AIPAC es ya una palabra tóxica para muchos estadounidenses. Son las siglas del American Israel Public Affairs Committee, fundado en los años cincuenta del siglo pasado para fomentar las buenas relaciones entre los dos países. Pero este organismo ha derivado en los últimos años en un elemento polarizador en Estados Unidos, que inunda de millones las campañas a favor de candidatos proisraelíes y que muchos ciudadanos ven como sinónimo de la oscura influencia del dinero en la política.
El éxito del izquierdista El-Sayed en las primarias de Míchigan, pese a los 30 millones de dólares en su contra del ‘lobby’ israelí, expone el progresivo alejamiento de los aliados tradicionales
AIPAC es ya una palabra tóxica para muchos estadounidenses. Son las siglas del American Israel Public Affairs Committee, fundado en los años cincuenta del siglo pasado para fomentar las buenas relaciones entre los dos países. Pero este organismo ha derivado en los últimos años en un elemento polarizador en Estados Unidos, que inunda de millones las campañas a favor de candidatos proisraelíes y que muchos ciudadanos ven como sinónimo de la oscura influencia del dinero en la política.
La última en comprobarlo ha sido la congresista Haley Stevens, que esta semana se ha estrellado en su intento de ser la candidata demócrata a senadora por Míchigan. Contaba con el apoyo del establishment de su partido y de la generosidad del lobby israelí, que regó su campaña con 30 millones de dólares [unos 26 millones de euros], un récord absoluto. Pero chocó con el magnetismo de Abdul El-Sayed, el candidato izquierdista que ha basado su éxito en la idea de acabar con la influencia de los grupos de presión en las campañas electorales. “Dinero fuera de la política. Dinero en tu bolsillo. Medicare para todos”, es su grito de guerra. Y la primera parte va dirigida sobre todo a un destinatario: Israel.
En una entrevista con The New Yorker pocos días antes de las primarias, El-Sayed reconocía que los millones de dólares invertidos por AIPAC en su contra le habían permitido convertirse en una especie de David contra Goliat. “Me habéis dado una plataforma gigantesca. Muchas gracias, donantes de AIPAC. Estoy realmente agradecido”, concluía el hombre que, si vence en las elecciones del 3 de noviembre, será el primer senador musulmán en la historia de Estados Unidos.
Tres pilares bajo presión
Aaron David Miller lleva medio siglo observando las relaciones entre Estados Unidos e Israel. Los primeros 30 lo hizo desde el Gobierno —hasta 2003 asesoró a seis secretarios de Estado en distintas rondas de negociaciones árabe-israelíes— y los últimos 20 como analista. Y reconoce que nunca había visto una situación tan difícil como la actual. “Durante todas estas décadas, la relación entre los dos países se ha sostenido sobre tres pilares fundamentales: valores compartidos, intereses comunes y una sólida base de apoyo bipartidista en Estados Unidos. Todos estos elementos se encuentran ahora bajo una presión extrema”, asegura al teléfono el ahora miembro del think-tank Carnegie Endowment for International Peace.
Consciente de la complejidad del tema, Miller se resiste a extraer una conclusión definitiva de hacia dónde caminará la relación de los —hasta ahora— estrechos aliados. Pero señala dos puntos que marcarán la pauta: el nombre del primer ministro que salga de las elecciones del próximo 27 de octubre —Benjamín Netanyahu, asegura, es tóxico para una mayoría de estadounidenses— y eliminar de la conversación los 3.800 millones de ayuda que Estados Unidos da a su mayor aliado en Oriente Próximo.
El éxito de El-Sayed no es un caso único. Los demócratas más críticos con Netanyahu han hecho de la realidad virtud: mencionan constantemente al AIPAC y al dinero que se destina en su contra para presumir de limpieza, mientras que airean los vínculos de sus rivales con el lobby israelí. Es una estrategia que funcionó a los candidatos a congresistas que patrocinó el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. Pero no es una fórmula de éxito seguro: otros demócratas con recetas parecidas se han estrellado. La victoria de El-Sayed —por un margen estrechísimo, de tan solo 15.000 votos— muestra, además, la extrema división de los demócratas en asuntos como el de Israel.

