
Obsesionada con los finales, Camila Cañeque recopiló cientos de últimas frases librescas, aun cuando las más célebres suelen ser las primeras. Con 452 de ellas montó un libro raro, La última frase (La uÑa RoTa), en el que las enumeraba, las clasificaba, las arremolinaba para componer nuevos textos y reflexionaba, entre el ensayo y lo biográfico, en ese género híbrido tan contemporáneo, sobre las cosas que se acaban.
‘Anuncios’, el texto hallado entre sus archivos digitales, se vertebra en torno a la relación de una narradora que renuncia a hablar y un locuaz músico de jazz
Obsesionada con los finales, Camila Cañeque recopiló cientos de últimas frases librescas, aun cuando las más célebres suelen ser las primeras. Con 452 de ellas montó un libro raro, La última frase (La uÑa RoTa), en el que las enumeraba, las clasificaba, las arremolinaba para componer nuevos textos y reflexionaba, entre el ensayo y lo biográfico, en ese género híbrido tan contemporáneo, sobre las cosas que se acaban.
Un día, después de mandar el texto al editor, Cañeque pudo por fin revisar las galeradas, y esa noche, inesperadamente, falleció mientras dormía. Era el 14 de febrero de 2024, tenía solo 39 años y, según recogía el sistema informático, aquel fue el último documento que vio en su vida, sus últimas frases. Hubo algo de poesía, algo de leyenda, en la gran tragedia, si es que en una muerte tan desgraciada puede caber tal cosa.
Cañeque, nacida en Barcelona en 1984, escritora, artista, performer, pensadora, no llegó a verlo, pero La última frase fue un libro celebrado en las listas de lo mejor del año y todavía funciona en el boca a boca y los clubs de lectura: tiene visos de perdurar entre la comunidad más letraherida, la aficionada a los juegos literarios y los misterios que se tienden entre las líneas (véase Enrique Vila-Matas, un frecuente valedor de su obra). Va por la cuarta edición. Ahora, rescatada de las profundidades de sus discos duros (“Camila nunca dejaba de trabajar”, recuerda su madre, Montse González Xicota), entre otros textos, sobre todo ensayos sobre arte y filosofía, aparece otra novela terminada: Anuncios, que también publica La uÑa RoTa en su nueva colección de narrativa Libros del Condotiero. La novela, aparentemente, estaba muy trabajada y en su versión definitiva, como comprobó el editor al cotejar los numerosos bosquejos y bocetos que dejó la autora entre sus archivos digitales.
Siguiendo su línea experimentadora, Anuncios, que parece haber sido escrito en paralelo al libro previo, tiene un planteamiento peculiar: presenta a un músico de jazz de origen lituano, de verbo torrencial y afición etílica, llamado Don, residente en Nueva York (la ciudad es aquí algo más que un escenario), pero a través de una narradora voluntariamente muda, que, a modo de cámara, solo recoge los parlamentos y acciones del protagonista y aporta acotaciones, fundamentalmente en dos espacios: su minúsculo domicilio y el bar. El tipo ni siquiera parece percatarse del mutismo de su acompañante, como si se bastase solo (y se gustase mucho) para ocupar todo el foco. La propia Cañeque dejó una nota explicativa del texto, donde hace referencia a esa mirada “robótica y forense” y señala que “sus dos cuerpos conviven, se tocan, comparten espacio y tiempo, pero las palabras van en una dirección”. La pregunta que resulta es, según la autora, quién mira a quién, quién escribe realmente el libro.
Es probable que Don esté inspirado en una persona real que fue presentada a Cañeque por el célebre cineasta experimental Jonas Mekas, al que Cañeque dejó una dedicatoria. “Don es un hombre que no ha sabido adaptarse al siglo XXI, que no entiende los códigos del siglo. Esa incomprensión, que nunca cae en la nostalgia o lo reaccionario, le está expulsando de la ciudad”, observa Carlos Rod, editor de La Uña Rota. Vila-Matas, en una columna publicada en este periódico esta semana, califica el estilo de Cañeque como una “radical exploración del lenguaje” y una “no menos radical desobediencia artística” que la emparenta, a juicio del escritor, con autoras como Angélica Liddell. “Ausencia, taciturnidad, agotamiento de los discursos, puntúan el estilo que se despliega en sus dos libros”, recalca Vila-Matas.
Si la narradora de Anuncios decide no hablar, puede considerarse como una artista de la renuncia: en su obra, Cañeque explora la inactividad fruto del cansancio que produce la vida contemporánea, con sus continuas (y cansinas) llamadas a la eficiencia y la productividad, y que también ha teorizado el filósofo best seller Byung-Chul Han con su concepto de sociedad del cansancio. La estética de la renuncia que, por cierto, explora Vila-Matas en libros como Bartleby y compañía (el Bartleby de Herman Melville que decía aquello de “preferiría no hacerlo”). Así, sus performances giraban en torno a asuntos como la espera, la siesta, la sauna o los masajes, y su obra pictórica retrataba esos muebles que sirven para aliviar el cansancio cotidiano. Su trabajo se vio en espacios como Microscope Gallery, The Kitchen, Glasshouse Project o The Queens Museum, todos en Nueva York, el Kulturhuset Museum en Estocolmo, pasando por el CaixaForum de Barcelona o el Museo Lázaro Galdiano, La Juan Gallery o los Teatros del Canal madrileños.
“La última vez que vi a Camila me dijo que solo era feliz trabajando”, dice su madre, Montse González. “Y trabajar para un artista es trabajar todo el tiempo”, añade. Recuerda cómo, desde niña, a Cañeque le apasionaba escribir o cómo en un paseo compartido se le cayó un helado al suelo y su hija también arrojó su bola al asfalto: de la observación de la sustancia derretida surgió la escultura Melting ice cream (helado derritiéndose en inglés). Como se ve, Cañeque transitó muchas disciplinas creativas, “tenía una curiosidad insaciable y una gran creatividad, pero ella siempre consideró que su obra era fundamentalmente performática”, añade su madre.
La vida de Cañeque tuvo cierta errancia académica, la Sorbona, Oxford, São Paulo… “Los lugares donde fue más feliz son Nueva York y Berlín, yo creo que si viviese, viviría en Berlín: le gustaban la lluvia y los días grises”, dice González, que destaca su rechazo a la mercantilización del arte y su coherencia radical. Por ello, “renunció a tener galerista, rechazó proyectos importantes y nunca tuvo un ego desbordado, nunca persiguió ciegamente el éxito”, recuerda su madre.
Precisamente Cañeque saltó a la popularidad mediática cuando fue censurada en ARCO 2013 tras presentarse de improviso, sin formar parte de ninguna galería o programación oficial, a realizar la perfomance Dead End: ataviada de flamenca se arrojó al suelo, boca abajo, para recitar versos del Romancero gitano de Lorca, como símbolo de la “muerte de España”. González juzga maravilloso encontrar nuevos trabajos de su hija, aunque también reconoce la dureza de la experiencia: “Cuando leo algo suyo estoy escuchando su voz”.
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