
El mundo no existe para los componentes de un grupo que pasan la tarde tocando en su local de ensayo. No hay ventanas y para llegar a la calle hay que recorrer un pasillo de cincuenta metros y bajar dos pisos por unas escaleras. La puerta, de grueso metal, se cierra herméticamente con una palanca de 50 centímetros. ¡Crac! No hay escapatoria. La cobertura falla, buen momento para que el móvil descanse. Se colocan los cinco en círculo en este búnquer musical, en un espacio pequeño atestado de cables, pedaleras, pies de micrófonos. Tecnología, metal y sudor. El sonido resulta insoportable, tanto que un otorrino clausuraría de inmediato el lugar. Nos ponemos los cascos, no vaya a ser…

El grupo alicantino-madrileño publica su tercer disco, un clamor de himnos que conforman las ilusiones y las angustias de la generación Z
El mundo no existe para los componentes de un grupo que pasan la tarde tocando en su local de ensayo. No hay ventanas y para llegar a la calle hay que recorrer un pasillo de cincuenta metros y bajar dos pisos por unas escaleras. La puerta, de grueso metal, se cierra herméticamente con una palanca de 50 centímetros. ¡Crac! No hay escapatoria. La cobertura falla, buen momento para que el móvil descanse. Se colocan los cinco en círculo en este búnquer musical, en un espacio pequeño atestado de cables, pedaleras, pies de micrófonos. Tecnología, metal y sudor. El sonido resulta insoportable, tanto que un otorrino clausuraría de inmediato el lugar. Nos ponemos los cascos, no vaya a ser…
Claudia (27 años), la teclista, prefiere descalzarse; Beto (33), el bajista, se ha preparado un licor-café; Kobbe (31) se pelea con unos cables para que su batería se active; Rubén (30) extrae de su guitarra sonidos elegantes; y Álvaro Surma (30 años), el vocalista, canta con tanta pasión que pareciera que tuviese debajo a 10.000 seguidores. Tras dos canciones nos vamos quitando cautelosamente los cascos, para quedarnos sordos, pero a la vez poder experimentar cómo el sonido se apodera del cuerpo. Algo les ha salido especialmente bien y Surma sonríe a Beto; minutos después se ha complicado la cosa y discuten: “¡Que no es mi micrófono el que se acopla, joder; a ver si va a ser el tuyo!”. Atacan la siguiente pieza. Es un jueves a las 17.00 y Niña Polaca ensaya las canciones de su nuevo disco, el tercero de su carrera, ¿Dónde está la ONU cuando más la necesitas?,que se editó el pasado viernes y que suma otro puñado de himnos generacionales para esos veinteañeros y treintañeros angustiados por la nula perspectiva de acceder a una vivienda, con la caja de ansiolíticos en la mesilla, con una desconfianza irreparable en las instituciones políticas y con los mismos vaivenes sentimentales de pareja que llevan aturdiendo a la humanidad desde que ocupó la tierra.