Los republicanos, mientras tanto, ya están haciendo campaña con la idea de que El-Sayed odia a Israel y a los judíos. Confían en que esta idea ayudará a su candidato, Mike Rogers, a coronarse en las elecciones de noviembre como senador por Míchigan, un Estado bisagra que en las presidenciales de 2024 ganó Trump y que es clave para ver quién termina controlando la Cámara alta. Pero los republicanos tampoco son monolíticos en su apoyo a Israel. Todavía resuena en muchas cabezas la bronca que el vicepresidente, J. D. Vance, echó a Netanyahu el pasado junio por las trabas que ponía al proceso de paz con Irán. “Yo no me metería con el único aliado poderoso que me queda en todo el mundo”, le arengó el republicano.
“La victoria de El-Sayed sugiere un cambio cada vez más probable en el Congreso: una relación con Israel menos excepcional, con una ayuda que se vaya equiparando a la que reciben otros países, una idea que comparten tanto demócratas como republicanos”, señala desde Israel la estratega política y analista de Haaretz Dahlia Scheindlin. “Si un número considerable de demócratas muy críticos con Israel llega al Congreso tras las elecciones de medio mandato, Estados Unidos dará un apoyo mucho más limitado. Habrá una reducción de las exportaciones de armas y de la ayuda financiera”, añade Scheindlin, que tiene la nacionalidad de los dos países.

De grupo apartidista a financiar campañas
La inyección de dinero en las campañas de Estados Unidos por parte de AIPAC ha ido creciendo a medida que los intereses de los dos países se distanciaban. Un organismo que nació como una plataforma apartidista que ejercía de lobby en el Congreso y que enviaba a parlamentarios a Israel fue cambiando su actuación ante lo que vio como un creciente sentimiento antiisraelí en ciertos sectores demócratas. Hubo momentos clave como el acuerdo nuclear que la Administración de Barack Obama cerró con Irán en 2015 o el desembarco de un grupo de congresistas conocidas como El Escuadrón, entre las que estaba Alexandria Ocasio-Cortez, vistos como demasiado propalestinos.
En 2022, AIPAC creó un instrumento con el que financiar las campañas de los candidatos favorables a sus intereses y desde entonces el dinero que invierte este organismo no ha dejado de crecer. Si hace cuatro años destinó 29 millones de dólares, la cifra en 2026 ha aumentado a 67, convirtiéndose en uno de los grupos de influencia que más dinero gastan en la política de Estados Unidos. Según un análisis de The New York Times, AIPAC ha financiado en los últimos cuatro años 109 anuncios digitales o en televisión, pero solo seis de ellos mencionaban específicamente a Israel, una práctica que ha acrecentado las críticas por ejercer un trabajo oscuro en el que no deja claro su auténtica motivación.
Tras la victoria de El-Sayed, AIPAC emitió un comunicado en el que avisaba de que iba a hacer todo lo posible para evitar una victoria en las elecciones del candidato demócrata, hijo de inmigrantes egipcios, que no duda en calificar de genocidio la actuación del Gobierno de Netanyahu en Gaza y que quiere acabar con la ayuda incondicional a Israel. “Agradezco a AIPAC que demuestre que no tiene cabida en el Partido Demócrata. Es una organización empeñada en socavar la democracia, tanto dentro como fuera del país. Nos vemos en noviembre”, le respondió la congresista Ocasio-Cortez.
Pese a las protestas de los sectores más alineados con Israel, es obvio que algo se está moviendo en la política estadounidense. La exvicepresidenta Kamala Harris, que cada vez oculta menos sus planes de volver a aspirar a la Casa Blanca en 2028, acaba de dar su apoyo a El-Sayed de cara a las elecciones de noviembre. Es un movimiento destacado para esta política, después de que muchos analistas apuntaran al apoyo a Israel de la Administración Biden-Harris como uno de los elementos que lastraron su campaña en 2024 y acabaron con la victoria de Trump. Es una muestra más de que los tradicionales apoyos a Israel se están fracturando. Y que las próximas elecciones de medio mandato serán la prueba de fuego para ver hasta qué punto el vínculo de tantas décadas entre los dos países es irrompible.
Internacional en EL PAÍS
