El teólogo y pastor Doug Wilson lleva desde los años 70 predicando desde su rincón, literal y metafórico, de Estados Unidos. Es cofundador de su propia denominación cristiana, que lleva el nombre de Comunión de Iglesias Reformistas Evangélicas y cuenta con unas 170 congregaciones por todo el país. También es líder de un emporio de ideas ultraconservadoras que cuenta con una pequeña universidad y una escuela de primaria y secundaria, un servicio de streaming y una editorial. Todo ello lo maneja desde la localidad de Moscow, en Idaho, uno de los Estados más conservadores de la Unión.
La propuesta, marginal hasta hace poco, gana visibilidad en la América de Trump gracias a defensores como el pastor del secretario de Defensa, ‘influencers’ ultraconservadoras y líderes de la ‘machosfera’
El teólogo y pastor Doug Wilson lleva desde los años 70 predicando desde su rincón, literal y metafórico, de Estados Unidos. Es cofundador de su propia denominación cristiana, que lleva el nombre de Comunión de Iglesias Reformistas Evangélicas y cuenta con unas 170 congregaciones por todo el país. También es líder de un emporio de ideas ultraconservadoras que cuenta con una pequeña universidad y una escuela de primaria y secundaria, un servicio de streaming y una editorial. Todo ello lo maneja desde la localidad de Moscow, en Idaho, uno de los Estados más conservadores de la Unión.
Hay muchos predicadores como él en un país en el que la religión es también un suculento negocio, pero no todos cuentan entre sus feligreses con el secretario de Defensa, Pete Hegseth, que ha llegado a invitar a Wilson al Pentágono para que dé un sermón.
Esa proximidad al nuevo poder de Washington ha concentrado últimamente los focos mediáticos sobre las ideas de este religioso que defiende con desparpajo una teocracia basada en los principios del nacionalismo cristiano blanco. Especialmente, sobre su propuesta de acabar con la Decimonovena Enmienda, cuya aprobación legalizó en 1920 el voto femenino. Aspira a cambiarlo por el sistema con el que, suele recordar, se toman las decisiones en su congregación, en la que el sufragio es “por unidad familiar”. Se trata de combatir el “cáncer del individualismo” que, según él, trajo la citada enmienda.
Suena estrambótico y poco realista que Estados Unidos vaya a despojar a las mujeres de su derecho a participar en el proceso democrático; haría falta el apoyo de los dos tercios del Congreso y de tres cuartas partes de los Estados. Aunque con este país nunca se sabe. Tampoco parecía probable que el Tribunal Supremo fuera a tumbar la protección federal al derecho al aborto. Y sucedió en 2022.
El éxito del viaje de esas teorías marginales al centro del discurso en mitad de un proceso de regresión global ”radica en el hecho mismo de que tengan cierta vigencia o visibilidad”, opina en un correo electrónico la filósofa Wendy Brown, una de las pensadoras políticas más influyentes de Estados Unidos. “Las respaldan tanto hombres como mujeres, lo cual significa que las que lo hacen están dispuestas a renunciar conscientemente a su propia condición de ciudadanas”. A Brown le parecen, con todo, más graves, por mucho más “realistas”, las estrategias con las que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, amenaza con influir en las elecciones del próximo noviembre: “la manipulación de los distritos electorales (gerrymandering), las leyes que obligan a la identificación de los votantes y las estrategias de intimidación que restringen la participación de la población negra y limitan su peso electoral”.
“A Wilson le encanta provocar, escucharse hablar y hacerse viral con los comentarios más extravagantes y llenos de odio”, según el profesor Matthew Avery Sutton, autor de Chosen Land (La tierra prometida, sin traducción al español), ensayo de reciente publicación que aspira a historia definitiva del cristianismo en Estados Unidos. “Casi nadie en Moscow ve en él nada que les recuerde a Jesucristo, pero las milicias nacionalistas blancas del norte de Idaho adoran lo que representa”.
