Manolo Solo era el mejor actor español del momento como saben y reconocen sus compañeros. Pero era un genio del silencio, de la voz baja, de la mirada indirecta. Podía ser un hombre tímido o un sujeto temible, un don nadie o un poderoso sin escrúpulos, el más bueno o el más turbio de esos mundos oscuros que a menudo frecuentaban sus personajes. Y todo ello sin que nadie se diera cuenta hasta que los hechos de la película terminaran por desvelarlo. Parecía que no estaba, pero cuando menos te lo esperabas se aparecía y, como en aquella magnífica Tarde para la ira, ganaba el Goya que nunca debió abandonarle.
El actor era un genio del silencio, de la voz baja, de la mirada indirecta
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
El actor era un genio del silencio, de la voz baja, de la mirada indirecta
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Fernando Méndez-Leite
Manolo Solo era el mejor actor español del momento como saben y reconocen sus compañeros. Pero era un genio del silencio, de la voz baja, de la mirada indirecta. Podía ser un hombre tímido o un sujeto temible, un don nadie o un poderoso sin escrúpulos, el más bueno o el más turbio de esos mundos oscuros que a menudo frecuentaban sus personajes. Y todo ello sin que nadie se diera cuenta hasta que los hechos de la película terminaran por desvelarlo. Parecía que no estaba, pero cuando menos te lo esperabas se aparecía y, como en aquella magnífica Tarde para la ira, ganaba el Goya que nunca debió abandonarle.
Los mejores directores de su tiempo, Alberto Rodríguez, Santi Amodeo, Manolo Martín Cuenca, Fernando Franco o Daniel Monzón, intuyeron que en una escena o en unas cuantas Manolo se comía la película y se arrimaron a él tanto como pudieron. Y Manolo se hizo con El laberinto del fauno, Cerrar los ojos y El buen patrón.
Se cruzan de pronto ráfagas de un Manolo inseguro y peligroso en un parque intuyendo la verdad de Laia Manzanares, encerrado y aterrado en un sombrío interior ante la amenaza de Sonia Almarcha, brujuleando por el pasado de Ana Torrent, que cuando él solo tenía nueve años jugaba con Frankenstein. Y, a pesar de que yo prefiero la geografía a la jardinería, me he quedado con él en Una quinta portuguesa, tal vez su interpretación más redonda y una de mis películas favoritas de los últimos tiempos.
Tal vez por eso, cuando esta mañana me han dado la triste noticia de su fallecimiento en un tiempo que no correspondía, he pensado en tres mujeres que lo acompañaron en esa película impar: mi amiga, la productora Miriam Porté, la extraordinaria directora Avelina Prat y la actriz serbia Branka Katic. Y he pensado que Manolo y yo nos conocíamos poco – una rueda de prensa, un cruce en la estación de Málaga, una gala de los Goya – pero nos reconocimos siempre. Y que se lleva con él el secreto de Víctor Erice. Manolo cierra los ojos.
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