas fueron una brillante consecución de logros y aciertos. Los camareros en tensión, Eugeni encima del negocio, con visitas constantes y su atención puesta en los detalles. El local alcanzó su deseada velocidad de crucero, el público respondió con llenos absolutos, y era difícil encontrar mesa si no era entre horas.Poco a poco, tan levemente que al principio fue imperceptible, fueron apareciendo pequeñas deficiencias, como una excesiva familiaridad del servicio en el trato con los clientes, o que las señoras de la limpieza se pusieran a hacer los cristales de la puerta o las mesas con el olor a detergente tan molesto y que te estropea el olor a café o a cualquier cosa que estés comiendo o bebiendo. Luego llegaron las imprecisiones en la cocina y la lotería que era que un día las cosas salieran de una manera o de otra, sobre todo cuando el local estaba lleno. En lugar de disculparse y de no cobrar aquel plato -que es lo lógico, o tendría que serlo, cuando tú mismo admites que te has equivocado- los camareros tenían por habitud responder a las quejas de los clientes con el abismal argumento de que con tanta gente era imposible ocuparse de todo, como si el aforo lo hubiésemos decidido nosotros.La degradación empezó a hacerse visible con la calidad de los mariscos, y pronto las cigalas empezaron a parecer sus viudas, y además de luto, con sus cabezas negras puestas en fila en el mostrador de la barra, como si esperaran que les dieran el pésame. Era inútil advertir a los camareros o al propietario, porque aunque momentáneamente te hacían caso y retiraban el producto, al día siguiente las mismas cigalas ya no eran viudas sino que iban camino de su propio funeral y el pésame había que dárselo a quien se atreviera a comerlas.Pero si en el mostrador de la barra podías no fijarte, era imposible no notar el calor atroz por un aire acondicionado que simplemente no funcionaba. Avisamos a los camareros, avisamos a Eugeni, prometieron que lo repararían pero se negaron a hacer la inversión que todo el mundo sabía y sabe que es imprescindible para poner unas máquinas nuevas que funcionen en condiciones. Prefirieron mantener abierto el negocio sabiendo que estaban ofreciendo un trato indigno a los clientes, con unos precios de cervecería de lujo y unas prestaciones tercermundistas, con el momento de devastación final que fue cuando también los cocineros tuvieron calor -cosa que comprendo perfectamente- y decidieron abrir las puertas de la cocina mientras trabajaban, y el hedor se apoderó de todo el local de un modo irreversible.Esto es algo más que un error o una falta. Esto es un insulto, una agresión premeditada a los clientes. Es un hecho denunciable, o tendría que serlo, que te hagan pagar por lo que no te dan, por lo que conscientemente no te dan y porque no les ha dado la gana de tenerlo en condiciones. El aire acondicionado no es opinable ni un factor que dependa de las circunstancias. Si pagas por uno bueno, lo tienes. «Es que se ha estropeado». No es verdad. Lo que se ha estropeado es tu decencia, y tu vergüenza, si es que alguna vez la tuviste. Si prometes reparaciones de broma, tienes un aire de mentira. Lo mismo sucede con la calidad de los productos: obtienes lo que pagas. Y si no eres capaz de educar a tu servicio en lo más elemental, ni de tener el suficiente personal para atender a tu público, deberías reflexionar sobre qué clase de demente crees que será tu cliente como para no entender la humillación que le estás causando. Yo no puedo comprender por qué un buen cocinero como Eugeni de Diego, que estuvo en El Bulli y al que todos queremos, se comporta de un modo tan intolerable y contrario a su categoría. Podría entender un accidente en uno de sus locales como un hecho aislado, pero cuando la vieja historia se repite en cada uno de ellos, no podemos atribuir el desastre a la mala suerte. Lo que le pasó con A Pluma, que fueron los mejores pollos al ast de Barcelona, no tiene ni puede tener otra explicación que su dejadez. Lo que pasó en Tamae, teniendo de socio nada menos que a Albert Raurich, fue un despropósito de dimensiones catastróficas, y no tengan