La era de los desequilibrios

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El Bund de Shanghái, en la orilla del río Huangpu, es un ejercicio en contrastes. Antaño el centro de la influencia europea en la ciudad, alberga elegantes edificios neoclásicos de estilo colonial, testimonio del poder financiero y comercial occidental del pasado. Enfrente, en la orilla opuesta del río, se encuentra uno de los skylines más impresionantes del mundo, una fantasía de color, cristal y acero, con la famosa torre Perla Oriental en el centro, testimonio del poder financiero y comercial chino de la actualidad.

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 El problema de las políticas proteccionistas es que son ineficaces y, a menudo, contraproducentes  

El Bund de Shanghái, en la orilla del río Huangpu, es un ejercicio en contrastes. Antaño el centro de la influencia europea en la ciudad, alberga elegantes edificios neoclásicos de estilo colonial, testimonio del poder financiero y comercial occidental del pasado. Enfrente, en la orilla opuesta del río, se encuentra uno de los skylines más impresionantes del mundo, una fantasía de color, cristal y acero, con la famosa torre Perla Oriental en el centro, testimonio del poder financiero y comercial chino de la actualidad.

Este presente donde China se presenta como una formidable potencia económica es la clave del debate de moda sobre los desequilibrios globales. Un debate confuso porque mezcla conceptos macroeconómicos —los desequilibrios de la balanza por cuenta corriente, derivados de la dinámica entre ahorro e inversión— con conceptos sectoriales —el dominio competitivo chino en sectores específicos como los vehículos eléctricos o las baterías— y de seguridad nacional —el control sobre las llamadas tierras raras y el uso cada vez más frecuente de restricciones y sanciones comerciales—.

Es un debate que se ha metamorfoseado a lo largo de los años. En los años dos mil, los desequilibrios globales se estudiaban para evaluar las vulnerabilidades macroeconómicas de cada país: el enorme déficit por cuenta corriente de EE UU; el sobrecalentamiento de las economías de Gran Bretaña o España o los superávits por cuenta corriente, como el de Alemania, que se presentaban como un ejemplo de virtud macroeconómica. El debate actual ya no se centra en los desequilibrios nacionales —el superávit por cuenta corriente chino, como porcentaje de su PIB, es menor que el de Alemania, Holanda, Suecia o Suiza, por poner ejemplos— sino en las implicaciones del superávit chino para el resto de la economía mundial.

¿Por qué esta diferencia de enfoque? Por dos razones. Por un lado, el tamaño importa. La economía china ha crecido de manera muy rápida —cada cinco años, China añade al mundo el equivalente al PIB de la India— y es ya la segunda economía del mundo en términos de PIB nominal en dólares. Esta dimensión implica que China domina el sector manufacturero mundial, con una cuota de mercado mayor que la suma de las cuotas de EEUU, Alemania y Japón, y la convierte en líder mundial en una creciente variedad de sectores, muchos de ellos estratégicos.

Por otro lado, la creciente influencia de la geopolítica en la política económica —a través del énfasis en la resiliencia y la seguridad nacional— ha aumentado la preferencia por el proteccionismo y la política industrial, algo que el columnista del Financial Times Martin Wolf ha bautizado como neo-mercantilismo. Este renacimiento del proteccionismo se debe, sobre todo, a la convicción, exagerada, de que el declive del empleo manufacturero en los países occidentales sea la causa principal del auge de los populismos. A esto se le ha añadido el convencimiento, también exagerado, de que el éxito chino se deba sobre todo a su profuso uso de subsidios, ignorando sus detallados planes de inversión de largo plazo y la existencia de un enorme mercado interior que permite a las empresas chinas crecer y adoptar escala mundial.

El problema con las políticas proteccionistas es que son ineficaces y, a menudo, contraproducentes. EE UU lleva una década aumentando aranceles, aplicando sanciones y restricciones a las importaciones, y no ha conseguido reducir su déficit comercial ni su dependencia de la economía china. Ha reducido las importaciones directas de China, pero el comercio se ha redireccionado y los productos chinos entran a través de terceros países.

