No habrá una vacuna contra el cáncer, sino una distinta para cada paciente y tumor

“Llevamos con la promesa de las vacunas contra el cáncer, probablemente, 100 años. Hasta ahora, todo lo que teníamos eran estudios que no eran concluyentes, pero este sí lo es”. El inmunólogo Antoni Ribas, de la Universidad de California Los Angeles (UCLA), forma parte del comité científico del ensayo de las compañías Moderna y MSD (Merck en EE UU y Canadá) de una vacuna para el melanoma que ha sido noticia esta semana, pero recuerda que se enteró del anuncio porque le llamó un periodista para preguntarle por los resultados. Ribas cuenta que, pese a su cercanía con el proyecto, a él tampoco se le mostraron datos concretos del beneficio de la vacuna. “En anuncios de este calibre, que pueden tener un gran impacto en el valor de las acciones, no adelantan a nadie los datos y lo tienen que notificar a todo el mundo en el mismo momento”, explica.

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 Tras décadas de fracasos, un tratamiento frente al melanoma está muy cerca de aprobarse  

“Llevamos con la promesa de las vacunas contra el cáncer, probablemente, 100 años. Hasta ahora, todo lo que teníamos eran estudios que no eran concluyentes, pero este sí lo es”. El inmunólogo Antoni Ribas, de la Universidad de California Los Angeles (UCLA), forma parte del comité científico del ensayo de las compañías Moderna y MSD (Merck en EE UU y Canadá) de una vacuna para el melanoma que ha sido noticia esta semana, pero recuerda que se enteró del anuncio porque le llamó un periodista para preguntarle por los resultados. Ribas cuenta que, pese a su cercanía con el proyecto, a él tampoco se le mostraron datos concretos del beneficio de la vacuna. “En anuncios de este calibre, que pueden tener un gran impacto en el valor de las acciones, no adelantan a nadie los datos y lo tienen que notificar a todo el mundo en el mismo momento”, explica.

Días después del anuncio, las acciones de Moderna han duplicado con creces su valor, lo que son decenas de miles de millones de euros en capitalización bursátil, y MSD, mucho mayor, la ha aumentado en un 10%. Los inversores apuestan su dinero a que los resultados pueden cambiar el tratamiento del cáncer.

El ensayo que ha sacudido las perspectivas de las vacunas se aplicó a pacientes con melanoma que habían recibido cirugía, pero tenían riesgo de recaída. En el ensayo participaron 1.137 pacientes; un tercio recibió la inmunoterapia pembrolizumab (Keytruda) y al grupo experimental, los otros dos tercios, se les inyectó también una vacuna de ARN mensajero diseñada para entrenar al sistema inmune a detectar las mutaciones específicas del cáncer de cada paciente. Aunque aún no hay datos detallados de este estudio, en un ensayo anterior de menor tamaño, el tratamiento combinado redujo en un 49% el riesgo de recaída o muerte frente a la inmunoterapia sola.

Aunque se hable del cáncer, en singular, los oncólogos repiten que no es una enfermedad, sino cientos. Parte del éxito de la vacuna tiene que ver con el tipo de cáncer tratado. “Para destruirlas, el sistema inmunitario tiene que reconocer las células cancerígenas como distintas de las normales. En melanoma eso es factible, porque la mayoría de los cambios están inducidos por exposición solar, y la radiación ultravioleta genera mutaciones en el ADN del tumor que no están presentes en las células sanas”, explica Ribas. “Eso hace que las vacunas puedan ser útiles en otros tipos de cáncer como el de pulmón o el de vejiga, en los que Moderna también está desarrollando esta vacuna y que también están inducidos por un carcinógeno, el tabaco; pero es difícil pensar que funcione en otros cánceres como los de colon, próstata o mama, cuando no hay el mismo número de mutaciones distintas entre el tumor y las zonas normales, porque si no hay suficiente diferencia, no puedes hacer la vacuna”, afirma.

La vacuna contra el melanoma se ha desarrollado con la misma tecnología que las vacunas contra la covid. El ARN mensajero es una molécula que transporta las instrucciones del ADN del núcleo celular para producir todo tipo de proteínas que necesitamos para estar vivos. Los científicos han logrado domesticar esa capacidad y utilizarla para crear proteínas con las que entrenar el sistema inmune. En el caso del virus de la covid, se introducía la espícula que servía para identificarlo. En el cáncer, el proceso consiste en tomar una biopsia, secuenciar el genoma para detectar las mutaciones, usar algoritmos de predicción para seleccionar qué mutaciones sirven como diana y fabricar el ARN mensajero correspondiente.

Pero el problema del cáncer es mucho más difícil. Los virus son invasores externos y el sistema inmunitario está diseñado para detectarlos. Basta enseñar una pequeña parte del virus al organismo para que aprenda a reconocerlo y aniquilarlo. El cáncer, en cambio, surge de nuestras propias células. Es una versión distorsionada, mutada, de nuestro yo normal. Por eso, muchas veces, el sistema inmunitario tiene dificultades para reconocer los tumores como amenazas. Además, el cáncer cambia continuamente, entre pacientes y dentro de cada individuo. Una vacuna universal como la de la covid es imposible y, de hecho, como ejemplifica Ribas, este tipo de tratamientos es “como si diésemos una vacuna de la covid distinta a cada persona”.