de que a aquella casa yo fui con la perseverancia y el furor de un restaurante que hubiera abierto el propio Ferran, y hasta llevé las servilletas de mi casa. Lo del colmado Wilmot en calle Calvet empezó también como una bella promesa y ha acabado siendo el premio de consuelo de oficinistas pretenciosos y de periodistas sin esperanza, todos igual de pobres. Lombo, que es su mejor baza, está igualmente condenado a su mezquindad, a su falta de inversión, y a esa idea tan suya de ganar dinero dando a sus clientes menos de lo que merecemos.Puede que con Eugeni yo sea más cruel que con otros chefs francamente peores. En parte es porque yo no me ocupo de chefs francamente peores. Pero sobre todo es por rabia, lo admito. La rabia que me da pensar lo felices que habríamos podido ser con Eugeni si se hubiera dedicado a hacer su trabajo como una persona honrada, sin tratar de engañarnos. La rabia que me da pensar lo bien que nos lo hemos pasado en sus restaurantes cuando se ha dedicado en cuerpo y alma a ellos, cuando ha tenido ganas de gustarnos. Supongo que juzgamos a los demás en relación a lo que esperamos de ellos, y aunque estoy indignado con Eugeni, y con lo que una vez más nos ha hecho, no puedo escatimarle el elogio de decir que esperábamos y siempre esperaremos mucho de él, y que a riesgo de parecer idiotas, volveremos a indignarnos cuando abra un nuevo restaurante, vayamos plenamente ilusionados, y nos lo vuelva a negar. Cuando Eugeni de Diego abrió en la Diagonal de Barcelona la cervecería 640, celebramos el momento con entusiasmo, como todo lo de Eugeni cuando abre, pero advertimos también, no con el mismo entusiasmo pero sí con parecido temor, de la tendencia del chef y empresario a abandonar sus locales una vez han alcanzado su velocidad de crucero. Esta cervecería tenía a favor su ubicación, perfecta, en la Diagonal con Doctor Fleming; tenía también unas notables instalaciones heredadas del antiguo inquilino, Flash-Flash, aunque bajo la marca de Croma; y una carta apetecible, sin complicaciones innecesarias y sin riesgos a la vista. El servicio estaba bien, aunque algunos camareros presentaban a veces alguna inquietante dificultad para entender directrices muy concretas, y hay que decir que esto pasó desde el principio.Las primeras semanas fueron una brillante consecución de logros y aciertos. Los camareros en tensión, Eugeni encima del negocio, con visitas constantes y su atención puesta en los detalles. El local alcanzó su deseada velocidad de crucero, el público respondió con llenos absolutos, y era difícil encontrar mesa si no era entre horas.Poco a poco, tan levemente que al principio fue imperceptible, fueron apareciendo pequeñas deficiencias, como una excesiva familiaridad del servicio en el trato con los clientes, o que las señoras de la limpieza se pusieran a hacer los cristales de la puerta o las mesas con el olor a detergente tan molesto y que te estropea el olor a café o a cualquier cosa que estés comiendo o bebiendo. Luego llegaron las imprecisiones en la cocina y la lotería que era que un día las cosas salieran de una manera o de otra, sobre todo cuando el local estaba lleno. En lugar de disculparse y de no cobrar aquel plato -que es lo lógico, o tendría que serlo, cuando tú mismo admites que te has equivocado- los camareros tenían por habitud responder a las quejas de los clientes con el abismal argumento de que con tanta gente era imposible ocuparse de todo, como si el aforo lo hubiésemos decidido nosotros.La degradación empezó a hacerse visible con la calidad de los mariscos, y pronto las cigalas empezaron a parecer sus viudas, y además de luto, con sus cabezas negras puestas en fila en el mostrador de la barra, como si esperaran que les dieran el pésame. Era inútil advertir a los camareros o al propietario, porque aunque momentáneamente te hacían caso y retiraban el producto, al día siguiente las mismas cigalas ya no eran viudas sino que iban camino de su propio funeral y el pésame había que dárselo a quien se atreviera a comerlas.Pero si en el mostrador de la barra podías no fijarte, era imposible no notar el calor atroz por