Este martes, las luces de los teatros del West End de Londres se oscurecerán 10 minutos en señal de luto por Sir Patrick Stewart. Se ha muerto para ellos uno de los suyos, uno de los mejores, un actor shakespeariano que hacía resonar el verso yámbico en los esternones del público sentado en la última fila del gallinero. Para otros se ha muerto el Xavier de los X-Men, lo cual es hasta cierto punto respetable y no del todo incorrecto. Pero esas dos muertes palidecen ante la única que de verdad importa. Al menos, la que de verdad me importa a mí. Hemos perdido a Jean-Luc Picard, el héroe más culto, improbable, pacífico, moderadito, irónico y sedentario de la historia de la ciencia ficción y aun de la cultura popular.
Hemos perdido a Jean-Luc Picard de ‘Star Trek’, el héroe más culto, improbable, pacífico, moderadito, irónico y sedentario de la historia de la ciencia ficción y aun de la cultura popular
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Hemos perdido a Jean-Luc Picard de ‘Star Trek’, el héroe más culto, improbable, pacífico, moderadito, irónico y sedentario de la historia de la ciencia ficción y aun de la cultura popular


Este martes, las luces de los teatros del West End de Londres se oscurecerán 10 minutos en señal de luto por Sir Patrick Stewart. Se ha muerto para ellos uno de los suyos, uno de los mejores, un actor shakespeariano que hacía resonar el verso yámbico en los esternones del público sentado en la última fila del gallinero. Para otros se ha muerto el Xavier de los X-Men, lo cual es hasta cierto punto respetable y no del todo incorrecto. Pero esas dos muertes palidecen ante la única que de verdad importa. Al menos, la que de verdad me importa a mí. Hemos perdido a Jean-Luc Picard, el héroe más culto, improbable, pacífico, moderadito, irónico y sedentario de la historia de la ciencia ficción y aun de la cultura popular.
No hemos valorado como merece la audacia de colocar a un actor como Patrick Stewart en la Enterprise de la nueva generación de Star Trek. Años después sería fácil verlo en otros papeles comerciales, pero en 1987, cuando se estrenó la segunda serie de la saga, aquello era peligrosísimo: corrían el peligro de ofender en lo más íntimo a millones de trekkies muy irascibles. El experimento solo funcionó porque Sir Patrick era un genio.
El sustituto del original capitán Kirk no podía ser más distinto a él. Si Kirk era un atleta, Picard era un intelectual; si Kirk era un poco borrachuzo, Picard hacía vino que no se bebía; si Kirk resolvía todo a hostia limpia, Picard era un maestro de la diplomacia y la elocuencia; si Kirk era impetuoso y distinguía el bien y el mal con la misma claridad que el blanco del negro, Picard se ensimismaba en los matices, comprendía las debilidades ajenas —y las propias— y creía que las nociones de amigo y enemigo eran accidentes que podían alterarse con un par de citas de Shakespeare y un silencio dramático.
Stewart no nació destinado a comandar una nave espacial. Nunca le sentó bien el uniforme de la Flota Estelar, que se recolocaba constantemente, haciendo del gesto un rasgo del personaje: Picard no estaba cómodo en ningún colectivo, era un individualista radical y solitario. Así fue con todo: en lugar de adaptarse a los códigos de un producto de masas estandarizado, este titán del teatro convirtió el puente de mando de la Enterprise en un escenario isabelino donde su voz hondísima proyectaba dudas y quebraba prejuicios. Star Trek se volvió más divertida, más compleja, menos predispuesta a tomarse en serio. Llevó la nave a un lugar donde nadie había ido antes.
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