Es un paraje como muchos a lo largo de la carretera de Extremadura. Cruzando la concurrida vía, se levanta un gran edificio marrón con un luminoso que lee, a lo Julio Iglesias, Hey… y verá, rodeado de labios y corazones. A las cinco de la tarde, puntual, se enciende su neón. A este lado, el interior de otro local muestra todo lo que imaginaríamos contemplar allí: gotelé hasta el techo, vasos de tubo a medio beber, cortinas rojas, humo, muchas mujeres y sus clientes… hombres. Aquí, sin embargo, también hay cámaras, claquetas y camiones de vestuario. Y, entre toma y toma, las mujeres se tapan con una manta.
Asistimos al rodaje de la serie de Movistar Plus+, escrita por Isa Peña y Eduardo Villanueva y protagonizada por Valentina Vidal, un irreconocible Raúl Arévalo y Omar Ayuso: “Viendo fotogramas de otras películas, todo parecía lo mismo, la misma luz roja, espacios, cortinas… »
Es un paraje como muchos a lo largo de la carretera de Extremadura. Cruzando la concurrida vía, se levanta un gran edificio marrón con un luminoso que lee, a lo Julio Iglesias, Hey… y verá, rodeado de labios y corazones. A las cinco de la tarde, puntual, se enciende su neón. A este lado, el interior de otro local muestra todo lo que imaginaríamos contemplar allí: gotelé hasta el techo, vasos de tubo a medio beber, cortinas rojas, humo, muchas mujeres y sus clientes… hombres. Aquí, sin embargo, también hay cámaras, claquetas y camiones de vestuario. Y, entre toma y toma, las mujeres se tapan con una manta.
La nueva serie de Movistar Plus+ ya lleva varios burdeles de finales de los noventa recreados tras 17 semanas de rodaje, pero, como quieren dejar claro sus responsables, la producción ha hecho el esfuerzo consciente de “no pagar a ningún club activo ni propiedades relacionadas con el negocio de la prostitución, para no perpetuar el proxenetismo”. Ese que El castillo, que se estrenará en los próximos meses, retrata. Casi todo se ha rodado en exteriores que aportan realismo, pero siempre en espacios abandonados, hostales cerrados y paradas clásicas de la carretera española. “Hemos tenido que ir más lejos para evitar los reales”, explica este equipo liderado en gran parte por mujeres, con los guionistas Isa Peña y Eduardo Villanueva y la directora Elena Martín Gimeno a la cabeza.

Peña cuenta que, después de que el equipo de arte reconstruyera el primer burdel, “cuando se encendía el neón, venían señores en coche todos los días a preguntar si había reabierto”. Esta escabrosa rutina es la que querían retratar con la adaptación del libro de Mabel Lozano El proxeneta, aunque “sin volverlo ni didáctico ni tampoco sórdido y subrayado; no buscamos predicar, sino que la gente que lo ha vivido lo reconozca”, explica esta escritora, que ha tomado la primera plana en este proyecto como showrunner tras años como guionista y compañera de viaje del director Rodrigo Sorogoyen en cine y televisión (juntos estarán en Cannes con El ser querido). “Los vemos en la carretera, pero no los percibimos ni miramos. Y muchas veces, también en cine, es cosa de chiste. Es un universo no contado de verdad”, detalla sobre El castillo, cuyo título nació de todas las fortalezas que hay en los campos de Castilla, pero también porque son sitios donde “huele a viejo, pero que no tira nadie, donde hay rey, murallas… de donde es difícil entrar y salir”, detalla Peña.
El ficticio club Zamora, donde ruedan este lluvioso día de marzo, está cerca de Otero (Toledo), a una hora de Madrid. Antes era el Club Joy, hoy con su cartel desgastado. El set de maquillaje se ha plantado en un reconocible bar de carretera con todas las botellas todavía en sus estanterías. El resto de localizaciones les ha hecho viajar por España. Los Edén que en un primer momento iban a titular la serie están en los toledanos Ontígola y Santa Olalla; el resto, entre Cardona (Barcelona), Reus (Tarragona), Alicante y Alcobendas. “Hemos estado en los sitios más feos”, bromea Raúl Arévalo, que se ha transformado con 20 kilos de más, calva y perilla. Él dice que ha “señoreado” hasta convertirse en un hombre “de los que podrías encontrar” en su pueblo. Él es el proxeneta, si bien ha buscado “evitar lo caricaturesco, esa fina línea de la exageración”, explica extasiado mientras enseña vídeos del elenco de proxenetas reunidos en una comida. “Podría ser una comunión familiar de mi infancia. Ellos están ahí porque es donde había negocio, hablan de las mujeres como de jamones, mercancía”. Su aspecto da miedo, pero el actor destila pura emoción al hablar del proyecto.

