Kanye West: esto podía haber sido un ‘reel’

Un sonido que es como un dron. Cinco minutos. Y sale Kanye West, cruza el foso vacío ―no se han vendido entradas de pista― y se mete dentro del escenario, que es un medio globo gigante. Es como un astronauta solo. Y solo espera sostener casi dos horas de concierto desde esta fabulosa cima del mundo en la que una vez habitó pero ya hace tiempo que no pisa. En periodismo estas cosas nos pasan mucho. Alguien tiene una idea genial para una sección. Pero ¿podremos hacer dos años de eso? Nadie preguntó esto a West cuando se le ocurrió esto de sostener una veintena de temas desde la cima del mundo, sin más que una ayuda puntual de Andre’ Troutman, muchas luces y algún que otro fuego artificial. La idea es genial, y produce reels en redes sociales fascinantes. Ves 15 segundos y corres a pagar los más de 200 euros que cuestan las entradas. Luego, tras 15 minutos de concierto, empiezas a pensar si apagaste el aire antes de salir de casa.

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 El concierto del rapero en Madrid deja imágenes fascinantes para las redes sociales, pero difíciles de sostener durante dos horas en directo  

Un sonido que es como un dron. Cinco minutos. Y sale Kanye West, cruza el foso vacío ―no se han vendido entradas de pista― y se mete dentro del escenario, que es un medio globo gigante. Es como un astronauta solo. Y solo espera sostener casi dos horas de concierto desde esta fabulosa cima del mundo en la que una vez habitó pero ya hace tiempo que no pisa. En periodismo estas cosas nos pasan mucho. Alguien tiene una idea genial para una sección. Pero ¿podremos hacer dos años de eso? Nadie preguntó esto a West cuando se le ocurrió esto de sostener una veintena de temas desde la cima del mundo, solo con ayuda de muchas luces y algún que otro fuego artificial. La idea es genial, y produce reels en redes sociales fascinantes. Ves 15 segundos y corres a pagar los más de 200 euros que cuestan las entradas. Luego, tras 15 minutos de concierto, empiezas a pensar si apagaste el aire antes de salir de casa.

Así, el show ofrece en su arranque todas sus debilidades. Luego convertirá muchas de ellas en fortalezas, apoyado en ese bien tan preciado y demasiadas veces vilipendiado que es la costumbre y en un público, en su mayoría bebés cuando Kanye dominaba el planeta, que viene a juntarse y escuchar sus canciones y que el espíritu crítico esperemos que lo guarde para empresas mayores. Black Skinhead y Power sostienen este primer tercio porque son imperiales y la mayor prueba de la grandeza de su creador.

Kanye West (desde hace un tiempo Ye) tiene el mérito de ser el último artista que, en el pico de sus superpoderes creativos, simultaneó éxito comercial con relevancia sociocultural y discurso innovador. Después de él, ha habido artistas superventas y un puñado de músicos que han tratado de seguir haciendo que esto de la música popular se mueva hacia adelante, pero ninguno ha logrado ambas cosas a la vez.

West tiene 24 Grammys, una fortuna estimada por la revista Forbes en casi 7.000 millones de dólares y, hace seis años, su marca Yeezy, aliada por entonces con el alemán del deporte Adidas, logró representar el 7% de la facturación anual de la marca. Se casó con la celebridad más celebridad del siglo, Kim Kardashian, y casi en solitario convirtió el hip hop en cultura hegemónica y al autotune en instrumento respetado. Entre 2004 y 2016 cimentó su leyenda como uno de los músicos más innovadores y relevantes del siglo XXI con álbumes llenos de éxitos como Graduation, irreverentes y modernos como Yeezus o simplemente perfectos como el triple My beautiful dark twisted fantasy, además de producir éxitos para Jay Z, Rihanna, Common o Janet Jackson. Pero hoy se presenta ante 70.000 personas en el madrileño estadio Metropolitano provocando una mezcla de curiosidad, inquietud, complejo de culpa y algo de melancolía. Ha tenido que cancelar sus showsen Reino Unido, Polonia, Francia, República Checa, Italia y Suiza (aparte de Madrid, han quedado Estambul, Tiblisi, Tirana o el Algarve), en lo que parece más la gira de un Papa que de un músico) debido a que las autoridades locales le han negado el permiso por sus desmanes antisemitas, que incluyen el intento el año pasado de lanzar un single titulado Heil Hitler. También acumula una larga de denuncias por acoso laboral y sexual. Hace unos meses, publicó un anuncio en The Wall Street Journal pidiendo disculpas por todo el daño causado y recordando, una vez más, que padece trastorno bipolar de grado 1.

En estos tiempos en que la salud mental se ha puesto en el centro del discurso (finalmente, gracias) y se celebra que se hable abiertamente de ella o que incluso se celebre que Olivia Rodrigo le pague a su equipo el psicólogo, a él todo esto no le ha servido para despertar un mínimo de empatía. Es injustificable, pero perfectamente comprensible.

Por eso tal vez es tan complicado sentarse esta noche en el estadio esperando verle subirse a esa bola del mundo que tiene como escenario ―es innegable que sus presentaciones en directo siempre han ido varios pasos por delante de todos los demás, desde sus misas en Coachella a esta barbaridad que ofrece en este tour y que confirma que aún se puede sorprender― y no pensar que, por muchas alegrías que te haya dado su música en el pasado, sigue habiendo algo en él que hace que no te termine de importar si se resbala y se cae (otra vez) mundo abajo. Él afirma que no se acuerda de casi nada ―tiene todo el sentido del mundo en su condición―, tú deseas lo mismo. Pero dentro, muy adentro, y muy en silencio, deseas que la de hoy sea una noche memorable.

Y lo es solo a medias. Y a ratos. Y sobre todo, por las canciones, temas como Stronger o Jesus Walks o la final Runaway, que una vez superada la fascinación de estar aquí, dentro del hashtag y además esta vez en contra del mundo, sostienen la verdad que hay en las ideas y en las canciones, en la ambición de un tipo que se ha quedado solo. Y cree que está solo en la cima del mundo. Pero ya no, ya no.

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