Hace pocos días, Marisa Manchado me llamó y me dijo que comiéramos a su vuelta de Sevilla. En la capital hispalense iba a un coloquio dedicado a su obra. El próximo día 15 de diciembre iba a recibir el Premio Nacional de Música que el Ministerio de Cultura le había concedido hace dos. Todos estos “ibas” han volado por los aires en el fatídico accidente ferroviario que conmueve a España.
El hermano de la compositora madrileña, Premio Nacional en 2024 por su aproximación musical a ‘La Regenta’. ha confirmado su fallecimiento en el accidente de trenes en Toledo
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
El hermano de la compositora madrileña, Premio Nacional en 2024 por su aproximación musical a ‘La Regenta’. ha confirmado su fallecimiento en el accidente de trenes en Toledo

Hace pocos días, Marisa Manchado me llamó y me dijo que comiéramos a su vuelta de Sevilla. En la capital hispalense iba a un coloquio dedicado a su obra. El próximo día 15 de diciembre iba a recibir el Premio Nacional de Música que el Ministerio de Cultura le había concedido hace dos. Todos estos “ibas” han volado por los aires en el fatídico accidente ferroviario que conmueve a España.
También ha desaparecido para siempre una convivencia y una camaradería que dio comienzo el año 1978, por los mismos días en que comencé a convivir con mi mujer, Gloria. Demasiadas cosas de ese año se van ya del todo, como el recuerdo de esa efervescencia nacida con la Constitución del mismo año, salpicada luego por los efluvios de la Movida y muchas cosas más. Juntos nos presentamos en el domicilio de Luis de Pablo para pedirle clases de composición. Una década más tarde también juntos estrenamos nuestra primera ópera, no juntos en el tiempo, pero sí en el proyecto, yo inauguré el ciclo que propuso el Ministerio de Cultura para jóvenes compositores en 1987 y ella lo cerró siete años más tarde con una deslumbrante imaginería musical a partir de un texto delicado de Rosa Montero, El cristal de agua fría. Volvimos a coincidir en París y allí fundamos una asociación que tuvo tiempo de brindar varios conciertos y algún taller.
A nuestro retorno, no era raro volvernos a enredar en cosas juntos, como cuando yo era director del Centro para la Difusión de la Música Contemporánea (CDMC) y del Festival de Alicante y ella se convirtió en Subdirectora de Música del INAEM, es decir, formalmente mi superiora, lo que nos dio motivo de algunas risas.
Cuando comenzó a imaginar lo que sería su ópera fundamental, La Regenta, las conversaciones fueron constantes, sus dudas y miedos, pero también sus certezas y esa rara seguridad suya tantas veces disfrazada de desdén. La Regenta tuvo un proceso largo, pero cuando concluyó quedó claro que se había salido con la suya, era su obra magna, tanto que le dio ánimo para embarcarse en nuevos proyectos y le valió el Premio Nacional de Música.
Pero hubo una actividad suya que yo no podía compartir por razones obvias, no porque me faltaran ganas, su activismo feminista. Marisa Manchado ha sido pionera absoluta de la causa feminista en la música clásica, especialmente en la composición. Tiene en su haber varios libros que hoy son ya referencia respecto a la situación de la mujer en la música. Y su presencia en todo tipo de actos era permanente cuando se trataba de poner los puntos sobre las íes. Ha estado presente como fundadora o animadora en asociaciones como Mujeres en la música, Clásicas y modernas y seguro que alguna más que recuerdo mal.
No sabría decir con palabras lo que representa su muerte para la música en España, enorme en el ámbito del feminismo musical y especialmente sensible en el terreno de la creación musical. Pero me siento en la obligación de poner palabras en lo que representa su ausencia para mí: tres cuartas partes de una vida de luchas artísticas compartidas, la sensación de apoyo que sentía solo con marcar un número de teléfono o tomar un café, un apoyo basado en casi cincuenta años de desear las mismas cosas y pensar que podíamos conseguirlas con esfuerzo y un punto de ingenuidad. Y quizás una ausencia que me crea un problema de ritmos, su velocidad al embarcarse en aventuras era difícil de seguir, una velocidad que se la ha llevado a 200 kilómetros por hora. Yo llegaré más tarde porque soy más lento, pero seguro que en algún punto me esperará con su sonrisa socarrona y ese “ya te lo decía yo”.
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