El universo de El castillo está contado en tres espacios con un elenco coral. El del proxeneta de Arévalo, Suizo, solo es uno. “Tenía que ser este señor de menú del día. No tanto un villano. Tenía que ser maquiavélico, pero que caiga bien, dar miedo desde la normalidad de alguien que te encuentras en la calle, un señor que desayuna huevos con chorizo. Son gente que está ahí. Es fácil romantizar al mafioso, pero queríamos reconocimiento y normalizar, no empatía”, comentan sus tres responsables, acabando las frases mientras paran para comer en una carpa donde vibra la cercana carretera.
Omar Ayuso y Laia Marull retratan al cuerpo de policía de inmigración que comienza a formarse para acabar con la trata sin saber nada de este mundo. Es el momento del “España va bien”, que predicó el presidente Aznar en el Congreso. Hasta 2010, la trata de mujeres no fue delito en España, reza el guion [en este año se aprobó mediante ley orgánica la modificación del Código Penal incluyendo como delito específico la trata de seres humanos (art. 177 bis)]. A Omar Ayuso le sorprendió que lo eligieran para este papel de policía “normativo, blanco, privilegiado, acomodado, cishetero” en el que ha mirado a su padre. Buscaban en él carisma sin épica, también normalidad, y que el gato y el ratón no se diferenciaran mucho.
El tercer universo es el de las prostitutas, representado por una actriz debutante en cámara, Valentina Vidal, a quien el equipo no para de elogiar. Esta colombiana de 27 años que vivía en Valencia fue la segunda a quien vieron en las pruebas. “No es una víctima, pero está en situación de víctima”, detalla Martín Jimeno sobre la complejidad de retratar su espacio sin excesiva sordidez. “Todo tenía que ser político, pero no poético”, apunta sobre este submundo Alana Mejía, directora de fotografía que ya la acompañó en Creatura. “Hablando con mujeres supervivientes, es fácil conectar y tenerlas cerca”, cuenta Vidal, que tras su llegada a España para buscar una oportunidad podrá volver a su casa en Cali (Colombia) cuatro años después, puesto que allí se terminará el rodaje: “Me vine con un propósito, y es como volver con mi sueño cumplido”, dice emocionada y poniendo los ojos vidriosos.

Ese mismo día, Vidal rueda una escena del sexto episodio en este club donde le dicen que está contratada para 28 días, hasta la siguiente regla. Una serie de datos no tan retratados en pantalla. Los creadores se sorprendían al conocer también que estas prostitutas duermen en la habitación del burdel, y a veces hay hasta pantuflas de Hello Kitty o Piolín. “Las habitaciones están habitadas, no son nada eróticas. Viven donde trabajan. Lo íntimo brilla por su ausencia”, explica Peña sobre la ambientación y lo difícil de hacerlo verosímil: “No queríamos que pareciera afeado queriendo”. El tono y el foco fue lo que más costó encontrar a los guionistas, que han pasado siete años trabajando en el acercamiento. El equilibrio era ser serios, pero sin ser demasiado trágico, y siempre colocando a la mujer en primer plano.
El silencio impera en el rodaje, destaca Omar Ayuso de este set dirigido por mujeres. Martín Gimeno, que ya hizo un estudio sobre la mirada y deseos femeninos en Creaturay que comparte labores de dirección con Sandra Romero, explica: “Mi primera conversación fue no querer recrearme en la violencia contra las mujeres. Y eso ya estaba en guion. El foco es el sistema, en cómo se sostiene, y no el cuerpo de la mujer, porque esto no va de sexo. No entramos en cosas como la fragmentación del cuerpo con la cámara en el que caen muchas películas. Apostamos por poner el foco en lugares que no acostumbramos a mirar. Ni reproducir violencia gratuita ni sexualizar”. Peña añade: “Hemos descubierto que estas mujeres tienen todo tipo de cuerpos, pero sobre todo los que no solemos ver”. Todos han trabajado en una amplia documentación y entrevistas a un abanico de mujeres que les ayudaron a borrar imágenes preconcebidas. Reconocen, aun así, que siguen haciéndose preguntas. “Cuanto más sabemos, menos claro tenemos todo. Pero esta es la peor cara del capitalismo, con la única fuente de mercantilizar el cuerpo femenino”, remata.

Esta mirada real, pero rupturista, también significa cambiar parámetros establecidos en este tipo de escenas en el cine. Buscan la naturalidad y huir de tópicos de thriller como en Sky Rojo o No habrá paz para los malvados. “Viendo fotogramas de cómo se ha retratado, todo parecía lo mismo, la misma luz roja, espacios, cortinas… La arquitectura del sitio real, los pasillos a las habitaciones, ayuda a hacerte a la idea y da unas jerarquías y vivencias. Pero tampoco queríamos, por ejemplo, humedades de más para dar dramatismo excesivo”, explica Martín Gimeno, que se ha enfrentado a varias caídas de techo durante el rodaje en locales que han tenido que rehabilitar de arriba a abajo. Rompiendo con lo tópico, la música en los burdeles está baja, “porque tienen que hablar”, se oye la carretera, y hay mucha luz, “para que los clientes elijan”. Porque como se ha comprobado en directo: estos clubes abren a las cinco de la tarde.

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