un aire acondicionado que simplemente no funcionaba. Avisamos a los camareros, avisamos a Eugeni, prometieron que lo repararían pero se negaron a hacer la inversión que todo el mundo sabía y sabe que es imprescindible para poner unas máquinas nuevas que funcionen en condiciones. Prefirieron mantener abierto el negocio sabiendo que estaban ofreciendo un trato indigno a los clientes, con unos precios de cervecería de lujo y unas prestaciones tercermundistas, con el momento de devastación final que fue cuando también los cocineros tuvieron calor -cosa que comprendo perfectamente- y decidieron abrir las puertas de la cocina mientras trabajaban, y el hedor se apoderó de todo el local de un modo irreversible.Esto es algo más que un error o una falta. Esto es un insulto, una agresión premeditada a los clientes. Es un hecho denunciable, o tendría que serlo, que te hagan pagar por lo que no te dan, por lo que conscientemente no te dan y porque no les ha dado la gana de tenerlo en condiciones. El aire acondicionado no es opinable ni un factor que dependa de las circunstancias. Si pagas por uno bueno, lo tienes. «Es que se ha estropeado». No es verdad. Lo que se ha estropeado es tu decencia, y tu vergüenza, si es que alguna vez la tuviste. Si prometes reparaciones de broma, tienes un aire de mentira. Lo mismo sucede con la calidad de los productos: obtienes lo que pagas. Y si no eres capaz de educar a tu servicio en lo más elemental, ni de tener el suficiente personal para atender a tu público, deberías reflexionar sobre qué clase de demente crees que será tu cliente como para no entender la humillación que le estás causando. Yo no puedo comprender por qué un buen cocinero como Eugeni de Diego, que estuvo en El Bulli y al que todos queremos, se comporta de un modo tan intolerable y contrario a su categoría. Podría entender un accidente en uno de sus locales como un hecho aislado, pero cuando la vieja historia se repite en cada uno de ellos, no podemos atribuir el desastre a la mala suerte. Lo que le pasó con A Pluma, que fueron los mejores pollos al ast de Barcelona, no tiene ni puede tener otra explicación que su dejadez. Lo que pasó en Tamae, teniendo de socio nada menos que a Albert Raurich, fue un despropósito de dimensiones catastróficas, y no tengan de que a aquella casa yo fui con la perseverancia y el furor de un restaurante que hubiera abierto el propio Ferran, y hasta llevé las servilletas de mi casa. Lo del colmado Wilmot en calle Calvet empezó también como una bella promesa y ha acabado siendo el premio de consuelo de oficinistas pretenciosos y de periodistas sin esperanza, todos igual de pobres. Lombo, que es su mejor baza, está igualmente condenado a su mezquindad, a su falta de inversión, y a esa idea tan suya de ganar dinero dando a sus clientes menos de lo que merecemos.Puede que con Eugeni yo sea más cruel que con otros chefs francamente peores. En parte es porque yo no me ocupo de chefs francamente peores. Pero sobre todo es por rabia, lo admito. La rabia que me da pensar lo felices que habríamos podido ser con Eugeni si se hubiera dedicado a hacer su trabajo como una persona honrada, sin tratar de engañarnos. La rabia que me da pensar lo bien que nos lo hemos pasado en sus restaurantes cuando se ha dedicado en cuerpo y alma a ellos, cuando ha tenido ganas de gustarnos. Supongo que juzgamos a los demás en relación a lo que esperamos de ellos, y aunque estoy indignado con Eugeni, y con lo que una vez más nos ha hecho, no puedo escatimarle el elogio de decir que esperábamos y siempre esperaremos mucho de él, y que a riesgo de parecer idiotas, volveremos a indignarnos cuando abra un nuevo restaurante, vayamos plenamente ilusionados, y nos lo vuelva a negar.  

Cuando Eugeni de Diego abrió en la Diagonal de Barcelona la cervecería 640, celebramos el momento con entusiasmo, como todo lo de Eugeni cuando abre, pero advertimos también, no con el mismo entusiasmo pero sí con parecido temor, de la tendencia del chef y empresario … a abandonar sus locales una vez han alcanzado su velocidad de crucero.

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