Wafae Atid y el inmenso placer de dormir en la calle

Bajo los neones de una oficina sin ventanas o en el interior de un vagón de metro, hasta el bronceado playero más sano se transforma rápidamente en una especie de ictericia macilenta, pero hay circunstancias que pueden acelerar increíblemente la corrupción de la melanina vacacional. Sentarse en el transporte público en pleno agosto y leer una publicidad que dice “Mudarse moooooola” es una de ellas. Así es como ha decidido promocionarse una empresa de alquiler de trasteros en una ciudad donde los ancianos son desahuciados por fondos buitre para crear viviendas turísticas y en la que ya se subarriendan habitaciones en edificios de protección oficial franquista a 600 euros.

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 No basta con jugarse la vida; hay que ajustarse al cliché de inmigrante que los demás consideran aceptable  

COLUMNA

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No basta con jugarse la vida; hay que ajustarse al cliché de inmigrante que los demás consideran aceptable

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Wafae Atid, marroquí de 28 años, durante la entrevista con EL PAÍS en Ceuta.Joaquín Sánchez
Raquel Peláez

Bajo los neones de una oficina sin ventanas o en el interior de un vagón de metro, hasta el bronceado playero más sano se transforma rápidamente en una especie de ictericia macilenta, pero hay circunstancias que pueden acelerar increíblemente la corrupción de la melanina vacacional. Sentarse en el transporte público en pleno agosto y leer una publicidad que dice “Mudarse moooooola” es una de ellas. Así es como ha decidido promocionarse una empresa de alquiler de trasteros en una ciudad donde los ancianos son desahuciados por fondos buitre para crear viviendas turísticas y en la que ya se subarriendan habitaciones en edificios de protección oficial franquista a 600 euros.

Es la misma ciudad donde vive la presidenta que compra áticos de lujo con dinero público. Me gustaría saber si ella opina también, ahora que se acaba de instalar en una urbanización de rentas altas y piscinas profundas, que mudarse mola. Al fin y al cabo, pertenece a mi generación, la de los que pudimos viajar a todas partes con asombrosa facilidad, pero no quedarnos siempre en el mismo sitio. A mí, que me he mudado 10 veces desde que vine a la metrópoli a ganarme el pan, no me mola nada el olor a cartón de las cajas donde he tenido que meter periódicamente toda mi existencia. Y, aun así, todavía gozo de derechos que algunos quieren convertir en privilegios: tengo un trabajo que me paga las vacaciones y esta noche dormiré sin miedo con un techo sobre mi cabeza.

Mi familia acepta mis ambiciones, mi sociedad me respalda. No es algo que pueda decir Wafae Atid, la muchacha marroquí que esta semana se ha hecho viral dos veces: la primera por expresar en alto que sueña con vivir en libertad; la segunda, por haber sido una mujer guapa, aseada y con un teléfono móvil (ergo redes sociales) que, como tantos jóvenes europeos hacen, ha viajado a donde su pasaporte se lo permitía en busca de trabajo. Si entrase contratada por una multinacional la llamaríamos “expatriada”. Sigue siendo guapa, pero además ahora es también una mujer que, después de pasar la frontera sin garantías de nada, duerme sobre un colchón a la intemperie rodeada de otros que también tienen sueños, móvil, pasado. Leo a los que la odian por no ajustarse al cliché de migrante que tienen en la cabeza y se apodera de mí una rabia que me deja pálida. Aprieto los puños y deseo que, en una especie de voltereta cuántica, todos los que se atreven a juzgarla con crueldad se despierten mañana en el punto exacto donde ella pasa las noches. Y que desde ahí, exactamente con la misma equipación que tiene ella, exactamente con el mismo género, con el mismo rostro y el mismo pasado, sentados en ese mismo jergón cochambroso pero sin pasaporte europeo, defiendan con tanta intrepidez que ser ella mola.

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