Niña Polaca, banda formada en Madrid pero con la mitad de los miembros procedentes de Alicante, alcanza la categoría de banda indie-rock española puntera en una escena donde estarían Carolina Durante, Alcalá Norte, Ginebras, La Paloma, Shego o Ultraligera. Como la música (y la vida) para bien o para mal son números, los de Niña Polaca dicen que en 2024 llenaron cinco días la madrileña sala La Riviera, 10.000 entradas vendidas. Por eso, su inevitable siguiente paso aparece en el calendario el 15 de enero de 2027, donde intentarán reunir a 17.000 personas en el Movistar Arena, también recinto de la capital.
Álvaro Surma (Alicante, 30 años), vocalista, guitarrista y letrista de Niña Polaca, llega a la cita con EL PAÍS con un café con hielo en la mano que pronto sustituirá por una cerveza, y luego otras según avanza la tarde. Hace justo una semana Surma dejó su trabajo como abogado en una multinacional. Se despidió de un “buen sueldo” y de una actividad que le apasiona. De hecho, podría haber vivido de Niña Polaca desde hace tres o cuatro años, como sus compañeros de banda, pero mantuvo el empleo de traje y corbata porque lo disfruta. “Me he ido con pena, la verdad, porque me gusta mucho el derecho, sobre todo la parte de tecnología legal, donde soy especialista. Pero el grupo alcanza un nivel que es imposible manejar las dos cosas. Además, me he montado con el guitarrista de la banda una agencia de managers. Demasiado trabajo”, cuenta.
Álvaro lleva en Madrid 13 años. Llegó a la capital desde Alicante para estudiar Derecho y se quedó. Su padre, Mariusz Surma, es polaco. Simpatizante de Solidaridad, el sindicato de Lech Walesa que desafió al régimen comunista, tuvo que huir de su país, como otros militantes, cuando en los ochenta fueron perseguidos por el régimen comunista polaco. Aterrizó en Alicante, conoció a una española y se casaron en 1992. Aficionado al rock, le contagió su pasión a su hijo: Álvaro vio a Elton John con tres años, luego a los Rolling Stones (cuatro veces), a Bruce Springsteen (en tres ocasiones), a AC/DC, Judas Priest… Sus padres se separaron y Álvaro estuvo dos o tres años distanciado de su padre. Ya reconciliados, el líder de Niña Polaca invitó a su padre a ver a los Rolling Stones en el Metropolitano en 2022, en la última visita de la banda de Jagger y Richards. Era una forma de agradecerle que le hubiera transmitido su pasión por la música.
Niña Polaca se formó en 2018. En 2026, ya consolidados y con su tercer disco caliente, el grupo se define como “un autobús en llamas conducido por monos borrachos”. Los otros cuatro miembros, ya reunidos con su líder, matizan: “Somos colegas jugando, pasándolo bien, y aprendiendo a hacer las cosas. Ahora el mono no está tan borracho [risas], así que llevamos nuestras cuentas, tomamos las iniciativas más viables… Somos cinco amigos que hacen música sin pensar mucho dónde nos va a llevar”.
Las canciones de Niña Polaca no son otra cosa que la vida de Álvaro. “Por suerte o por desgracia es mi diario, sí”, asume. “Al principio, cuando empezamos, me daba pudor exponer tanta intimidad. Pero luego ves que la gente lo hace suyo y me dejé de preocupar. No me escondo. Es mi vida, sin trampa ni cartón”. Así, sabemos que su terapeuta se llama Luz y estamos al tanto de las rupturas y las reconciliaciones con Carmen, su pareja. El protagonista se ríe. “Sí, hemos pasado por muchas fases. Ahora estamos muy bien, por cierto”.
Carmen es también abogada y ejerce de musa en varias letras del nuevo disco, ¿Dónde está la ONU cuando más la necesitas?; pero luego las inquietudes del protagonista desembocan en un desencanto existencial y social. La estabilidad sentimental impulsa a Álvaro a mirar a su alrededor y el panorama no le gusta, como a muchos jóvenes de su edad. “Soy de izquierdas, pero estoy muy desengañado con la izquierda de este país. Acceder a una vivienda para un joven es una quimera. Los partidos tradicionales no han sabido conservar el sistema del bienestar que teníamos, y cuando viene el primer zumbado de turno prometiendo el cielo hay gente joven que se lo cree y le vota. En parte es responsabilidad del establishment, que no da respuestas a los problemas de la gente. A ver dónde acaba esto. Yo estoy bastante acojonado, la verdad”, explica. Admite influencias de la canción protesta de los años sesenta y setenta, de Dylan y Springsteen, y también de artistas que se expresan en catalán (lo entiende y lo habla), como Serrat, Lluís Llach, La Ludwig Band, Manel, Ferran Palau, Oques Grasses… “La escena musical catalana actual me parece lo más interesante que se está haciendo en España”, señala.

En la canción La codicia y capital de las fuerzas extranjerasdenuncia “que se ha vendido la esencia de nuestra tierra”. “Desde que llevo en Madrid viviendo me han echado de tres barrios. Las ciudades están despersonalizadas, son parques temáticos. Y no hablemos de Alicante, donde todo el centro son pisos turísticos. Hemos vendido el patrimonio de nuestras ciudades por cuatro duros. En Alicante no hay industria, solo turismo. ¿De verdad no tenemos nada más que ofrecer al mundo?”. En la letra de CSI Alicante (Mi generación) se pide la dimisión de Carlos Mazón y entona: “Las pastillas para la depresión en las que han enterrado a mi generación”. “Tengo muchos amigos que han estado medicados durante mucho tiempo y me da mucha pena y rabia”, asevera. “Cuando una persona de 25 años tiene que ponerse hasta el culo de pastillas para poder sobrevivir a un día a día que se suponía debería ser cómodo, es síntoma de que muchas cosas no funcionan. A mí me recetaron ansiolíticos una vez porque pasaba por una etapa de mucha ansiedad. Llevaba las pastillas en la mochila, pero no me las tome. Que las pastillas fuesen la respuesta a mi ansiedad me dio mucha rabia y no quise medicarme”.
Niña Polaca sigue ensayando para una gira que no parará en todo el año. Se cierra la puerta de su local de ensayo mientras se les escucha cantar uno de sus himnos: “Y no es pedir tanto o pecar de ambición. / No querer mi mundo en una habitación. / Hablar de futuro y no escuchar temor en cada voz de mi generación”.
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