La sombra de Estados Unidos se alarga sobre el sur de Groenlandia: “Vamos a perder nuestras casas”

El Museo de Narsarsuaq ya no tiene un horario fijo. Desde que el aeropuerto cerró en primavera, apenas llegan visitantes a esta remota localidad del sur de Groenlandia. No obstante, si alguien pregunta por la casa de Ole Guldager y se acerca a pedirle que lo abra, él accede encantado. El museo ocupa uno de los barracones de la antigua base militar, un edificio alargado de madera, pintado de rojo y con chimenea de ladrillo. Junto a la entrada se exhibe el motor radial de un avión de la Segunda Guerra Mundial, corroído por décadas de exposición a la intemperie. Detrás del edificio se extiende la pista de aterrizaje que soldados de Estados Unidos construyeron en tiempo récord. Hoy, sin embargo, ese mismo país emerge no como un aliado del pasado, sino como una creciente amenaza para la soberanía y los recursos naturales de la isla, especialmente en lugares como Narsarsuaq, una de las tres bases que Estados Unidos aspiraría a reabrir.

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Ole Guldager, en la entrada del Museo de Narsarsuaq.El pueblo de Narsarsuaq, junto a la pista de aterrizaje.Un tanque de combustible oxidado, cerca de la antigua base militar estadounidense en Narsarsuaq.Una vista del fiordo desde Qassiarsuk, a finales de junio.La granja y la vivienda de Aviaja Lennert, en junio en Tasiusaq.Aviaja Lennert, delante de su establo con el símbolo de Urani Naamik, este verano en Tasiusaq.

Reportaje elaborado en el marco del proyecto ‘Europa Informada’, financiado por el Parlamento Europeo. El interés de Trump por controlar la gigantesca isla danesa y explotar sus recursos naturales inquieta a la población  

El Museo de Narsarsuaq ya no tiene un horario fijo. Desde que el aeropuerto cerró en primavera, apenas llegan visitantes a esta remota localidad del sur de Groenlandia. No obstante, si alguien pregunta por la casa de Ole Guldager y se acerca a pedirle que lo abra, él accede encantado. El museo ocupa uno de los barracones de la antigua base militar, un edificio alargado de madera, pintado de rojo y con chimenea de ladrillo. Junto a la entrada se exhibe el motor radial de un avión de la Segunda Guerra Mundial, corroído por décadas de exposición a la intemperie. Detrás del edificio se extiende la pista de aterrizaje que soldados de Estados Unidos construyeron en tiempo récord. Hoy, sin embargo, ese mismo país emerge no como un aliado del pasado, sino como una creciente amenaza para la soberanía y los recursos naturales de la isla, especialmente en lugares como Narsarsuaq, una de las tres bases que Estados Unidos aspiraría a reabrir.

Cuando Guldager enciende las luces, de la penumbra emergen uniformes, fusiles y carabinas, teléfonos de campaña, una camilla metálica del antiguo hospital, máquinas tragaperras y cartas confiscadas por la censura que relataban el aislamiento extremo y que nunca llegaron a su destino. Las salas reconstruyen la vida cotidiana de los miles de militares, pilotos y enfermeras estadounidenses que pasaron por la antigua base. Entre los cientos de fotografías destacan varias de Marlene Dietrich, tomadas en 1944. Durante unas horas, la actriz llevó el espectáculo de Hollywood hasta aquel inhóspito rincón entre fiordos y montañas para levantar el ánimo de las tropas.

Guldager llegó a Narsarsuaq siendo un niño. Nació en Dinamarca, pero su padre trabajaba en el aeropuerto civil en el que se había convertido la antigua instalación militar tras la marcha de los estadounidenses a finales de los años cincuenta. Historiador y arqueólogo —además de uno de los escasos apicultores de la isla—, ha dedicado buena parte de sus 58 años a investigar sobre el lugar donde creció y decidió quedarse.