Durante décadas, los investigadores han acumulado conocimiento hasta empezar a cosechar éxitos. Según explicaba un equipo internacional de oncólogos en una revisión publicada en Nature Medicine, muchas vacunas antiguas atacaban proteínas comunes, que aunque estaban más expresadas en los tumores, también se encontraban en los tejidos sanos. Como el sistema inmunitario estaba acostumbrado a ellas, la respuesta era débil.

Otro de los errores principales fue probarlas en pacientes con cánceres muy avanzados. Cuando un tumor lleva años atacando a una persona, ha desarrollado mecanismos para desactivar sus defensas, y no se puede entrenar con la vacuna un sistema inmune que ya está casi desmantelado.

Luis Paz-Ares, jefe del Servicio de Oncología Médica del Hospital Universitario 12 de Octubre, señala que “el ensayo se hizo en melanomas resecados de estadios 2 a 4, de alto riesgo”, y que “si se confirma la eficacia, lo lógico sería extender la estrategia a estadios más tempranos, como el estadio 1, porque las vacunas suelen ser más eficaces cuanto más precoz es la enfermedad y más íntegro está el sistema inmunitario del paciente”.

Juan José Lasarte, codirector del programa de Inmunología e Inmunoterapia del Cima (Centro de Investigación Médica Aplicada) de la Universidad de Navarra, afirma que la diferencia del ensayo de Moderna y MSD es “el paciente concreto elegido”. “Son pacientes a los que se ha quitado el tumor, pero como quedan algunas células que el cirujano no puede extirpar, hay riesgo de recaída, y ahí, con poca masa tumoral, la vacunación permite controlar el crecimiento posterior de las pocas células que haya”, apunta. “Cuando hay un tumor primario grande o metástasis, la vacunación no ha mostrado mucha eficacia”, compara.

Por último, otro problema fue que las vacunas se utilizaron solas. Hoy se sabe que una vacuna puede generar células inmunitarias capaces de reconocer las mutaciones específicas de un tumor, pero que esas células se agotan si no se combinan con otros fármacos que liberen los frenos del sistema inmunitario que activan las células tumorales para defenderse. Es el caso del tratamiento anunciado esta semana, que combina una vacuna con el pembrolizumab, que es un fármaco que elimina las inhibiciones de los linfocitos T para atacar al cáncer.

MSD y Moderna tienen ya en marcha ocho ensayos más con la misma tecnología de vacunas personalizadas en otros tipos de cáncer como pulmón, vejiga y riñón, y hay muchas otras compañías con ensayos en otros tumores. Solo con tecnologías de ARN mensajero hay más de 100, aunque sus probabilidades de convertirse en tratamientos son diversas. En este sentido, Ribas critica que “a veces se presentan como grandes resultados cosas que pueden ser interesantes desde el punto de vista científico, pero no para la población general porque vayan a ser tratamientos efectivos”.

Tecnologías como la del ARN mensajero son prometedoras, y parece que el mismo concepto podría ser útil en casi todos los ámbitos. Pero la experiencia con las vacunas advierte de que la complejidad del cáncer y el sistema inmune suelen desbordar esos conceptos. Además, estos tratamientos pueden tener un coste de más de 100.000 euros, algo que dificulta, al menos de momento, aplicarlo de forma masiva para todo tipo de tumores, incluso aunque funcionen.

Lasarte plantea la necesidad de seguir explorando otras alternativas más asequibles. “Tenemos, por ejemplo, los virus oncolíticos: inyectas el virus en el tumor, el virus provoca una muerte de las células del tumor y eso libera esos neoantígenos sin necesidad de conocer cuáles son, se produce una inflamación y eso provoca lo que llamamos vacunación in situ. No necesitas la información de la secuenciación; simplemente provocas que dentro del tumor el sistema inmunitario se active de forma natural”.

En el imaginario popular, una de las grandes noticias que podría recibir la humanidad es la cura del cáncer, y por eso puede resultar confuso el nombre de vacuna. Una vacuna acabó con la viruela, pero es poco probable que lo haga con el cáncer. Se trata de un enemigo que se parece mucho a nosotros mismos, con muchas caras y muchas máscaras, pero al que se le va ganando terreno con batallas parciales.

El pasado junio, por ejemplo, se presentaron los resultados de un ensayo con un fármaco dirigido contra la proteína KRAS, culpable del crecimiento agresivo en el cáncer de páncreas y otros tumores. Los pacientes que recibieron el medicamento duplicaron su supervivencia. Atacar los efectos de ese gen mutado era algo que los científicos empezaban a ver inalcanzable y es probable que transforme el tratamiento de muchos tipos de cáncer. Ahora también empiezan a funcionar las vacunas.

Paz-Ares recuerda que, desde que comenzó su carrera, hace casi 40 años, hasta ahora, “se ha doblado la supervivencia a los cinco años de los pacientes de cáncer”. “Ha pasado de un treinta y poco por ciento a más del 60% a día de hoy, y eso es porque, de manera sucesiva, han surgido avances que han ayudado a subgrupos de pacientes con subgrupos de tumores específicos”, añade. Y concluye: “No espero que tengamos una penicilina para el cáncer, porque el cáncer son muchísimas enfermedades, y tendremos que ir dándole una penicilina diferente, una estrategia diferente, a cada una. Todos estos resultados son complementarios y van a ayudar a que menos pacientes sufran cáncer y a que más pacientes vivan más y vivan mejor”.

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