El debate actual confunde y mezcla desequilibrios con competitividad, la macroeconomía con las tendencias sectoriales. Los desequilibrios macroeconómicos surgen de la dinámica entre ahorro e inversión. En China, el superávit por cuenta corriente es el resultado del colapso de su sector inmobiliario, no de una política comercial específica —al igual que en EEUU el déficit comercial es el resultado de su déficit fiscal—. Si China fomenta el consumo interno o estabiliza su mercado inmobiliario, su superávit por cuenta corriente disminuirá, pero su dominio mundial en el sector manufacturero seguirá intacto. Sus décadas de inversión con el objetivo de ser líder mundial en sectores estratégicos están dando frutos y pone en evidencia el error europeo de enfocarse en el ahorro en lugar de la inversión y, sobre todo en el caso alemán, de dormirse en los laureles de su pasado dominio industrial. Las discrepancias no son macroeconómicas, sino sectoriales: desde el punto de vista industrial, China es la nueva Alemania, pero de un tamaño muy superior.

La solución no es sencilla. El azar hace que el contexto macroeconómico favorezca a China: el colapso de su burbuja inmobiliaria crea una fuerza deflacionista que aumenta la competitividad de su tipo de cambio real en un momento de rápido progreso tecnológico —una especie de “enfermedad holandesa” (Dutch disease) a la inversa— y, con inflación y tipos de interés cero y sin espacio fiscal, China no se puede permitir una rápida apreciación del tipo de cambio nominal. Europa podría relajar la política monetaria para tener un tipo de cambio más depreciado, pero las tensiones inflacionistas se lo impiden, y al ser solo un problema sectorial —la zona euro siguen teniendo un superávit comercial— el tipo de cambio no tiene tendencia a la depreciación.

Si el problema es sectorial, el remedio también debe serlo, y por eso el tipo de cambio no es parte de la solución. Es verdad que China gestiona activamente su tipo de cambio con una cuenta de capitales cerrada, y está infravalorado respecto a su equilibrio de largo plazo. Pero también es verdad que, si abriera su cuenta de capitales y dejara flotar libremente el tipo de cambio, seguramente se depreciaría aún más, como sucedió en 2015.

Por supuesto que hay que gestionar un deterioro industrial en occidente que podría ser potencialmente irreversible, dada la rapidez con que China ha pasado a dominar el sector manufacturero mundial. Pero la gestión debe basarse sobre todo en medidas ofensivas —inversión en sectores punteros y políticas industriales regionales que faciliten la transición hacia el nuevo equilibrio— y no solo defensivas como aranceles y cuotas. Para afrontar una posible guerra comercial con China, como parece proponer la Unión Europea, primero hay que reforzarse para poder sobrevivir a las respuestas.

La geopolítica domina el debate sobre los desequilibrios, que no tiene visos de desaparecer. Tanto China como EE UU han decidido invertir todo lo que sea necesario para alcanzar el liderazgo tecnológico y, por razones de seguridad nacional, dominar la mayor cantidad de sectores estratégicos posible. China lleva una década invirtiendo para ser autosuficiente en recursos naturales, y EE UU ha adoptado ahora una estrategia similar invirtiendo de manera abundante en el hemisferio occidental para evitar la dependencia de China.

Esto deja a Europa en una situación de debilidad, rezagada en tecnología y dependiente en recursos naturales —y con la tremenda incertidumbre del futuro de Ucrania—. Europa tiene una de las partes del Bund de Shanghái, la arquitectura colonial de su pasado glorioso, pero tiene que invertir para generar la otra parte, ese skyline moderno que refleje el poder económico actual. Y, sin esa inversión, las maniobras defensivas proteccionistas no serán ni eficaces ni creíbles y el poder geopolítico europeo seguirá disminuyendo. En la era de los desequilibrios, el refuerzo es la única alternativa.

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