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El último avión aterrizó en abril. El aeropuerto se cerró porque abrió otro en Qaqortoq, la capital regional, donde viven unas 3.000 personas, y no tiene sentido mantener dos para una población tan pequeña. Pero la realidad es que desde entonces, Narsarsuaq se ha ido vaciando. Guldager calcula que de los 150 habitantes que tenía quedan unos 40. Todo giraba alrededor del aeropuerto, que durante más de seis décadas fue la principal puerta de entrada al sur de la isla, absorbiendo cada verano el tránsito de miles de pasajeros. Ahora hay semanas en las que apenas llega una decena de visitantes. El hotel, uno de los más grandes de Groenlandia, bajó la persiana el mismo día que el aeródromo.

Entre quienes no se plantean marcharse está Storch Lund. Nieto de Henrik Lund —el poeta que compuso la letra del himno de Groenlandia—, creció en una granja al otro lado del fiordo y se mudó a esta orilla siendo adolescente para trabajar como aprendiz de mecánico. Llegó a dirigir el aeropuerto durante más de dos décadas, además de regentar una cafetería y una tienda de souvenirs que cerró hace unos meses. También creó una empresa para trasladar a turistas a otras localidades. Hoy solo uno de sus barcos sigue operando con escasa demanda; los otros dos permanecen amarrados. A sus 69 años, le cuesta asimilar que “en Narsarsuaq ya no ocurre nada”.

Es en ese vacío donde ahora reaparece Estados Unidos.

Mientras el pueblo agoniza, la sombra de Donald Trump se alarga sobre él. El presidente estadounidense, que ya trató de comprar Groenlandia a Dinamarca durante su primer mandato, amenazó a principios de año con hacerse con el control de la isla “por las buenas o por las malas”. La tensión se rebajó después de que varios aliados europeos enviaran tropas al territorio ártico en respaldo de la soberanía danesa y la crisis se encauzó hacia la vía diplomática. Desde hace siete meses, representantes de Dinamarca y Groenlandia negocian entre bambalinas en Washington con la Administración Trump los términos de una expansión militar de la primera potencia mundial en la isla más grande del planeta, de tan solo 56.000 habitantes.

En esas conversaciones, Estados Unidos reclama la soberanía del territorio que ocupen sus futuras instalaciones militares en la isla —un estatus similar al de las bases británicas en Chipre—, una exigencia que no están dispuestos a aceptar los representantes daneses y groenlandeses.

La estrategia de Washington se apoya en el acuerdo bilateral de defensa firmado con Copenhague en 1951, un tratado que permite ampliar, previa solicitud, la presencia militar estadounidense en este territorio del Reino de Dinamarca. El general Gregory Guillot, jefe del Comando Norte de Estados Unidos, informó en marzo al Senado sobre la intención de establecer tres nuevas “zonas de defensa” en Groenlandia, con el objetivo de reforzar la vigilancia sobre los submarinos nucleares rusos y contrarrestar la creciente influencia de China en el Ártico.

En mayo, cuatro semanas después de que el aeropuerto internacional de Narsarsuaq fuera degradado a helipuerto, personal de la Infantería de Marina y representantes de la Embajada de Estados Unidos en Dinamarca llegaron para inspeccionar la pista de aterrizaje, el puerto de aguas profundas y otras instalaciones de la antigua base.

Guldager teme que el retorno de las tropas estadounidenses termine por desahuciar a los vecinos que aún aguantan en Narsarsuaq. “Vamos a perder nuestras casas y a tener que irnos del lugar donde hemos vivido y trabajado toda la vida”, lamenta. Autor de un libro sobre las decenas de instalaciones militares que Estados Unidos construyó en Groenlandia durante la ocupación nazi de Dinamarca, Guldager recuerda que durante la ampliación, en 1953, de la base de Pituffik —la única que mantiene Washington en la isla, al noroeste—, decenas de familias inuit fueron reubicadas por la fuerza a 130 kilómetros de sus hogares.

“Los estadounidenses lo construyeron todo, pero este es mi hogar”, remarca Guldager. Con nostalgia, evoca cómo en apenas tres años aquella llanura deshabitada se transformó en una ciudad con carreteras, talleres, comedores, hospital, cine, cancha de baloncesto y gimnasio. En los estertores de la Segunda Guerra Mundial llegaron a vivir allí unas 4.000 personas, más que en cualquier otra localidad groenlandesa de la época.

Con el nombre en clave de Bluie West One, la base de Narsarsuaq formó parte de una red de escalas crucial para trasladar aviones militares desde América hasta los frentes de Europa y el norte de África. Más de 10.000 aeronaves repostaron o fueron reparadas allí durante el conflicto.