Tal vez sea el más famoso, pero el pastor no es el único con un un megáfono para abogar por despojar a las mujeres de un derecho centenario. Todo forma parte de un movimiento llamado “masculinismo”, a falta de mejor etiqueta. Se ha hecho fuerte gracias, como siempre, a las redes sociales y en los círculos de la machosfera MAGA (Make America Great Again).
Helen Lewis lo definió en el artículo de portada de junio de la revista The Atlantic como “un movimiento para contrarrestar los avances del feminismo y reafirmar la supremacía del hombre”. Es un cuerpo de ideas con origen religioso, basado en la noción del poder del cabeza de familia y en “la creencia de San Pablo de que las mujeres piadosas deben ‘guardar silencio”, escribe Lewis, que advierte que también abundan los masculinistas laicos, entre ellos, “los que se identifican como musulmanes, como el streamer Sneako», “el autoproclamado proxeneta Andrew Tate” o Nick Fuentes, líder antisemita y misógino de un sector de hombres insatisfechos de la generación Z.

“Atacar a las mujeres funciona bien en las redes sociales y genera muchos ingresos publicitarios de sectores como las criptomonedas, las apuestas deportivas y los suplementos. Se puede ganar mucho dinero diciéndoles a los hombres que ellos son el sexo verdaderamente oprimido”, cuenta Lewis en su artículo. Es también posible encontrar trazas de masculinismo en Washington; quizá en ningún otro lugar tantas como en la cúpula del Pentágono, cuyo jefe, el secretario de Defensa Hegseth, bloquea sistemáticamente los ascensos de mujeres y minorías en el Ejército y la semana pasada provocó un pequeño terremoto político al anunciar exámenes obligatorios de testosterona para los soldados (“guerreros”, los llama) estadounidenses mayores de 30 años.
La defensa de la ecuación “una familia, un voto” (siempre que el voto sea el del marido o, en el caso de las solteras, el del padre, un hermano, un tío…) encuentra asimismo eco entre algunas mujeres en la América de Trump y del auge en internet del estilo de vida retrógrado de las tradwives (esposas tradicionales). Tal vez la más famosa de todas sus postulantes sea la influencer Savanna Stone, que participó en junio en la Cumbre de Liderazgo Femenino, celebrada en San Antonio (Texas) por la organización de proselitismo juvenil MAGA Turning Point. Fundada por Charlie Kirk, asesinado en septiembre de 2025, ahora la preside su viuda, Erika Kirk.

Stone definió sobre el escenario el feminismo como el “espíritu de Jezabel redivivo”, en referencia a la reina bíblica que pasó a la historia como ejemplo de manipulación. “Se trata de la mayor mentira que nos han contado a las mujeres”, dijo Stone, “cuando en realidad se trata de un movimiento financiado por los ricos más malvados para destruir el matrimonio y la familia”.
En las elecciones de 2024, una versión de “una familia, un voto” hizo fortuna en algunos círculos republicanos, también entre los hispanos, en los que se animaba al hombre de la casa a controlar lo que sus esposas e hijas iban a votar. Se trataba de evitar que lo hicieran por Kamala Harris y no por Trump. Un 54% de las mujeres la escogieron a ella, frente al 44% que optaron por él.
De aquellas urnas salió un Gobierno con una agenda conservadora que está cambiando Estados Unidos de tal manera que ideas descabelladas como prohibir a las mujeres votar no lo parecen tanto. Es lo que en ciencia política se define como la “ventana de Overton”, modelo que describe cómo ciertos activistas logran que sus propuestas, impensables y radicales al principio, acaben pareciendo aceptables a base de mover esa ventana con ideas aún más descabelladas. Trump ha demostrado ser un firme creyente en la eficacia de esa estrategia y en la de que cualquier cosa puede llegar a sonar razonable si se repite muchas veces.
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