Estados Unidos abandonó la base en 1958 dejando una profunda huella ambiental; una herencia tóxica para una población cuya identidad depende del equilibrio con su entorno. El paisaje costero quedó sembrado de escombros, chatarra, tuberías, baterías y miles de bidones oxidados. A unos pocos kilómetros, el antiguo hospital militar, con capacidad para 250 camas, fue pasto de las llamas en los años setenta. Nadie retiró las placas de amianto, y pequeños fragmentos blancos de este material tóxico yacen dispersos por el valle. Los vecinos temen que los fuertes vientos sigan arrastrando partículas peligrosas hacia el pueblo, aunque hoy les preocupa más Donald Trump.

Las consecuencias del cierre del aeropuerto y el fantasma del regreso estadounidense también se sienten al otro lado del fiordo. Pese a estar a solo tres kilómetros, Qassiarsuk y Narsarsuaq pertenecen a mundos distintos. Aunque cruzar esa franja de agua apenas lleva 15 minutos, la acumulación de hielo, los fuertes vientos o la densidad de la niebla pueden cortar durante días la comunicación entre ambas orillas. Qassiarsuk se alza sobre los vestigios de la granja donde Erik el Rojo se estableció a finales del siglo X, tras ser desterrado de Islandia. Allí bautizó al territorio como Groenland (tierra verde, en nórdico antiguo) y sentó las bases de la colonización vikinga.

Lejos de la clásica estampa helada, Qassiarsuk deslumbra en verano entre colinas de un verde intenso, salpicadas de casas de vivos tonos rojos, amarillos y azules. Aunque el pueblo tiene apenas 50 habitantes, es uno de los principales núcleos ganaderos de Groenlandia. Esta actividad, al igual que la agricultura, se concentra casi exclusivamente en la franja de la isla situada al sur del círculo polar ártico.

Un camino de ocho kilómetros lleva hasta Tasiusaq, donde una sola familia mantiene en funcionamiento la granja y el albergue. Allí, Aviaja Lennert y la novia de su hijo se afanan en la cocina para preparar la cena a unos huéspedes alemanes que están a punto de llegar con sus mochilas, tras más de dos horas de trayecto a pie desde Qassiarsuk. Moverse por la isla requiere paciencia: sin carreteras que conecten localidades, el transporte depende del barco y el helicóptero, y si no hay agua de por medio, los desplazamientos cortos se realizan en buggy, moto de nieve o caminando. Para reponer fuerzas tras la caminata, las anfitrionas han preparado un menú que incluye pan casero, sopa de pescado y cordero asado con patatas de la zona y hierbas silvestres recogidas por ellas. De postre, compota de ruibarbo.

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Lennert divide su tiempo entre el cuidado de las 600 ovejas de la explotación, la atención a los viajeros y las clases que imparte a los pocos niños de la escuela de Qassiarsuk. Pese a sus esfuerzos por diversificar los ingresos, la familia afronta una etapa delicada tras el cierre del aeropuerto. Este verano han recibido muchos menos viajeros que en años anteriores. Ahora reaparece, además, una preocupación que Lennert creía desterrada: la minería, un peligro latente capaz de arruinar los recursos naturales de los que depende su subsistencia.

Su granja está cerca de Kvanefjeld, un yacimiento que alberga uno de los mayores depósitos de tierras raras y uranio del mundo. Lennert creyó que aquella amenaza había quedado atrás hace cinco años, cuando celebró entre lágrimas la victoria electoral de Inuit Ataqatigiit, el partido ecologista que había prometido prohibir la extracción de uranio para frenar la explotación de Kvanefjeld. Ella fue una de las voces más activas del movimiento Urani Naamik (No al uranio), cuyo sol naranja y sonriente permanece pintado en un costado de su establo. “Es muy importante para nosotros tener una naturaleza sana de la que podamos obtener nuestros alimentos”, argumenta para explicar su férrea oposición a los proyectos extractivos que pueden contaminar la zona. Hoy le inquieta el interés de Trump —al que se refiere como “el innombrable”— tanto por el control de la isla como por la inmensa riqueza de sus recursos naturales.

Mientras Kvanefjeld permanece bloqueado, las miradas de Washington se posan sobre otro gigantesco yacimiento de tierras raras a escasos kilómetros. Tanbreez alberga reservas prácticamente libres de uranio, por lo que su explotación no está prohibida por ley. Consciente de su valor estratégico, la diplomacia estadounidense maniobró para evitar que el proyecto cayera en manos chinas y facilitó su traspaso a la firma neoyorquina Critical Metals. La operación cuenta con el firme respaldo de la Administración Trump, que ha movilizado a la agencia estatal de crédito a la exportación para inyectar hasta 120 millones de dólares, en medio de informaciones que apuntan al interés de inversores vinculados al entorno del magnate —incluido su propio hijo Donald Trump Jr.— en el desarrollo de la mina.

El presidente estadounidense insiste en mantener el pulso. Aunque a partir de febrero rebajó el tono de sus amenazas, en la cumbre de la OTAN que se celebró en julio en Ankara reiteró que la inmensa isla “debería estar controlada por Estados Unidos y no por Dinamarca”. A principios de agosto, Trump publicó una imagen en las redes sociales en la que una figura gigante del mandatario se cierne amenazante sobre un asentamiento del territorio ártico, acompañada de un escueto mensaje: “Hola, Groenlandia”.

Esta voracidad extractiva chocó la semana pasada contra el muro regulatorio de la isla. El Ejecutivo groenlandés ordenó el aplazamiento de un polémico proyecto de exploración petrolera en el este del territorio dirigido por Greenland Energy, una firma tejana vinculada al entorno de Trump. La compañía, que llegó a trasladar el material necesario, pretendía iniciar perforaciones sin los permisos pertinentes, lo que provocó una “seria advertencia” de las autoridades locales.

Ante el avance de las pretensiones de Washington, la Unión Europea intenta marcar terreno y afianzar su influencia en el territorio autónomo danés. Barry Andrews, eurodiputado irlandés y ponente del Parlamento Europeo para las relaciones con Groenlandia, reclama un frente común y advierte contra las ambiciones de la Casa Blanca. “Debemos dejarle claro a la Administración Trump, una y otra vez, que la soberanía de Groenlandia se debe respetar, no podemos confiar ya en Estados Unidos”, subraya por correo electrónico. Andrews apuesta por duplicar la inversión europea en la isla hasta los 500 millones de euros en el próximo marco presupuestario.

En esa misma línea, la danesa Christel Schaldemose, vicepresidenta de la Eurocámara, aboga por “invertir más y generar mejores oportunidades de desarrollo”. La socialdemócrata incide por teléfono en que la UE debe ser el socio preferente de la isla, pero siempre respetando que la decisión sobre la explotación de los recursos y el futuro de la minería corresponde de forma exclusiva a los groenlandeses.

Ese derecho a decidir es el que llevó a la comunidad del sur a movilizarse en masa contra el megaproyecto de Kvanefjeld cuando, hace un lustro, sintieron amenazada su forma de vida. En esa resistencia ciudadana participó activamente Inga Gísladóttir, una profesional de perfil inusual —trabajadora social, informática y controladora aérea— que además recorre el mundo como narradora de mitología nórdica. Nacida en Islandia, Inga acaba de cumplir 15 años en Groenlandia y viene de pasar tres meses en Qaqortoq, formando a los controladores del nuevo aeropuerto.

Su postura ante la puja geopolítica por los recursos de la isla es categórica: “Que esta sea una tierra enorme y muy poco poblada no significa que cualquiera pueda venir a adueñarse de ella; pertenece a quien quiere conservarla”. En cuestión de días dejará Narsarsuaq sin saber cuál será su próximo destino. Tras regresar de una caminata para contemplar por última vez el glaciar que asoma a pocos kilómetros del pueblo, Gísladóttir espanta los mosquitos mientras evoca la profunda conexión inuit con la tierra: “Aquí la relación con la naturaleza no es extractiva; no se percibe como algo de lo que sacar tajada, sino como un patrimonio que debemos disfrutar y preservar para las siguientes generaciones”.

Reportaje elaborado en el marco del proyecto ‘Europa Informada’, financiado por el Parlamento Europeo.

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